Por Rafael Sarmiento Coley.
En los inicios del imperio nazi, el dictador Adolf Hitler, con componendas y sobornos, consiguió la sede de los Juegos Olímpicos de 1936, inaugurados el 31 de agosto con la ilusión y ambición de demostrar «la superioridad de la raza aria».
Ése era su propósito. Y para ello destinó cuantiosos recursos económicos para preparar a los atletas alemanes. La ceremonia inaugural fue un despliegue de tecnología y un derroche de dinero en el desfile de miles de jóvenes delante de bandas musicales y los atletas.
Las gestas deportivas se programaron en ciudades de Baviera y en Berlín. Y aunque Alemania ocupó el primer lugar en el cuadro de medallas ganadas (con el segundo lugar para Estados Unidos), fue un atleta norteamericano la gran figura del torneo al ganar cuatro medallas de oro en las modalidades de 100 y 200 metros, el relevo de 4×100 y el salto largo, imponiendo dos récords mundiales.
Un verdadero fuera de serie que, como tal, fue reconocido por el mundo deportivo. Pero a Hitler aquello le cayó como una patada en el hígado. Se marchó del estadio por no entregar la medalla ni mucho menos apretarle la mano a una persona de la valiente y valiosa raza afrodescendiente.
Sin duda, uno de los antecedentes que quedan escritos con tinta indeleble en la historia de los Juegos Olímpicos, que este año 2024 se realizarán en París, la «Ciudad Luz», cuna del olimpismo moderno gracias al parisino barón Pierre de Coubertin.
Las olimpiadas de este año se realizarán del 26 de julio al 11 de septiembre con su lema «más rápido, más alto, más fuerte». Colombia, y en especial la Costa Caribe con Barranquilla, ha dejado escrito su nombre con el gol olímpico de Marcos Coll, las medallas de Helmut Bellingrod y las de varios boxeadores.













