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Los verdaderos héroes anónimos del Covid-19

Fuera de la sombra de los todopoderosos políticos y empresarios globales, estos son unos empresarios ‘unipersonales que  a diario van de casa en casa, de calle en calle, de barrio en barrio,. de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, bajo el sol o bajo la lluvia, de día o de noche.satisfaciendo las necesidades primarias de los hogares.

Por Rafael Sarmiento Coley

El dron tiene pegada una calcomanía con la cara de una de las tortugas ninja. La escena es lo más lejos que la realidad puede traernos a la ventana de la casa, así vivamos en el piso 12. Parece ficción, pero es el presente duro y puro.

Como las personas tienen que resguardarse en casa ante la pandemia, todas sus necesidades se están resolviendo a domicilio. Y nada resulta más rápido, barato y controlable que un dron haciendo las veces de un domiciliario. Al fin y al cabo al aparato no le da gripa, no se le pega el virus ni se lo pega a nadie, no se extravía ni se come la pizza, y si se daña se desecha como basura. El mundo ideal para los dueños del dron. Ese es el paso de la mula, ya no al avión,  sino al dron, del cual tanto hablaba López Michelsen.

El reportaje sería muy bonito si no existieran otros escenarios en donde su mueven verdaderos héroes de carne y hueso para satisfacer todas las necesidades a las cuales ningún ser humano escapa, y menos en un drástico acuartelamiento de primer granado obligatorio, no se sabe hasta cuándo, por un señor que pasará a la historia, el Coronavirus, hoy, como villano, mañana – o dentro de algunos siglos,–hasta lo pueden canonizar. Porque la historia también tiene sus intermitencias, como dice Saramago con respecto a la señora Muerte.

En ese submundo que enfrenta al Covid-19 con las uñas, con sus mañas y a su manera, hay un mundo que todavía es irremplazable, en el  cual seres de carne, hueso y alma le ponen el pecho a la pandemia.

Edgardo Castro se considera un héroe. Así se lo han dicho sus jefes, y se lo dicen los clientes de su compañía, y se lo dicen los miles de usuarios del Caribe Colombia, cuando llegan con sus aperos a  trabajar frente a la casas que hace tres días están sin energía eléctrica, con los calores insoportables del medio día y la media tarde costeña, Trepados  en esas largas escaleras el vecindario los ve como marcianos buenos que han venido a salvar al Planeta Tierra. Ellos hacen su trabajo en forma silenciosa, no piden nada a cambio,, se bajan, recogen su equipaje y se van sin siquiera dejarse estrecha la mano o recibir una palmada en la espalda.

Un caso peculiar

Eliécer Ibáñez hace 40 años quiso ser contador. Se matriculó en una escuela de secretaría bilingüe y contabilidad. Ocurrió que en el curso de paramédicos había una muchacha que le gustaba. No lo pensó más. Cambió de salón. Como ambos vivían lejos del centro de la ciudad, a Eliécer se le ocurrió comprar una motico ‘Vespa’ de segunda “para pagarla como queso”. Un día fue aponer un clasificado a su novia para el alquiler de un apartamento, y la jefe de cartera, al escucharle su buena parla, y su decencia, le preguntó que si tenía moto. Le dijo que sí. “Aquí necesitamos un cobrador con presencia, decencia y una buena parla para entenderse con los clientes que son muy exigentes en eso”. Como él siempre ha sido voluntarioso para donde lo halen, de inmediato dijo que sí.

Le pagaban bien, pero ya Ibáñez estaba en planes de casarse. Además, cuando se ausentaba un repartidor de periódicos de las suscripciones, era el primero a quien llamaban. Tenía que estar en turno a las once de la noche, salir a repartir setenta y hasta 100 periódicos hasta las once de la mañana, regresar a casa, desayunar, reposarse, bañarse y, de nuevo a coger turno. Esa es otra tarea de héroes anónimos, los voceadores y repartidores de diarios. Además, trabajaba horas extras los fines de semana y le salió un contrato, teniendo en cuenta sus conocimientos de medicina, para llevar encomiendas medidas y, de paso, poner alguna ampolla o tomar la presión a un paciente hipertenso. Todo lo cual lo sabía Eliécer a la perfección.

