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La Banda de Baranoa, un ícono de la música del Caribe colombiano

Por: Fausto Pérez Villarreal

A Hilton Escobar Roa se le remueven los hilos de la nostalgia al evocar los inicios del gran proyecto de su vida: la Banda Departamental de Baranoa, prestigiosa y aclamada institución musical, con más de un cuarto de siglo de existencia.

Esta reconocida agrupación ha edificado su propio espacio en la selecta galería artística del Litoral Norte de Colombia gracias a su vasto y variado repertorio que combina ritmos autóctonos como porro, cumbia, chandé, bullerengue y mapalé con la música moderna de otros países.

La propuesta se complementa con una impecable muestra escénica que la ha llevado a recorrer buena parte del territorio nacional e internacional.

La colectividad tuvo su origen a partir de una modesta banda de guerra perteneciente al colegio Industrial de Baranoa, a la que Hilton llegó -en la primera mitad del decenio de los 90 del siglo XX- en calidad de director, a petición de los padres de familia.

Foto: Fausto Pérez y Hilton Escobar

Las bandas de guerra en el Caribe colombiano pasaron a llamarse Bandas de Paz a partir de comienzos de la década de los 90. Fue un esfuerzo institucional de la Gobernación del Atlántico, orientado a contribuir con la desmilitarización del lenguaje desde la escuela.

Al frente de la iniciativa estuvo Moisés Pineda Salazar, en ese entonces Secretario de Educación, Cultura, Recreación y Deportes. El mandatario departamental era Arnold Gómez Mendoza.

Las bandas de paz tenían como escenario ideal los desfiles militares, competencias escolares y eventos culturales y deportivos. 

Con pasión, disciplina, rigor, gestión, esfuerzo, constancia y el decidido apoyo de Rodolfo Espinoza Meola, exgobernador del Atlántico, Hilton logró convertir aquella modesta agrupación en la imponente Banda Departamental, impacto ransformador de la vida de estos jóvenes artistas que son orgullo musical de la región, teniendo como fuente de inspiración las bandas tradicionales que, con su música de viento, amenizaron las alboradas sonoras de su infancia y adolescencia: la 20 de Julio de Repelón, la 19 de Marzo de Laguneta, la de Chochó, la de Manguelito, la de Colomboy y muchas otras.

“La Banda de Baranoa está conformada por 650 integrantes entre 6 y 16 años en su mayoría. Está en constante renovación. Por lo general, los que cumplen la edad límite pasan a la Universidad o a cumplir sus proyectos personales; otros continúan en calidad de profesores”, afirman Hilton, y añade: “Además de talento y vocación, el integrante de la banda debe tener buenas costumbres”.

Sentado en un rincón del espacioso kiosco techado de palma ‘bendaguja’, en la sede de la numerosa colectividad, a Hilton los ojos se le iluminan, y sus pupilas dan la impresión de dilatarse, permitiendo que la luz entre a plenitud y vivifique las escenas más atesoradas de su memoria. Su voz clara y firme no se quiebra ante la emoción que lo embarga. Esboza una sonrisa que dibuja en su rostro, con la rapidez de un celaje efímero, la gratitud por lo vivido.

La sede de la Banda de Baranoa está ubicada, pasando el peaje, a dos kilómetros de la entrada del municipio, en la acera izquierda de la carretera La Cordialidad, en la vía que conduce a Cartagena. El terreno abarca 14 hectáreas e incluye una concha acústica con capacidad para 30 mil personas, un coliseo de ensayos, jardines y un estudio de grabación.

Nos cuenta Hilton que la historia de la Banda comenzó en el corazón del departamento del Atlántico, en su Baranoa natal, municipio ubicado al sur occidente de Barranquilla. Era una soleada tarde de febrero, llena de brisas. Tenía los pies descalzos y, como ya era su costumbre, estaba a pocos metros del exclusivo Colegio Popular Zoraya Martínez Manotas, debajo de un frondoso árbol llamado Cartagena. Hilton contaba solo 12 años y para él constituía un deleite incomparable ver los ensayos de la banda de guerra de la institución educativa, al compás de liras, redoblantes, cornetas, timbas y bombos.

