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Manuel Zúñiga: instantes de 62 días

Manuel Zúñiga Muñoz dibuja y retrata todo lo que ve, y lo que le rodea, desde que era un niño.

Por: Gustavo Tatis Guerra 

Manuel Zuñiga,excelente pintor

En un baúl guardaba todo lo que dibujaba desde que estaba en kínder: los superhéroes de las tiras cómicas, las series televisivas y las historietas, Superman, Los Pitufos, los retratos de sus padres y los paisajes del barrio.

Manuel Zúñiga, su padre, un contador, y su madre, Olga Muñoz Morillo, profesora de primaria y ama de casa, vieron desde temprano, la fascinación del niño por dibujar.

Un día, la familia se mudó al barrio El Socorro, y cuando el camión de la mudanza llegó a la nueva casa, todo venía en el camión, pero había desaparecido misteriosamente el baúl de sus dibujos.

Aquello fue una pérdida que lo sumió en la tristeza y en la indignación, a sus doce años.

Culpó a sus padres y a un tío que había ayudado en la mudanza. Nadie se percató que aquel viejo baúl no era una basura sino un tesoro con todas sus pinturas que había guardado desde la infancia. La pérdida que nadie pudo explicar es un episodio que podría acercarnos a la búsqueda personal de este artista que se enfrenta a la realidad como si estuviera recuperando tesoros invisibles de un naufragio, o recuperándose de las ocultas ferocidades de la realidad cotidiana.

A lo largo de su vida, el dibujo ha sido parte de la exploración  y creación de su mundo personal. Pero no se ha quedado allí. El arte ha sido, su manera de explorar las sutiles formas de la existencia y de investigar las conexiones de la creatividad con la vida, el entorno, y la sociedad en general. Es un consagrado artista investigador,  curador y docente universitario, estudioso de los fenómenos artísticos,  y en particular, de la subjetividad humana y la relación con los objetos y la naturaleza.

El diario pintado

Manuel Zuñiga, pasión por la pintura

“Instantáneas” es su obra más reciente que se exhibe en el tercer piso del Museo Histórico de Cartagena, desarrollada a lo largo de 62 días sobre papel reciclado de la oficina. Los recogió y cortó en cuadritos iguales, y sobre ellos, día a día, empezó a dibujar a lápiz.

Comenzó dibujando un cable del computador, el 29 de enero de 2018, un cable frío, impersonal, solitario, en el aire, que delataba su estado anímico. Al día siguiente pintó las llaves de la oficina.

A estos dos dibujos, le siguieron el vasito con los lápices, la silla donde estaba sentado, sus propios zapatos, sus piernas estiradas sobre las baldosas, las persianas  metálicas que dejaba entrever una débil luz externa, los libros sobre el escritorio, la caneca de basura, el vasito desechable con una sombra de café, el cráneo pequeño de pisapapel, unos chinches, una botella de plástico, su bolso, el vasito desechable arrugado, las hojas amarillas del jardín arrastradas por el viento, la hoja verde aún sin caer, la hoja seca y pisoteada, la ventana, la puerta, hasta el atardecer del 31 de mayo de 2018, en que hizo el dibujo número 62, completando 5 años, 8 meses y 15 días de trabajo en la oficina.

La serie de dibujos fueron realizados en el tiempo robado de su oficina. Hoy, al verlos, el artista, se arruga de sentimientos paradójicos, de profundas emociones en blanco y negro, matizadas con el agridulce sabor de los días de trabajo en la oficina.

La emoción escrita
Además de dibujarlos, escribió unos textos breves que enriquecen el mapa visual, y no solo lo complementan, sino que lo fortalecen y propician nuevas lecturas a su propia creación.

Es la metamorfosis de un artista, en dos meses de soledad y diálogo consigo mismo, con el entorno de la oficina, como aquel instante en que el escritor Franz Kafka trabajaba en la oficina de accidentes laborales, junto a su padre, y esperaba escaparse al final de la tarde para descubrir algo distinto a la frialdad impersonal de la oficina. Así lo describe el artista:

“Ante las pocas cosa estimulantes que hubo en la vista en la oficina, lugar en el cual pasé al menos ocho horas al día, tuve que volver a ver, revisitar aquellos lugares, escenas, objetos antes dibujados. Volverlos a ver, tal vez a distintas horas y con otros puntos de vista, puede ser” (Texto número 5/Pieza 33. “Derrame”).
Pero el artista no solo dibuja el apocalipsis de las cosas, reflejado en el estado anímico, sino que percibe el renacimiento de su espíritu, en las cosas que le rodean:

“Un día de abril, tuvo lugar un acontecimiento que renovó el ánimo y espíritu de este dibujante. Una luz brilló en la niebla de los días y los dibujos diarios, que se habían especializado en dibujos de vasos desechables y de hojas muertas, cobraron un vigor en su detalle, textura, luz y sombra. La noticia contagió al dibujante y a lo dibujado” (Texto número 6 /Pieza 40. “Milagro”).

Dibujar las pequeñas muertes cotidianas del ser humano en el vaso desechable que se arruga en la caneca:
“Los vasos de papel retratados fueron aquellos que contenían el café de la mañana. Un insípido vaso desechable cuya función se cumplía una vez se consumía la bebida oscura y caliente. Como un acto reflejo la mano que empuña el vaso lo aprieta y deforma para encestarlo en la caneca, sin mayor gracia. En algún momento atendí a esa inocua ceremonia para caer en cuenta que sus pliegues y arrugas dan cuenta de trato naturalizado en los ambientes humanos. Nos rehacemos al día siguiente para luego volver a maltratarnos. (Texto número 7, Pieza 49. “Conmoción”).

El artista dibuja las hojas muertas que se deshacen en la tierra, pero capta el tránsito de la vida a la muerte en el leve color que brilla en las hojas verdes.

Epílogo
Al ver la  serie de dibujos, junto al artista, él mismo siente que los días tristes, le devuelven hoy su oro oculto.

La suma de los días, con su pesadumbre y su esplendor le  entregan, el gozo  de sublimar y humanizar los objetos, y transmutarlos en sujetos de su sensibilidad, y su forma de habitar el mundo.

“Hoy, ya estoy fuera de las cuatro paredes, y siento un gran impulso por exponer los dibujos”, escribe.
“El tiempo y el espacio y las circunstancias de contexto son asuntos que debo cuidar para que no se lean como un acto de ocio, de pérdida de tiempo, de un cuestionado aprovechamiento del tiempo laboral, de que los dibujos sean propiedad del empleador, que los dibujos fueron el llamado a las pausas activas” (Texto número 9 de la obra “Extraño”).

Manuel ha recuperado, sin proponérselo, su viejo baúl de recuerdos que parecían perdidos en su memoria.

Como un oro, casi imperceptible, que regresa  de la oscuridad.

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