Hasta cuando le salió un ‘tremendo chicharrón’. Una tarde de sábado, en que estaba con su ya esposa disfrutando de unas cervecitas, lo llamaron de urgencia para ir a llevar unas medicinas urgentes a un pueblo en los Montes de María llamado ‘Macayepo’. Menos mal que ya había logrado comprarse una moto de mayor cilindraje que volaba en las carreteras y saltaba por los montes. Le garantizaron que desde San Juan lo conduciría un guía en otra moto. Salieron volando. En menos de lo que canta un gallo estaba en la casita de paja de los pacientes, porque no era uno, sino dos. Se quejaban como mujer a punto de dar a luz. Eliécer pensó para entre sí: “Esta vaina está maluca…yo no estoy preparado para que se me muere un paciente en estas montañas… ¡juche perro!”. Aunque es un hombre cristiano y respetuoso de las libertades individuales, lo primero que pensó es que se trataba de una pareja de homosexuales. Pudo más la curiosidad y preguntó:

“Cuénteme, ¿cómo les comenzó eso?. ¿Qué pasó?. ¿Qué hacían usted aquí solos tomando ron casero?”, les preguntó con voz firme.

Menos mal que desde San Juán Nepo se vinieron a acompañarlo, no uno, sino dos mototaxistas conocidos de los pacientes. Uno de ellos, que lo vio desanimado le dijo: “Hombre compa, no se preocupe, lo más común es que estos señores, ya con sus años encima, se han inventado un ron ligado para ver quién dura más tiempo con el falo parado. Lo grave es que a veces se pasan de maracas. No es que sean maricas. Son competencias, apuestas entre ellos”.

Eliécer enseguida entendió. Como buen lector de vademécum y todo libro de medicina que le caía encima, descifró que habían realizado una mala mezcla, lo cual les había causado una alteración denominada ‘’priapismo’, palabra de origen griego. Nace de la leyenda de la divinidad grecorromana, lo representan como un viejo barbudo, amargado y con un pene desproporcionado. Era hijo de Dionisio, dios del vino, y el éxtasis, es decir un bacán consumado, y la mamá era nadie menos que Afrodita, diosa de la belleza, el amor y el apetito sexual como ciertas adictas a las redes sociales actuales. Mejor dicho, su anormalidad fálica no tenía escape.

Ya aterrizado en la realidad, y visto el panorama, Eliécer comenzó a indagar qué habían estado tomando (porque ambos tenían un tufo de por lo menos tres días de parranda). Y con tirabuzón les fue sacando la verdad. Compraron tres botellones de ron artesanal y lo mezclaron con toronjil y dos yerbas (plantas que nacen silvestre en el huerto casero), con la garantía de que con ese menjurje podrían durar toda una noche dándole rejos a sus respectivas mujeres. Lo que no les explicó el malandrín que les vendió la fórmula es que la disfunción eréctil desaparecería, pero de nada les serviría porque el pene se convertía en un adminículo inservible, pues no sentirían la menor sensación. Sus dos órganos sexuales serían como dos pájaros muertos. Y, si por casualidad tenían mujeres con quien procurar el goce, se irían de la casa de fastidio y a buscarles un remedio para que les bajara la calentura. Una vecina les gritó desde dos cuadras: «¡consigan dos cubetas de hielo, colóquenlas en una ponchera y zámpenles el falo ahí durante dos horas!». “Comadre, pero de dónde flores si no hay jardín. Aquí no hay ni luz ni nevera”.

Eliécer, el mensajero, quien ya a esa hora –por su ecuanimidad y mesura—se había ganado el respeto y el título de ‘doctor’ por parte de la comunidad, pidió silencio, tranquilidad, y que lo dejaran solo con los dos pacientes en una habitación limpia, con sábanas y trapos blancos también limpios”. Le hicieron caso en el acto con estricta disciplina.

Rememoró en todo lo que había aprendido al lado de quien ahora era su esposa y trabajaba de jefe de enfermería en una prestigiosa clínica. Sacó alcohol, algodón, una aguja hipodérmica, y le agarró el pene a la primera víctima. Con fuerza puso sus dos rodillas sobre los músculos del paciente, y le clavo la jeringa y empezó a succionarle la sangre espesa y casi negra. De inmediato brincó sobre el otro paciente y repitió la misma operación. A la media hora ambos estaban rezándole al Santísimo que no volverían a hacer esas locuras.

