Varias veces rechazada por editores, Valerie Camacho busca la belleza en una gota de agua o en la mesa del dictador alemán.
Poemas de Valerie Camacho*
La poética de Hitler
Trepidaban aquellas cortinas del roce gemebundo viento, donde mostraba el panorama afuera de esas ventanas.
En el cielo parecía formarse el fascículo de las probabilidades— un diagrama, quizás— pero era algo más que eso, un diafragma dialipétalo dejándose la contraluz de un un triedro donde sus aristas incidentes marcaban el punto de partida y todo el conflicto de la materia, de sus génesis idílico, el esquema no se encontraba estático— sus átomos trilaterales se azotaban entre sí.
Si él lo observara, lo percibiera como proyecciones aleatorias agresivas, que quizás lo compararía con su ópera.
Aunque esto siempre pasa desapercibido, aún si lo miraran, recordarían aquellas partículas en donde no alumbra toda la pieza.
Cuando a luces de la tarde se despide con su dombo plateado y dorado, algún rayo siquiera volver a cuestionarlo.
A veces, él no puede sostener con hileras las visiones criminales, humillantes que se observa en sus suspiros, en su silencio, que se atasca en su duodeno, entre el yo y el ello, entre susurros mentales, una crisálida donde se halla sus lágrimas reprimidas.
La bandera de Alemania tendida en el escritorio:
«¿Quién te ha dejado solo todo este espacio tiempo que la cordura de tu alma parece haberse desvanecido?»
Parece algo gracioso porque ya me lo había preguntado antes.
Aquí nadie tiene corazón de cristal, la nobleza sólo existen para algunos individuos, para mí no existe, es sólo una condición.
También he odiado esto, esto de ser humano.
Esta humillante reminiscencia que agrede con la psique.
Cada noción natural que fue medido por escalas, cada punto, fue destruido por minutos.
Quizás todas estas fotografías se abstraían por segundo pero nunca nos percatamos de ello.
Ya he palpado todo eso, y aún no he llegado con un objetivo.
Así como los cuarenta imbéciles que me persiguen y se sientan a percibir el orbe superficialmente.
Despierto escuchando tus palabras cuando gritas que somos unos desgraciados y que ser de «tu país» es una victoria.
Ya no visito a mi familia porque me percaté que no pertenecía a ninguna.
Uno de tantos de ellos están es tu exterminio.
Aquí en mi morada ni siquiera se escucha el canto de los pájaros.
He sido obligada a decisiones complejas, a caer en esos arrecifes de vidrios templados cuando mi cráneo concebía visiones despiadadas; aún la luz corría fervientemente.
Todo eso lo observaba, quizás ya no tenían ningún sentido.
Parezco un bebé perdido buscando cada una de las estrellas.
Aún divago en la figura de un niño que nunca existió y que impaciente le dijo a Hitler:
«Si no quieres estar aquí, vete, si somos una miseria, vete, si somos lo más putrefacto de este pequeño orbe, vete; ¿Qué haces aquí?
Déjanos ser niños, lárgate a Alemania y diles a todos que eres héroe, cuéntale también que en la inmensa aurora eres hipócrita y qué lloras desenfrenadamente, déjanos tener un hogar en el cual pasar los días de lluvia y en los cuales el arcoíris se mezcló con las luces lóbregas.
Deja que ellos tengan coito sin que se acabe el gemido.
Ríete con ellos de que estamos abandonados en este mundo.
Déjanos ser niños, deja esta sociedad tranquila, si quieres olvidamos tu nombre, tu existencia y que tú y nosotros lloramos a las tres de la mañana.
Hombres esperan escaparse en la madrugada de Austria.»
Tengo que olvidar que esto existió.
He estado exhausta con telas movedizas, diciéndote que las razas humanas no existen.
Para ti somos una identidad social, «judíos» porque así decidió llamarnos tú y el mundo.
Porque somos judíos, somos la bazofia y el tabú para Alemania.
Somos la imagen inconciliable de aquella conducta social.
No, ni tampoco quiero recordar tu discurso el cual decía:
«Este es nuestro hogar, grandes hombres son de esta raza, aquí ningún judío debe intervenir, Alemania es el futuro y el hogar de oro, esta es nuestra nación, nuestro patrimonio, nuestra morada.»
La melodía de las voces era como ventanas rasguñadas, totalmente fractacial.
— ¡Hitler! ¡Asesíname ahora! ¡Hazlo! Me deshice de tu esposa y ahora espero la consecuencia. —grité.
En ese instante, justo antes de que observara el diafragma dialipétalo, antes que saliera el triedro y todo el conflicto interno de la percepción mundial de fallos esenciales.
De repente, la propagación del grito hizo que un estímulo apareciera.
Justo cuando me miraba congeladamente, tomando su gatillo,
Él, desapareció.

