
Como en los tiempos primitivos, a pulso limpio, Martín Cañate movía el rodillo de hierro todos los días durante 20 años.
Entró a trabajar en el Junior el 27 de noviembre de 1972, inicialmente en oficios varios, recomendado por su paisano Cipriano Cáceres quien tenía una gran amistad con el gerente del onceno rojiblanco, Cecilio Villalba, ya que él era el jardinero de su familia.
En el año 1973, cuando asumió la gerencia del Junior, el locutor Abel Gónzalez Chávez lo interrogó sobre las funciones que desempeñaba y Martín aprovechó para señalarle que su fuerte era jardinero. Abel no dudó un segundo en aprovechar esa fortaleza del diminuto palenquero y le entregó el reto de mantener impecable la gramilla del estadio Romelio Martínez, que para esa época lucía reseca.
Simón Char, directivo del Junior, era un obsesionado con la gramilla del estadio, por lo que iba todas las mañanas a observar el trabajo que adelantaba Martín Cañate.
«Uno de los secretos para mantener esta grama en perfecto estado es echarle abundante agua, pero había un contratiempo. Revisé la tubería para saber por qué no funcionaba bien. La conclusión fue una tremenda frustración: era una tubería vieja, podrida, rota. Le dí el diagnóstico a Don Simón. No me hizo ningún comentario. Al día siguiente la comenzaron a cambiar», recuerda Martín Cañate.
El secreto para el excelente estado de la grama

Martin Cañate con su inseparable esposa Concepción Torres de Cañate.
Martín Cañate nació con el don para ser un excelente jardinero. Pudo haber sido un campeón mundial de boxeo. O un exitoso beisbolista. «Pero es que, nojoda, la vida te va guiando por caminos invisibles, y por otra parte a mi, te voy a decir la verdad, no me gustaba esa vaina del boxeo, pese a haber nacido en la tierra de tres campeones mundiales: Antonio Cervantes ‘Kid’ Pambelé, Ricardo y Prudencio Cardona. Yo digo que por esa vía la vida me hubiera noqueado en el primer combate. Porque eso no era lo mío».
Nació el 11 de noviembre de 1931. A los 10 años se vino a vivir a Barranquilla, al Barrio Bajo Valle, sector donde predomina la población palenquera. Es un pedazo de África en Barranquilla. «Es la agrupación de barrios donde vive el grueso de mi gente negra, del afrodesciente luchador y heroico como Benkos Biojó», dice con gallardía Cañate.
Aprendió el arte de jardinero trabajando en la casa de la familia Gómez Negrinis. «Yo no diría que es arte. Es un oficio que Dios me dio para que me defendiera en la vida. Y me defendí bien. Creo».
Desde cuando Abel González le encomendó la dura tarea de convertir la grama del estadio Romelio Martínez en una de las mejores del país, tomó en serio esta misión y a fe que a cabo de poco tiempo lo logró. Pero lo más difícil era mantener ese nivel.
«Comencé a trasplantar placa por placa, cuando había la necesidad de hacerlo; en otro sector que estaba afectado por maleza especialmente el coquito, por lo que me tocó arrancar planta por planta para tener el cuidado que saliera con toda la raíz y así tener la certeza que no volviera a nacer. Rellenaba los huecos y nivelaba el terreno de juego. Porque ¡ay mi madre que quedara un huequito por ahí y se le fuera el pie a un jugador! Le aseguro que si eso hubiera llegado a suceder a mí me mandan pal carajo». Esa fue la fórmula que utilizó Martín Cañate para poner en optimas condiciones la grama del estadio Romelio Martínez y convertirlo en una de las mejores del país.
Otro secreto que revela Martín es la forma del corte del gramado que debía hacerse bien temprano antes que saliera el sol, para de inmediato proceder a regarlo con abundante agua.
A Martín Cañate cuando tenía que nivelar el terreno de juego le tocaba duro, debido a que lo hacía con un viejo rodillo. «Oiga, ni para qué le cuento, ese puto rodillo sí me sacó callos. Fue en el dominio de dicha mole de hierro donde debí emplear todas las fuerzas para cumplir mi labor».
Anécdota con el «Chato» Velásquez

Su mundo ahora se limita a una mecedora. La vida le cobró a Martín Cañate el exceso de licor.
Martín Cañate era celoso con su trabajo y se reflejaba con el cuidado del terreno de juego, y de allí que tiene una anécdota con el éx-arbitro Guillermo «Chato» Velásquez.
«Me dieron la orden que no dejara entrar a nadie a la cancha, y yo tampoco aceptaba que lo hicieran cuando la había podado horas previas a los partidos. Yo al ‘Chato’ Velásquez no lo conocía. Él quiso entrar y yo me opuse, le pedí que se identificara y no quiso hacerlo, para ver si efectivamente era él. Insistió en ingresar a la cancha con el pretexto de hacerle reconocimiento y allí vino la bronca…nos levantamos a muñeca limpia. Nos separaron y me preguntaron que si yo no sabía que él era el ‘Chato’. Yo les dije que si él no sabía que yo era Martín Cañate. Vino un directivo del equipo y arregló las cosas. Le pedí excusa y terminamos siendo amigos», relata Martín.
Ataca el Parkinsón

En el año 1954 a Martín le tocó prestar el servicio militar: aquí en Barranquilla estuvo 10 meses, después lo trasladaron a Ibagué. Cuando regresó, trabajó en Jabonería Oro, donde estuvo 12 años en oficios varios. Estuvo año y medio laborando en la construcción del puente Pumarejo con la firma Cuéllar & Serrano, pertenecía a la cuadrilla de pilotaje. Y en el año 1972 llegó al Junior, donde se pensionó.
Una de sus debilidades era el consumo del licor, mejor dicho Ron Blanco, pero hay que aclarar que lo hacía en horas de descanso. Ese vicio le pasó factura hace 10 años, perdió la visión en el ojo izquierdo, así lo reconoce su esposa Concepción Torres de Cañate.
Hacen tres meses lo sorprendió el Parkinson, que le afectó el caminar, por lo que permanece sentado en una mecedora, con las piernas subidas en una silla plástica, pero mantiene la lucidez.
«Él está al día de los partidos del Junior, pide que le prenda el televisor para observarlos. Su amor por el Junior continúa latente. Tiene la camiseta que pide que se la coloquen cada vez que juega el Junior», señala Concepción Torres de Cañate, que fielmente lo cuida en el día a día.
Añora una silla de ruedas
Ante la imposibilidad de movilizarse por la afectación del Parkinson, Concepción Torres de Cañate, esposa de Martín, clamó por un silla de rueda para que tenga una mejor calidad de vida, por cuanto permanece sentado en una vieja mecedora.
«No tenemos los recursos económicos para comprar una silla de ruedas que Martín necesita, por su oficio no quedó con una buena pensión, que gracias a Dios nos sirve estrictamente para los gastos de la casa», señala ese clamor doña Concepción Torres.
Ella propone que el grupo de jugadores veteranos de Junior que promueven un partido benéfico, programen otro para comprarle la silla a Martín Cañate y un televisor un poquito más grande para que pueda ver mejor los partidos. Que lo hagan por el hombre que con tan esmero y cariño les arregló la cancha durante dos décadas para que ellos se lucieran ante la fanaticada juniorista. Entre los jugadores que estarían dispuestos a colaborar con Martín Cañate se cuentan: Gabriel Berdugo, Fernando Fiorillo, William Nigth, Carlos Molinares y otros.
Martín Cañate es uno de esos famosos personajes del Junior, así como lo es Sor Magaly o el ‘Tiburón’ Borrás.