«Por ellos y para ellos hacemos esta labor diaria en medio de la pandemia, con lo poco del calor humano verdadero que nos queda en este momento del mundo: hogar», dice Eliécer Ibáñez, un mensajero todero.

Con la galleta en la mano

Aura Camargo, en San Juan Nepomuceno, una exitosa propietaria de una industria casera (galletas ‘María Luisa’, en homenaje póstumo a su abuela, quien le enseñó a hacer esos deliciosos pasabocas, que compiten con cierta ventaja con las ‘chepacorinas’, de San Jacinto.

El grave problema que afronta Aura es que casi todos los días se queda con más de la mitad de la producción en casa, así como está sucediendo con los productores de aguacate, mango y patilla. No hay quien los reparta, porque todos los de las motos que hacían esas tareas están metidos de cabeza en la mensajería, en especial para la zona rural, en donde la gente clama por una pastilla para el dolor de cabeza, por un transporte rápido hasta un centro hospitalario por sospecha de estar afectado con el Covi-19.

Y lo peor es que, como dice Jacinta Pérez*, distribuidora de queso y ñame en San Juan Nepo, “la verdad es que cuando uno está ‘salao’, hasta los perros lo mean. Vea, hace 3 noches casi se me muere mi comadre Angelina Villegas, porque le llegaron los dolores del parto a las 11 de la noche. ¡Y cómo hacer para traerla de por allá del filo de los Montes de María, por donde no entra carro, ¡y solo despacio, por trochas angostos, entra una moto! De vaina que le tocó un muchacho que había estado en el Ejército y se inventó una vaina dizque ‘parihuela’. Consiguió una hamaca grande, claro que no más grande que la del Cerro de Maco que menciona el maestro Adolfo Pacheco. Dos listones largos que los amarró a lado y lado de la moto y dos corpulentos voluntarios en dos motos más atrás sosteniendo los extremos de los maderos. Bajaban despacio, cada uno con el hacha y la rula ampliando trocha. Gracias a mi Dios así pudieron llegar a tiempo al hospital de San Juan y parió una niña ¡lindísima!”.

Jacinta* revela, sin ocultar su temor, que la peor amenaza de los Montes de María es que han aparecido unos tales ‘Pájaros Negros’ y otros dizques ‘Ejército Gaitanista de Liberación’ amenazando a dueños de finquitas para que desalojen. “Otra vez el maldito desplazamiento -dice angustiada Jacinta–, en medio de esta infame epidemia. ¡Que Dios nos tenga de su mano!”

En épocas normales, sin Coronavirus, un mototaxista cobra cinco mil, cuando mucho, ocho mil pesos por un viaje a lo alto de los Montes de María. Hoy cobra 60 mil, y cuando mucho, lo rebaja a $50 mil. A simple vista se ve como una especulación. Un oportunismo. La lógica de uno de uno de los mototaxistas es que, por hacer ese viaje trepando montaña y bajando por terrenos destapados, pierden hasta diez carreras en el casco urbano o entre un municipio y otro, con buenas vías. Y en parte tiene razón.

–Mire, hacer este servicio por acá implica romper la guaya del clutch, porque es terreno destapado y con muchos obstáculos. Aquí en San Juan ese repuesto me cuesta entre 70 y 80 mil pesos. Otro que se daña a la fija es el juego de estrellas, que cuesta entre 170 y 190 mil pesos, porque son tres estrellas”, explica Camilo Gómez, un joven mototaxista sanjuanero..

“La gente cree que uno se está llenando de plata aprovechando la emergencia. Eso es una solemne mentira. Uno también tiene mujer, hijos, ancianos en casa, y un cobro excesivo que yo le haga a usted por un servicio, me la aplican a mí por otro lado, por eso es que yo digo, en esto estamos todos en el mismo barco, y si no navegamos para el mismo lado, no jodemos todos”, dije Javier Montoya, todo un contador de empresas que no ha podido engancharse en su profesión y no lo pensó dos veces, la moto a la calle”. En esto lleva nueve años y no puede quejarse. “Mis tres pelaos estudian, tienen los tres golpes diarios asegurados y, lo más importante, la hembra está contenta porque no tengo tiempo para mirar para ninguna parte”.

