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La vida de un pueblerino en la ciudad

Por: Omar Barboza Camargo

Ilustracion OB , un pueblerino en la ciudad 

Bajarse de un burro pa’ subirse a un bus es una vaina jodía. Y, aunque en mi vida no he montado en burro, sí conozco perfectamente lo duro que es dejar el pueblo para ir a una ciudad a estudiar en la universidad.

Sé que muchos de los que me leen son pueblerinos como yo. Pero la mayoría de los lectores tal vez sean citadinos que, seguramente, son compañeros de clase o amigos de un pueblerino. Puedo apostarles que cada vez que su amigo viaja al pueblo le encargan un pote ‘e suero.

Al llegar a la ciudad, la mayoría de los pueblerinos nos deprimimos. Porque, además de la tristeza de dejar nuestra casa, nos tenemos que adaptar brusca y obligatoriamente a la vida cosmopolita del lugar a donde vamos a cumplir nuestros sueños. Todo se hace más difícil cuando empezamos a recibir comentarios negativos sobre nuestra personalidad. Aunque para muchos sea solo mamadera de gallo, a nosotros nos duele muchísimo que se nos burlen por cosas que hacen parte de nuestra esencia.

Por eso el sanjacintero Adolfo Pacheco en su canción “El viejo Miguel” escribió:
“Yo me desespero y me da dolor porque la ciudad/ tiene su destino y tiene su mal para el provinciano”.

Y por eso es que, a continuación, voy a dar a conocer algunas de las cosas que más nos cuestan a los pueblerinos cuando nos mudamos a la ciudad, pa’ que entiendan un poquito más nuestra situación y no nos la monten tanto:

  1. “La comía”

Una de las cosas con las que más nos chocamos es la alimentación. En mi familia, que es de San Onofre de Torobé (Sucre), un desayuno responsable significa: unas tapas de yuca harinosa con sus respectivas ligas: queso, suero, ajonjolí o alguna cosa que haya quedado del día anterior. De bebida, un café con leche en el que son sumergidas unas galletas de limón de la señora Adelaida. Pa’ ajustar, unos diabolines corozaleros. Ya se podrán imaginar mi cara cuando, en la primera pensión a la que llegué en Barranquilla, me sirvieron de desayuno dos sándwiches sin queso con un vaso de Nestea. “¡Esa vaina no da mojón!”, gritó mi papá al otro lado del teléfono cuando lo llamé pa’ echarle el cuento.

  1. “El goppiao”

Cuando en la inducción de la carrera va a presentarse un pueblerino, todos los citadinos ponen sus miradas encima de él o ella, con una expresión burlona que acompaña la siguiente frase: “edda me duele la cara de tanto goppe que me diste con ese habla’o”.
Yo sé que puede ser extraño al principio, pero como cualquier otro acento, uno por lo general no se ha dado cuenta de que habla así hasta que se nos burlan en la cara. Y, ¡ojo!, hay que cuidarse del goppia’o, porque de tanto burlarse se les termina pegando… que lo digan mis amigos citadinos.

  1. ¿Entonces, tú allá comes burra?

Por mucho que a ustedes les de risa esta pregunta, a la mayoría de nosotros nos ofende. Nuestra primera pareja sexual no fue un animal (o, por lo menos, no la mía), así como tanto se le ha hecho creer al mundo. Aunque la zoofilia es un fenómeno real, esta es una pregunta muy incómoda surgida de un estereotipo fatal.

  1. Los buses urbanos

¿Qué clase de bicitaxi es esto? Si quieren identificar a un pueblerino acabado de llegar a la ciudad, les tiro el dato: es el propio que, cuando el bus llega a su parada, en vez de tocar el timbre, le grita al conductor “aguántaaaaalo” o “paraaaaada”. Por favor, no se rían de él o ella.
A mí me pasó, justo en la entrada de mi universidad, el primer día de clases. Y a todos los pueblerinos nos ha pasado, porque en nuestra cotidianidad el auténtico transporte es el de Nando: caminando. Nosotros no andamos en bus. A veces, uno coge un bicitaxi, una motocarro, o sale en la moto que le regalaron de quinceañero.

  1. Las direcciones

Eso no existe en el pueblo. Allá uno dice: “tú coges derecho por la calle del comercio y, cuando llegues a la esquina de la tienda de Calé, doblas a la izquierda bajando por la loma hasta que llegues a la esquina de Dormelina, la que vende suero; doblas de nuevo a la izquierda y después de la casa de tabla es que vive la seño Benilda”.
En la ciudad uno se entera de que existen las nomenclaturas. Y la gente piensa que les vamos a robar cuando nos acercamos a preguntar por una dirección.
Si ustedes identifican a un pueblerino perdido en la calle buscando una dirección, guíenlo con amabilidad; él se los agradecerá. Sobre todo si conocen un palo de mamón, mango o almendro que quede cerca de su lugar de destino. No duden en darle este tipo de indicaciones cualitativas. También son útiles los puestos de minuto, las tiendas de cachacos, las casas viejas, las señoras que venden fritos y las que están sembradas en sus terrazas.
En fin.. Son muchas las dificultades socioculturales que enfrentamos los pueblerinos al llegar a la ciudad.
Hablando en serio, amigos citadinos, si ustedes ven a un pueblerino llegar a su barrio, o si dan una clase con él, háganse llaves de él o ella. Uno siempre trae de su tierra que si el suero, que si el queso, que si las galletas de limón… y no hay amistad más sincera que la que brinda un pueblerino.
“El que nunca ha estado ausente no ha sufri’o un guayabo/ hay cosas que hasta que no se viven no se saben”, dice la canción que compuso el provinciano Rafael Manjarrez cuando estudiaba derecho en Barranquilla. Este tema se ha convertido en el himno del Festival de la Leyenda Vallenata y en el de todos los pueblerinos que nos vamos pa’ la ciudad. Por favor, no le pongan esta canción a su amigo pueblerino si no lo quieren ver llorando.
Una vez que ustedes hayan sido amables con uno de nosotros, se han ganado un puesto en el cielo. Porque un amigo pueblerino nunca los traicionará y les ofrecerá, muy amable e insistentemente, un lugar donde pasar vacaciones fuera de la ciudad.
Denle la mano a ese pela’o; él está pasando por un momento difícil: cambiar los gallos por una alarma pa’ levantarse da tristeza. Pero, ajá… a uno le toca sacrificar la sabrosura de su pueblo para mudarse a las ciudades a estudiar porque, como dice mi tía Marta, “un lápiz pesa menos que una pala”.

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