En nuestro país se han llevado a cabo distintas movilizaciones, como recordándonos que nos encontramos en un Estado Social de Derecho.
Por Isaura Pérez Ochoa
Como ya es pan de cada día en nuestro país que la información sea manipulada, que el país se entere solo de cierta parte de lo que sucede, el 9 de abril de 2016 Colombia conmemoró el Día Nacional de la Memoria y Solidaridad por las Víctimas, lo cual se hace desde 2012; razón por la cual fue convocada una marcha nacional como un respaldo a los diálogos de paz que se están llevando a cabo en La Habana y además como una conmemoración a las víctimas del conflicto armado en el país, llevando el lema: ¡Somos más: Ahora sí la paz!
Lo curioso de este caso es, que a pesar de que diferentes medios lo comunicaron con unos días de antelación, este evento no tuvo color en el país, las redes sociales no hicieron Hashtag ni a favor ni en contra, los memes no circularon por las cuentas de los diferentes usuarios y las invitaciones a marchar por estos medios fueron muy escasas. Caso contrario a lo ocurrido el pasado 2 de abril con la movilización convocada por el Centro Democrático, que desató una ferviente controversia entre quienes estaban de acuerdo y quienes estaban en desacuerdo. Los diferentes medios fueron invadidos de publicidad para el evento, que tenía como propósito levantar su voz de forma pacífica en contra del mismo proceso de paz y del gobierno del actual presidente Juan Manuel Santos.
Luego de esta analogía bastante notoria, queda mucho por cuestionar, si es que a nuestro país no le interesa marchar por la paz o si quienes estaban detrás del evento a favor de la paz no invirtieron en publicidad y no le pagaron a los caminantes, muy probablemente es porque las víctimas son pobres, porque la gran mayoría de los muertos son del pueblo y no de las grandes élites.
La guerra en Colombia que ya supera el medio siglo con un reporte de 1.982 masacres, ha registrado 7.957.219 víctimas donde 2.448.373 han sido niños, se han desplazado 6.716.401 colombianos y 161.636 han sido víctimas de desaparición forzada.
No solo las cifras son alarmantes, sino la historia que hay detrás de cada una de estas personas, de los que han tenido que abandonar sus tierras, los que han visto morir a sus familiares y quienes arduamente han luchado por sobrevivir y han fallado. Cada uno de ellos ha esperado más que una marcha, más que un día de conmemoración, ellos tan solo quieren el fin de este conflicto que no solo se ha llevado la vida de miles de personas, sino también muchos sueños, esperanzas y el futuro de aquellos que no tuvieron la posibilidad de elegir, sino que se vieron obligados a transitar el único camino que se abrió para ellos.
La marcha además de conmemorar y solidarizarse con las víctimas, exigía garantías de no repetición. Quienes aquí marcharon fueron las víctimas directas e indirectas, desplazados, defensores de derechos humanos, gremios, asociaciones y ciudadanos en general de diferentes comunidades que mostraron su apoyo al proceso de paz. Sin embargo, cabe aclarar, que esta marcha no fue convocada como una respuesta o retaliación a la jornada de respaldo a la guerra que se realizó el 2 de abril.
Teniendo en cuenta estos dos sucesos, me queda difícil asimilar la división tan marcada hacia un proceso de paz que adelanta el gobierno nacional, pero también me pregunto: ¿Quiénes protagonizaron cada evento?
La respuesta es clara y evidente, la primera marcha la convoca un partido político fundado por un expresidente que en sus 8 años de gobierno le apostó a la guerra en contra de los grupos guerrilleros y que ahora lo sigue haciendo como líder político y senador de la República. Lo siguieron los miembros de este partido y los ciudadanos que se identifican o que creen en esta propuesta política, la gran mayoría de ellos terratenientes, empresarios y familiares de esos políticos enredados en diversos escándalos de corrupción, además, ganaderos hacendados, algunos estudiantes de las más caras universidades y en muy poca cuantía ciudadanos del común.