Felipe Mercado trabaja desde hace seis años con Rappi, que no lo suelta ni por nada porque la empresa ya se venía disparando en Barranquilla. Y ahora más. Felipe está anclado en un restaurante especializado en Sushi. Comenzaron 4 mensajeros. Ahora con ‘encierro’ obligatorio han tenido que contratar a 62 más y la gerente, Sandra Barros, está desesperada porque no tiene más espacio para la fabricación de sus deliciosos platillos. Ella dice que, si aún se consiguieran burros en su San Marcos natal, se traería por lo menos una docena. Sería toda una novedad fantástica: en Barranquilla restaurante reparte Sushi a lomo de burro, (un plato típico de la gastronomía japonesa, basado en arroz aderezado con vinagre de arroz, azúcar, sal y mariscos, verduras y pescados, como el pargo rojo), al gusto del comensal.

«Yo tengo la galleta más grande y más sabrosa de todos los pueblos en jurisdicción de los Montes de María», asegura María Claudia Canoles.

Rafael Sarmiento Coley, director del portal www.lachachara.co , y autor de este reportaje, le tomó el pulso a la situación que se vive en los Montes de María, y asegura que es preocupante.

Nepomuceno Márquez*, mejor conoce en todos los rincones de los Montes de María, como ‘Nepo’, jamás pensó que, después de casi 20 años, volverían a vivir una angustia, ansiedad y estrés superior a toda esa época infernal desatada por el paramilitarismo en guerra abierta con las guerrilleras de las Farc y los llamados ‘Elenos’.

Todavía los pocos habitantes valientes que se resignaron a clavar la abarca en la tierra de sus ancestros, en una heredad de la cual son sus legítimos propietarios, dos de las anteriores infernales atrocidades, están en carne viva, la de ‘Macayepo´ y ‘El Salao’, perpetradas bajo el mando de Rodrigo Antonio Mercado Pelufo, alias ‘Cadena’ nacido en ese pequeño caserío (Macayepo), en  donde de niño jugaba trompo y bolita uñita con sus amigos de infancia que, años más tarde, él mismo acribillaría con un tiro de gracia en la nuca, acusándolos, sin pruebas contundentes-, de ser auxiliares de las guerrillas de las Farc.

En ese momento se vivía la más sanguinaria confrontación armada por el predominio de los Montes de María entre las Autodefensas Unidades de Colombia (AUC), cuyos principales jefes eran los hermanos Carlos y Víctor Castaño Gil, tras la desaparición, en extrañas circunstancias, del mayor de ellos y fundador del sanguinario ejército ilegal, Fidel Castaño Gil, nacido en Amalfi, Antioquia, en 1951, y a quien también se le atribuye el liderazgo para organizar el grupo de los ‘Perseguidos por Pablo Escobar, los Pepes’.

Ahora sobre esos bellos paisajes reaparece la sombra negra de un nuevo conflicto armado, como si todos esos fatídicos años vividos por los ancestrales usufructuarios de las extensas, ubérrimas y bendecidas tierras de los Montes de María, sobre cuyo tesoro natural tienen jurisdicción unos 15 municipios, de los departamentos de Bolívar y Sucre, no hubieran sido suficientes.

En principio la guerra surgió por la presencia predominante de la cuadrilla de las Farc bajo el mando del implacable ‘Martín Caballero’ (secuestrador de importantes personajes de la región entre ellos el exministro Fernando Araujo).

La otra guerra

En estos últimos años, cuando la entidad Oficial Comisión de la Verdad, Esclarecimiento de la Verdad y no repetición del Conflicto, que en forma eficiente preside el sacerdote jesuita Francisco De Roux, adelanta una tarea humanitaria de enorme valía, recomponiendo el tejido humano que se había desvertebrado por culpa de una guerra ajena (porque los nativos son de ahí, siempre han vivido de la tierra heredada de sus ancestros), explota en el alma de los montemariano otro conflicto de dimensiones superiores.