La belleza incomprendida
Aún estás preguntándote si estuvo mal tratar de buscar la definición absoluta del signo que nació con nosotros.
Le buscaste conclusiones, fórmulas, acertijos, símbolos, razones.
Todo eso te dio ideas, te dio ímpetu.
Las voces de la oscuridad te hablaban sin pericia.
Ellas mismas te confundían, pero tú seguías de igual de inmóvil ante tus conceptos. —Incognoscible hombre—sigues cuestionando cada movimiento de tu sombra, de las huellas que has dejado. —Dédalo sin adivinanzas—has estado toda una década, en tu universo sofocante, imaginando tu cuerpo salir a la luz.
Toda una vida, dibujándote huyendo de la sombría desesperación.
¡Lúcida fantasmagoría!
Toda una vida
El espejo mirándote a ti, tú, crédulo lo miras, creyendo observarlo.
La elucubración te penetra con ira desde el fondo de ti.
Una epifanía se revela ante el vidrio cóncavo.
Un reflejo anfibológico aparece, el cual sigue confundiéndote en la cápsula de tu miedo.

La gota
El prisma multifocal vigilaba aquella fuente de granito, que incrustada en una esfera turquesa ferviente dejaba caer sigilosamente aquellas gotas, que resonaban para muchos oídos.
Las gotas seguían el camino por la curvatura de la superficie de la esfera, como si fuera un espiral infinito. Sobre esta brillaban esmeraldas con frenesí.
El agua era tan reluciente que parecía que caían zafiros, en lugar de gotas.
Todos parecían concentrados en aquella belleza. Era como encender las luces y suspirar el silencio, la pureza vital de lo sensible.
Se observaba la atmósfera exaltada, pues las miradas eran manipuladas por el objeto. Parecía tratarse de un giroscopio, que para ellos no cesaba de darles intranquilidad.
Vibraban las campanas y las copas en aquella boda.
Para ellos, el mundo se había detenido, pero nada de eso significó interrupción, ni fue motivo para que los presentes dirigieran su mirada a las otras cosas que allí estaban.
La novia había llegado con tan sublime vestido. Sonreía porque su amado se encontraba junto a ella, mirándola fijamente.
Las campanas sonaban más fuerte. La pareja hacía gestos para que aquellos les prestaran atención. Parecían ser marionetas de un teatro perdido, a oscuras y sin gente.
Ellos eran el perfecto idilio de un juego de mudos humillados, negando aquel momento en que la ilusión se raspó con el suelo.
Encima de aquel objeto, grandes olivos hacían contraste con aquellas hojas entre las cuales un hilo de miel se esparcía; pero eso no perturbaba el sueño despierto que ellos contemplaban.
Brillaba apasionadamente la gigantesca moneda de oro en lagos grises, en donde el rostro de Dios suele esconderse.
La boda seguía perturbada. Los minutos pasaban, la constante vigilancia hacia la manecilla del reloj formaba redes de desesperación tomadas de la espalda del peligro.
—¿Qué está pasando, compañeros?—dijo el prometido angustiado.—¿Por qué no vienen?
Alguien pareció escucharlo.
—No lo sabemos.
El agua seguía cayendo como grandes cascadas embelesadas.
—Sí, lo sabemos. —dijo alguien. Inmediatamente, las miradas dejaron de posarse en el objeto.
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Sobre Valerie Camacho
Mi nombre es Valeria Camacho Martínez, pero mi seudónimo como poeta y escritora es Valerie Camacho.
Tengo 17 años, nací en Barranquilla, el día 4 de diciembre del año 2000. Comencé a escribir desde los trece años de edad, porque en ese año estaba cursando sexto grado y en mi colegio nos estaban inculcando la lectura, desde entonces comencé a leer cosas pequeñas, cuentos y relatos; escribía en una aplicación en donde jóvenes escritores pueden publicar sus historias y leer también, pero solo entonces veía la escritura como pasatiempo, y no para algún sueño o meta que tengo ahora.
Después de mucho tiempo solamente quise leer algo más, aprender otras cosas, porque la literatura juvenil ya no me agradaba y tampoco me aportaba mucho, comencé a leer literatura clásica y poemas sublimes con tanta elocuencia que cada vez que leía una línea, la profundidad para describir con palabras académicas me asombraban demasiado o todavía me sigue asombrando, y no eran siempre “las palabras” era de utilizarlas para concebir una imagen al interlocutor, “escenas con tanto sentimiento”.
Mi estilo de escribir es de carácter vanguardista. Escribo poesía y prontamente reiniciaré a escribir cuentos surrealistas, tiene la mezcla del psicoanálisis y de la filosofía. Actualmente leo también teorías, revistas científicas y artículos informativos por medio de páginas o blogs.












Valerie.