Propugnaron una marcha de diferentes sectores sociales, pero particularmente no encuentro aquí la gran diferencia. Sin embargo, en su eslogan “Marcho por Colombia” y toda la publicidad que extendieron aclaraban que su movilización era por todos los colombianos y por el desgobierno del presidente Santos. Esto generó una gran polémica, porque si este era su tema central, si marchaban con el pueblo y para el pueblo, en contra de las políticas del primer mandatario del país, ¿Por qué no se unieron al paro nacional de trabajadores el 17 de marzo? Así hubiesen podido unificar las fuerzas y levantar una sola voz, pero ellos no se involucraron con el pueblo, sino todo lo contrario, su objeto fue totalmente contradictorio al del paro nacional, puesto que los trabajadores y estudiantes el 17 de marzo marcharon en contra de un gobierno capitalista que vendió una de las empresas publicas más rentables del país, un gobierno elitista y que vulnera los derechos de los más pobres. Por su parte, los uribistas marcharon en contra de un gobierno castro-chavista y de izquierda que le entrega el país a las FARC. Lo sarcástico de todo esto, es que ambos se referían al mismo gobierno.
Por su parte, la movilización del 9 de abril, tenía un objetivo muy diferente, no buscaba apoyar o contraponer a un personaje, ideología política y mucho menos formularse como una contrapartida o critica a los anteriores hechos. Esta, buscaba alzar su voz para exigir el fin de la guerra como algo que les corresponde por preservar el derecho fundamental a la vida, a la salud y la educación, entre otros tantos que durante más de medio siglo les han sido vulnerados. Sus actores fueron aquellos que han sufrido en carne propia las consecuencias de la guerra, quienes han tenido que luchar por hacer cumplir los derechos de estas familias y todo el pueblo que entiende que la guerra solo genera más guerra y que son los pobres quienes pagan el precio de la guerra de otros.
Ahora, después de estos sucesos, he quedado desconcertada porque me he dado cuenta que cuando se vive aislado de una situación deplorable, cuando se vive lejos de la pobreza, de la miseria, cuando no se conoce de tú a tú la verdadera historia de nuestro país y de su gente, es muy fácil movilizarse y pagarle a otros para que lo hagan y que defiendan lo que se piensa desde los grupos elitistas, donde no salpica la sangre de los que mueren en la guerra, desde donde no hay el temor de pisar una mina o de tener que abandonar la tierra y la familia. Hace falta ser muy egoísta para querer incentivar una guerra que lo único que ha traído es atraso, sumisión y tristeza a la gran mayoría de nuestra gente, que le ha negado a nuestro país la posibilidad de desarrollarse y a muchas personas su derecho a vivir y a vivir dignamente.
Es triste que cuando en nuestro país por primera vez se adelanta un proceso de paz con talante, aunque tenga sus falencias, sean los que no han sido afectados y los que no han puesto muertos los que se atrevan a oponerse, mientras que los más golpeados, los que deberían estar llenos de resentimientos son quienes apoyan ponerle un fin a la guerra, los que están dispuestos a perdonar y a olvidar. Lo irónico, es que cada vez que se habla de este proceso en cualquier lugar, cada vez que se abren los debates, todos pensamos en las Farc, en el gobierno, en la economía, en la vida social en el postconflicto, en la delincuencia común, los negocios, el agro, etc. Se piensa en todo, menos en las victimas, las que no tienen voz y que son quienes realmente deberían importar, porque son la otra cara de la moneda de esta guerra absurda, los que han sido robados, saqueados y violentados, no solo por la guerrilla, sino también por el gobierno e incluso por todos esos ciudadanos que desde tiempos pasados han acreditado la guerra.
La reflexión que ahora nos queda es cuestionar las razones por las cuales muchos no quieren paz, ni restitución de tierras. ¿Será realmente por el pueblo? O más bien será porque afectan sus intereses económicos y los oscuros secretos que se esconden detrás del conflicto armado que no solo ha incluido a las guerrillas, sino a un numeroso grupo de paramilitares que también han masacrado y desplazado miles de campesinos para apoderarse de sus tierras.
Para terminar, cito las palabras de Jorge Muñoz Cepeda en la columna que tituló “La guerra de los otros”:
“Pero en este país, los que no ponen víctimas ni desplazados ni huérfanos, quieren, con sus camándulas y sus libros en las manos, que los cadáveres de otros se sigan apilando en los cementerios, que las lágrimas no abandonen las mejillas de los otros, que los otros defiendan a una patria que aún no existe y que se pinten la cara antes de matar y de morir, sin entender jamás porqué”.