Primero es la lucha a sangre y fuego por la tenencia de la tierra. Terratenientes del Valle del Cauca, de los principales grupos económicos de Antioquia, ‘empresarios agrícolas´’ de César, La Guajira y Magdalena, se metieron a la brava a robarles las tierras a sus legítimas dueños desde cuando el mundo es mundo. Primero fue con la intención perversa e irresponsable de reemplazar de un solo golpe toda la vegetación natural de los Montes de María por palma de aceite (que, según estudios científicos en tierras cultivadas por esta planta de larga explotación, no se vuelve a producir nada de calidad). De manera conjunta, con la palma de aceite entró la reforestación brutal para reemplazar la arborización natural, por Teca -un maderable muy apetecido en las mercados internacionales-, y un aguacate distinto al que siempre se ha dado en estas tierras.

Vías por donde deben transitar los mototaxistas en zonas veredales del Caribe Colombiano.

Lo más grave es lo que denuncian asociaciones campesinas: en el fondo de esta nueva sangrienta lucha está la cereza del postre,    que es empoderarse del dominio de un corredor seguro y confiable para una nueva ruta del narcotráfico que les permita trasladar en forma segura, confiable y sin tanto riesgo enormes cargamentos de coca desde puertos clandestinos en Bolívar y parte del Atlántico, hasta escondites en guaridas de almacenamiento cerca de Colosó, para despachar por el Morro de Morrosquillo. Este negocio estaría en manos del Cartel de Urabá, asociados con los poderosos carteles mexicanos que han quedado en acción luego de la captura del Chapo Guzmán.

El diluvio que les faltaba

San Juan, San Jacinto, Carmen de Bolívar, Los Palmitos, Corozal, Sincelejo, Colosó, Chochó, Tolú, Coveñas y todo lo que comprende el Golfo de Morrosquillo estaban felices porque había cesado la horrible noche de la sanguinaria disputa entre paramilitares y guerrilleros, por el predominio absoluto de ese rico eslabón del territorio del Caribe Colombiano. Y cuando menos lo esperaban, sale de las profundidades del infierno otro demonio, esta vez disfrazado de pandemia denominada Coronavirus o Covid-19, que unos ‘virólogos’ y trabajadores científicos chinos, en la ciudad de Wuhan, dejaron escapar el diminuto terrible monstruo convertido en una pandilla invisible, numerosa y fatal que tiene de rodillas de la humanidad.

Felipe Mercado, le dicen el ´rapidito’ de Repii repartiendo Sushi día y noche por todas las calles de Barranquilla.

Y este diabólico virus causa más traumas en zonas rurales –y aun en centros urbanos—de la Costa Caribe, porque, ante el cautiverio obligatorio o cuarentena (todo lo cual en buena hora aplicado por el gobierno y su comité de sabios para que la pandemia no se propague más), no hay otra alternativa para conseguir comida, medicamentos, incluso una atención médica de urgencia y hasta el manejo de los negocios bancarios, que un buen mensajero de confianza. Ha sido un prodigio del gobierno del Presidente Duque que, si quiera, permita este servicio.

Son los héroes más anónimos

Si bien ya empezó, con toda justicia, a reconocer el invaluable y abnegado servicio de médicos, paramédicos, personal administrativo, policía, ejército, gobernaciones, autoridades departamentales, distritales y municipales, hay que poner el foco sobre el sufrido electricista que es despertado a media noche en el barrio Rebolo de Barranquilla (suroccidente de la  ciudad), para que arregle una ‘cañuela’ que tiene sin luz a miles de usuarios. El apagón comenzó a las tres de la tarde y de inmediato empezaron decenas de usuarios a llamar. Y a las once, como no venían “los operarios oficiales”, el vecindario buscó a un ‘»experto» independiente, a quien llaman «Tribilín» . A las dos de la madrugada terminó su trabajo y se ganó setenta mil pesitos “mi hermano que, para esta situación, valen un millón”.

A pocas cuadras de allí, Edgardo Castro, tan largo como la escalera en la cual está trepado y tan flaco como el poste de madera que se tambalea con el peso de la escalera, el operario y la brisa, intenta amarrar unos cables de alta tensión que se desprendieron al paso de un camión cargado con alimentos. Son las doce de la noche. Él esta enganchado ahí desde las nueve, y aspira terminar antes de que amanezca para poder “echar un sueñito en casa, porque este Coronavirus no nos deja dormir más de cuatro horas diarias desde hace casi un mes. Yo que nací flaco, ahora estoy que me lleva el viento. Pero, todo sea por la voluntad de Dios. Nosotros no ahorramos esfuerzo en solucionar los problemas de un apagón, porque sabemos que esto es duro: encerrados, a oscuras, con calor y mosquitos, ¿quién se aguante eso?”.