“El Zoraya Martínez era un colegio ‘pupi’, al que solo tenían acceso los hijos de la gente pudiente del pueblo. Yo estudiaba, en esos momentos, en la jornada matutina en la escuela primaria pública, y en las tardes me iba a ver los ensayos”, recuerda Hilton, quien era hijo de campesinos pobres sin formación académica y con pocas posibilidades de empujar a sus hijos hacia los estudios superiores.

La directora del Colegio, Nicolasa Martínez Manotas, no solo había visto en reiteradas oportunidades al niño, sino que estaba enterada de su situación. De modo que se le acercó aquella tarde y le preguntó si le gustaría formar parte de la agrupación marcial. En respuesta recibió un sí efusivo, pero el pequeño Hilton le dijo que en su casa no había dinero para los gastos. Entonces, la mujer le propuso vincularlo a la banda de guerra del colegio, totalmente becado. Los ojos de Hilton brillaron de júbilo, levantó los brazos, dio media vuelta y echó a correr, lleno de alegría.

La algazara se esfumó cuando le comentó a Nilsa Roa, su progenitora, que quería pertenecer a la banda de guerra. La mujer le dio un fuerte regaño y enfatizó que el Zoraya Martínez era un colegio para ricos, y que no había plata para eso.

“Esa respuesta fue impactante para mí. En verdad, me aterraba ser un campesino, sin acceso al conocimiento. Yo quería otra vida.  Y aquella negativa de la autora de mis días me obligó a escaparme de la casa e irme bajo el cuidado y tutoría de la profesora Nicolasa. Esta me acogió, me llenó de cariño, se convirtió en mi segunda madre; reorientó mi vida con disciplina y firmeza y me condujo por la senda en la que felizmente me encuentro hoy”, asevera Hilton.

UN GIRO DE 180 GRADOS

“Dios me dio dos madres: Nilsa Roa, la que me llevó en su vientre durante 9 meses, me trajo al mundo y me tuvo en su seno por 12 años, y Nicolasa Manotas, la que me acogió desde los 12 años, me dio educación y me señaló el camino a seguir en la vida, con realidad y con esperanza. Mi gratitud eterna a esas dos mujeres que ya gozan de la presencia del Señor”, señala Hilton.

En el derrotero de su vida, Nicolasa practicó sóftbol, se graduó de abogada penalista y desempeñó los cargos de directora de la Cárcel Modelo y Secretaria de Educación Departamental. De la mano de ella, Hilton cursó sus estudios de enseñanza secundaria y se formó con creces en la percusión, de manera especial en el redoblante.

“Mi aprendizaje y constancia en la banda de guerra del colegio fue de tal magnitud que cuando se retiró el director, el señor Manuel Benítez, sargento jubilado del Ejército, asumí la dirección. El repertorio de esa banda marcial estaba alimentado de marchas militares”.

El profesor Manuel Benítez fue fundamental en la formación de Hilton Escobar. Le enseñó a dirigir una banda, lo pulió en la marcialidad, en la ejecución de los himnos y en cómo se debían tocar las marchas.

“LA MÚSICA ES PARA SINVERGÜENZAS”

La primera frenada en seco que recibió Hilton Escobar en su vida, de parte de Nicolasa, fue cuando él le reveló su querencia de estudiar música: “Nada de eso, la música no tiene futuro, es para los marihuaneros, los borrachines y los sinvergüenzas. Tu perfil es el de un hombre de alto vuelto: tienes que ser aviador”, sentenció la mujer.

Aún así, el joven Hilton se las ingenió para matricularse en la Facultad de Música de Bellas Artes. En sus venas llevaba la esencia artística. Su abuelo materno había sido músico y su tío, Edinson Roa, era un reconocido pintor. 

Su aventura en Bellas Artes duró menos de un año, pues antes de que finalizara el segundo semestre, Nicolasa, enterada de sus ‘andanzas’, lo sacó literalmente de Bellas Artes luego de darle un par de gaznatadas.

“Al día siguiente me envió a Bogotá, a estudiar aviación. Yo le había dicho que esa carrera no me gustaba. Entonces, Nico me dio un ultimátum: ‘o aprendes eso o no hay nada’. No me quedó más opción”.

De esa manera, Hilton Escobar estudió, durante tres años, en la Indoamericana de Aviación, con sede en la capital de la República. Se graduó como técnico de Helicópteros y por espacio de una década laboró como técnico de vuelo en Helicópteros Nacionales de Colombia. Gracias a ese trabajo viajaba con frecuencia a diferentes lugares del país.

