El planeta fútbol se vio estremecido por la muerte de uno de los mejores y más idolatrados exponentes del arte de saber jugar con las extremidades más torpes del ser humano, Diego Maradona.
Por: Javier Castell

Diego Armando Maradona, campeón Mundial México 86
En su caso, no solo lo supo hacer bien, que está al alcance de muchos, sino que lo hizo extraordinariamente. En todas las épocas, el fútbol ha parido fantásticos jugadores, algunos excepcionales, pero en determinados momentos aparecieron algunos geniales, como Maradona, «preferido por la naturaleza que sonríe al sol fecundante». Como todo genio necesitó unas circunstancias para llegar a esa categoría.
El barrio, pobre y excluido para forjarse el carácter y el amor por la pelota. El país, Argentina, donde el fútbol es patrimonio sentimental, religión, identidad cultural. No me imagino a otro Maradona nacido en Dominicana o Indonesia. «Nadie alcanza la genialidad mientras en su medio se sienta exótico o inoportuno». Maradona no necesitó una gran estatura, tampoco utilizar su pierna derecha y mucho menos cabecear para imponer su talento superior. Con una sola pierna, su virtuosa pierna izquierda, creó los más indescifrables pases y gambetas y remates. Muchas veces no necesitó tener a los mejores jugadores del momento a su lado o defender la camiseta de un equipo con historia ganadora para alcanzar títulos.

Diego Maradona, jugó con el Barcelona
La semblanza futbolística de Maradona agotó todos los adjetivos, todos, quizá, menores ante la grandeza de su obra dentro de la cancha. Tal vez ninguno podría equipararse a lo que generó en el corazón de sus incondicionales fanáticos. Muchos de los cuales lo glorificaron y endiosaron formando la iglesia maradoniana. La exageración de talento que su cerebro y sus piernas desplegaban en los estadios y extasiaban a la masa futbolera, se extendía fuera de ellos.
Y, lo peor, se convirtió en su perverso aliado, creyó en verdad que un genio como él, un «dios», podía vivir sin consecuencias en la exageración y la falta de límites. Tampoco ninguno de los que se autodenominaban amigos, los que lo querían, se lo advirtieron y ocuparon el cómplice lugar de los coristas del «sidieguismo». Sus últimos años lo mostraron como un demacrado y triste ser humano, solitario y a expensas de aprovechadores que seguían usufructuando de su imagen. El escritor José Ingenieros había dicho que el éxito era como llegar a la punta del abismo, sino se retrocedía a tiempo se caía para siempre. Maradona no se detuvo. Murió el pasado 25 de noviembre.