Javier Montoya estudió contaduría, sociología, hizo un curso de inglés, y, en vista de que no conseguía un trabajo que le permitiera sostener con dignidad un hogar con tres hijos y la esposa, un amigo le informó que en una cadena de droguerías estaban necesitando tres mensajeros, pero tenían que disponer de moto propia. Con una plata al interés que le prestó un amigo, compró una moto de segundo, “y desde hace nueve años estoy recorriendo las calles de Barranquilla. Ahora la situación es grave. Hay días en que le toca a uno doblarse. Por ejemplo, yo tengo un turno de seis de la mañana a tres de la tarde. Y a las doce de la noche o una de la madrugada me llaman de urgencia que tengo que llevarle un medicamento a un paciente grave. Y primero la vida de un ser humano.”

¡Y el burro muerto!

“Ahora por aquí no se consigue un burro ni para medicina. Hoy, quien sea dueño de una recua de burros como la que yo tuve, puede darse por millonario”, dice Héctor Hernández*, con voz pausada y en el tono que le obligan sus 96 años “bien vividos y trabajados”.

Ese es otro misterio que ha salido a flote ahora con ocasión de la pandemia. No hace muchos años el campesino desde su finca o vereda bajaba al pueblo más cercano hacía su comprita y regresaba a su rancho. ¿Cuánto pagaba? Cuando mucho medio ciento de tabacos caseros o cinco aguacates. ¡Qué tiempos aquellos!

Hernández que, primero, luego de “quitarnos las botas del colonizador español”, se organizó un transporte por los Montes de María, desde San Juan, Zambrano, San Jacinto, y salían a Colosó y de allí se recorrían toda la sabana desde Corozal, Sincelejo, Sincé, Galeras, y subían para Toluviejo, Tolú, Coveñas y todo lo que comprende el Golfo de Morrosquillo.

No es exageración de Héctor Hernández. Del paisaje de las sabanas de lo que hoy son los departamentos de  Bolívar, Córdoba y Sucre han desaparecido por completo esas recuas de burros. Hernández, con su siempre tono socarrón, afirma que “ya los cachacos no tienen motivo para endilgarnos el remoquete de levantarles el rabo a las burras”.

Las versiones son contradictorias e interminables. Unos dicen que se fueron muriendo de viejos porque ya nadie los criaba ni los usaba para nada. Una idea traída de los cabellos. Arrieros como Héctor Hernández, que abrieron trocha con hacha y machete, primero para las recuas de mulas y luego pasó a las de burros, afirma que, desde cuando los Montes de María han tratado de convertirlo en una ruta para el narcotráfico, han empezado a matar burros para forrar cargamentos de coca con el cuero del asno, que es grueso y tiene un almizcle que escapa al agudo olfato de los perros que controlan en los puertos y aeropuertos. La excusa de los narcos para justificar el notable incremento de la exportación de cuero de burro es que se ha convertido en un artículo de lujo para muebles y objetos diversos, así como en su buena época fue el cuero de la nutria, convertida, por esa causa, en un animal en vía de extinción.

Además, aseguran que la carne de burro es tan sabrosa como la del novillo, y la exportan para países que comen carne de todo animal que haya estado vivo. Y tengan una buena conservación mediante una adecuada cadena de frío hasta su destino final. A lo mejor aquí mismo en Colombia los pobres asnos quedan reducidos a salchichas, salchichones, salamis, hamburguesas,, butifarras, perros calientes y otras ‘delicias’ de la gastronomía de algunos países europeos y Estados Unidos.

*A petición de los tres entrevistados se les cambió el nombre para ser consecuentes con su seguridad personal, pues han vuelto a aparecer en ciertos sectores de los Montes de María los pasquines y las acciones violentas de grupos armados al margen de la ley.

 

 

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Sobre el autor

Director general de Lachachara.co y del programa radial La Cháchara. Con dos libros publicados, uno en producción, cuatro décadas de periodismo escrito, radial y televisivo, varios reconocimientos y distinciones a nivel nacional, regresa Rafael Sarmiento Coley para contarnos cómo observa nuestra actualidad. Email: rafaelsarmientocoley@gmail.com Móvil: 3156360238 Twitter: @BuhoColey
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