1995, AÑO DEL DESPEGUE

«Lo recuerdo con claridad, como si fuera ayer -apunta Hilton-. No preciso la fecha, pero sé que era 1995. Me encontraba en Bogotá, en mis labores en Helicol, cuando recibí una llamada de uno de los padres de familia del colegio Industrial de Baranoa. Lo habían encomendado para proponerme la organización y conducción de la banda de guerra de la institución. Para ese tiempo, Nicolasa Manotas estaba muy enferma, en su lecho”.

Por la flexibilidad en su trabajo, Hilton viajó de Bogotá a Baranoa, y se comprometió a dirigir la banda del colegio, en su tiempo libre.

Las condiciones de la banda del colegio Industrial eran precarias: solo tenía un redoblante, una corneta y dos bombos. No había más nada.

Hilton le solicitó al profesor Ahumada, el director en esos momentos, que le permitiera la posibilidad de organizar la agrupación. El hombre aceptó.

“Entonces, como yo recibía un buen salario, empecé a comprar más instrumentos como trompetas, saxos y trombones en casas de empeño de diferentes ciudades. Mi trabajo me permitía viajar con frecuencia: venía, ensayaba y me iba. Alcanzamos a reunir 200 estudiantes”, recuerda Hilton.

Ante la dura situación del colegio Industrial, que no podía sostener la banda, Hilton se dirigió al alcalde de Baranoa, a quien le hizo el pedido formal de asumir en propiedad la dirección del grupo.

“Le propuse crear una banda municipal de Baranoa. Al burgomaestre le fascinó la idea y me dio el aval. A partir de entonces escogí alumnos de todos los colegios de Baranoa. Aquello ocurrió en 1995. Después, para empaparme en lo relacionado con las bandas, viajamos a un concurso nacional de bandas guerra en Madrid (Cundinamarca). Nuestra nómina estuvo compuesta por 250 integrantes. Nos trasladamos en cinco buses de Baranoa. Fueron 30 horas de ida y 30 más de vuelta, en condiciones incómodas, pero nos fue de maravilla: no solo aprendimos, sino que además obtuvimos el primer lugar”.

Al regresar a Baranoa, con el título de ganadores, la banda fue recibida con vítores y empezó a visibilizarse. El Gobernador del Atlántico de ese momento, Nelson Polo, condecoró a la agrupación.

“Ahí conocí a la persona que sería determinante en la historia de la Banda de Baranoa: Rodolfo Espinoza, quien fungió como gobernador encargado. Él se enamoró de nuestra colectividad y nos dio su decidida ayuda”, dice Hilton.

Como la banda carecía de sede, los ensayos eran en la plaza del pueblo, de 6 de la tarde a 10 de la noche. Cuando Rodolfo Espinoza fue elegido gobernador le sugirió a Hilton que le diera a la banda el carácter de departamental para así brindarle apoyo de manera formal.

“Rodolfo no solo cumplió su promesa, sino que con dinero de su bolsillo me dio para que comprara una casa para ensayar. Compré el terreno en el que, hoy, es la sede de la banda, lugar donde he construido todo lo hay”, dice Hilton.

LA BANDA, HOY

El gran proyecto liderado por Hilton Escobar agrupa 1350 beneficiarios, distribuidos en tres organizaciones: la Orquesta de Viento del Atlántico (OVA), que es una sinfónica; la Banda de Baranoa, con 682 integrantes, y la Fusión Orquesta.

Conformada por músicos de los municipios del Atlántico, la Banda Departamental de Baranoa se ha presentado en diversas ciudades de Colombia. Así mismo, ha actuado en Corea del Sur, República Dominicana, España, Venezuela, Estados Unidos y Panamá. La agrupación cuenta con 14 profesores y es hoy por hoy una de las Organizaciones musicales más acopladas, sólidas y formativas de la música popular del Caribe colombiano.

Sobre el autor

Comunicador y Periodista. Editor deportivo de Lachachara.co, tiene experiencia en radio, prensa y televisión. Se ha desempeñado en medios como Diario del Caribe, Satel TV (Telecaribe), RCN, Caracol radio, Emisora Atlántico, Revista Junior. Fue Director deportivo de la Escuela de fútbol Pibe Valderrama y dirigió la estrategia de mercadeo y deportes de Coolechera. Para contactarlo: Email: figueroaturcios@yahoo.es
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