El exitoso empresario barranquillero, Christian Daes, dice que es hora de pensar en no mirar a los trabajadores como esclavos, sino como seres humanos dignos.
Por Rafael Sarmiento Coley
De quien menos se esperaba, ha puesto el dedo en la llaga de la pantomima que todos los años para esta época monta el gobierno de turno, liderado por el siniestro minhacienda Alberto Carrasquilla – quien todavía no le ha dicho a los 117 municipios a quienes engañó con los Bonos Agua, cuándo les va a devolver los $12 billones que tiene encocados-, los empleados a sueldo del sector empresarial (que se ganan hasta 20 salarios mínimos mensuales legales), y los pobres representantes de una clase trabajadora vilipendiada, pisoteada, amenazada, envilecida.
Y, cierto, se espera que un curtido político economista alejado de la mezquina elite de tragaldabas que cada día quieren acumular más fortunas y esclavizar más a esa masa humana que entrega su sangre, su vida, su fuerza, para que los Sarmiento Angulo, los Gilinsky, los Ardila Lülle, la tercera generación del Grupo Santo Domingo, el Grupo Char, el Empresariado Antioqueño, y los nuevos archimillonarios de bajo perfil como doña Lina Moreno y sus hijos Jerónimo y Tomás Uribe Moreno, que están a la entrada de la revista Forbes como los nuevos más ricos de Latinoamérica.

«El incremento del salario mínimo debería ser de un 4,5% e incluso, podría llegarse a un 6% y no les pasa nada a las empresas bien manejadas. Quienes no sean capaces de pagarles bien a sus trabajadores que son su principal materia prima, carecen de capacidad para tener empresas»: Christian Daes.
Es un absurdo y cretino sofisma de distracción el argumento de los sacamicas de los gremios de la producción cuando, en respuesta a “tienen huevo ofrecer un aumento del 2% al salario mínimo” afirman con el mayor cinismo -y algo de estupidez en un país en donde ya la gente no traga entero—, que, de decretarse un aumento por encima del 2% se pone en riesgo el sector empresarial. “Muchas empresas tendrían que cerrar. Se irían a la quiebra”.
A lo cual, Christian Daes (el hombre que puso el dedo en la llaga), con brillante sabiduría, riposta que, si una empresa no es capaz de asumir un leve incremento a su principal fuerza de producción, que es la mano de obra (“y una mano de obra supremamente calificada, reconocida por los países que reciben nuestros productos elaborados por una raza humana laboriosa, talentosa y creativa”), entonces que no tenga empresa. Porque sus dueños no sirven para eso. Tal vez sirvan para cabilderos en el Congreso.
No miran a su alrededor
Los mezquinos negociadores del salario mínimo a nombre del sector productivo de la economía colombiana, o son unos miopes, o se pasan de cretinos. Porque, si están en esas funciones deben tener siquiera unas mínimas nociones de economía. De cómo funciona la dinámica de la oferta y la demanda. Del poder adquisitivo de la clase trabajadora, que es la única forma posible, en una economía de mercado, lograr que crezca de manera saludable el Producto Interno Bruto. Mejore el balance de exportaciones de productos colombianos con valor agregado, que, como lo decía el empresario Christian Daes, “teniendo un magnífico socio comercial con un Tratado de Libre Comercio, como lo es Estados Unidos, solo le vendemos materias primas: petróleo, carbón, café y flores. Cuando bien podríamos extender nuestra oferta con productos nuestros con valor agregado, teniendo la inmensa ventaja de estar a cuatro días, a 15 días, a 10 días de potenciales ciudades compradoras de nuestros productos, ventajas que otros países no las tienen, y, sin embargo, tienen una mejor balanza comercial con Estados Unidos, que nosotros”.
Por desgracia, los economistas al servicio de los gobiernos de la era uribista han sido una recua de oscuros personajes de ultraderecha, sin alma ni corazón y con la cabeza hueca, que no alcanzan a entender que un país con la mayor desigualdad económica como Colombia, por muy pasivo que sea, algún día tiene que romper las cadenas de la esclavitud, entonces no habrá papel higiénico para la diarrea de los economistas causantes del desastre.
Una estupidez del tamaño de una catedral
En estos días, previos a la propuesta de mala leche del 2% de aumento del salario mínimo mensual legal, uno de los “sabios” del consejo empresarial que asiste a dichas mesas de negociaciones decía con el mayor cinismo que “Colombia es uno de los países de América Latina con uno de los más altos salarios mínimos”.
Sin mencionar el nombre del autor de semejante comentario cretino—para no causarle más vergüenzas a su sufrida progenitora que le deben zumbar los oídos cada vez que su hijito sale con una de sus torpezas–, el país de la región que paga el mejor salario mínimo es la pequeña Costa Rica. Allí el salario mínimo es de 523 dólares mensuales.
Le siguen Chile, con 420. Ecuador con 400. Guatemala con 384. Uruguay con 382. Paraguay con 312. Bolivia con 308. Honduras con 278. Panamá con 268. Perú con 259.
¿Saben en qué puesto está Colombia? En el 11, con apenas 242 dólares, vergonzante. Teniendo, como lo dice el empresario Daes, “un recurso humano tan inteligente, capaz y disciplinado”. ¡No hay derecho a que una caterva de vencejos se abroguen el derecho de envilecer más al sector laboral!
Solo supera a Argentina que tiene un salario mínimo mensual legal de 235 dólares; San Salvador con 203; Brasil con 194; México con 187; República Dominicana con 184; la Nicaragua de Daniel Ortega con 123; la sufrida Haití con 102; Cuba con 15 y Venezuela con un dólar de salario mínimo mensual legal. ¿Los mequetrefes voceros del sector empresarial en la mesa de negociaciones acá en Colombia conocerán esas cifras? ¿Las habrán analizado?
Bienvenido el populismo
Aquí no se trata de dejar que un sector carroñero, tramposo, corrupto, politiqueros y capaz de aplicar métodos sanguinarios para acallar a quienes no están de acuerdo con su disciplina de perros, ni mucho menos de su satánico proyecto político de convertir a Colombia en una dictadura sempiterna, lance sus perros falderos contra quienes tienen la autoridad y el valor de decir, que quienes proponen ese 2% de aumento en el salario mínimo “tienen huevo”. Parece que es todo lo contrario. ¡No tienen huevos!! Son seres castrados. Eunucos.
Tampoco es que sea santo de devoción quien aproveche la marea revuelta para montarse en la cresta de la ola del populismo. Más, en eso es bueno mirar todo con lupa. Porque el epíteto clavado en el pecho de Christian Daes dando a entender que se trata de una salida populista, es a todas luces la diáfana intención de deslegitimar la propuesta, muy solidaria, por cierto.
Y con toda seguridad ya vendrán otras descalificaciones contra el destacado y próspero empresario barranquillero. De lo que no cabe dudas es que, como buen torero, de manera diestra clavó el par de banderilla en el morro del toro en el momento preciso. Y, por lo visto, ha encontrado buen terreno abonado para respaldar su inesperada y atípica frase: “¡Tienen huevos!”.
La otra bellaquería que viene en camino











