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Helena salió con su ropa deslizándose, la familia del muchacho la observaba

Por: Adelaida Persand

Conozco a Helena de toda la vida. Siempre fuimos a las mismas escuelas y crecimos en el mismo vecindario. Nuestra cercanía me hizo ver cómo su sonrisa se apagó poco a poco, cómo olvidó quién era por un segundo, sus intentos forzados por ocultar sus sentimientos y por negar una realidad que existía, y de la cual se trata este texto: abuso sexual

Su historia inició como cualquier cuento de hadas. Tenía una amistad muy cercana con un chico, al cual le tenía mucho aprecio. Después empezaron a salir y todo parecía ir bien. Sin embargo, Helena se daría cuenta de que él no era la persona que creía. 

Primero fueron leves agresiones que fueron subiendo de nivel. La primera vez observó cómo sus manos se deslizaban por debajo de su pantalón y cómo le alzaban su blusa sin quitársela del todo. Sus súplicas quedaron en el aire y sus golpes no fueron suficientes para detener lo que venía. No, no hubo penetración, pero los golpes en sus caderas y la sangre en su ropa interior eran símbolo de la agonía que había vivido y que solo estaba iniciando. 

Tiempo después, ella accedió a verlo en su casa. Estuvieron toda la tarde acostados en la cama, pero la situación cambió de un momento a otro, puesto que el chico quería tener relaciones sexuales. Helena le manifestó que no quería, pero eso no detuvo al muchacho. Así que rápidamente le quitó la ropa interior y alzó su falda.  

Estaba vestida y a la vez desnuda, debido a que tenía su blusa, su falda y hasta sus medias, pero le faltaba su ropa interior. Se sentía vulnerable y cansada. De repente, sintió mucho dolor y las ganas de llorar la invadieron, pero no pudo hacerlo.  

No sabía cómo debía sentirse ni cómo actuar. Él comenzó la conversación. Le contó acerca de lo solitaria que era su vida, que no sabía arreglar los problemas con sus amigos, y de lo mucho que extrañaba a su ex. Luego, cambió el tema drásticamente al decirle que ella debía, porque siempre quería hacerse la buena, por lo cual, manipulaba a las personas. 

Esas palabras la dejaron helada. Solo se dedicó a llorar mientras el joven la observaba. Al final, ella agarró sus cosas y se fue.  

Se sintió vacía y confundida. No estaba convencida de lo había ocurrido. Tal vez él tenía razón, y ella siempre quería quedar bien. 

En otro encuentro, ella lo visitó para hacerle compañía, puesto que él le había manifestado que se sentía triste y solo. No obstante, lo primero que hizo al ver a Helena fue intentar quitarle la ropa. Las manos de esta protagonista se aferraron fuertemente a su pantalón mientras que de su boca se escuchaba: 

-No quiero, no estoy segura, no quiero, no estoy segura, no quiero, no estoy segura…. 

«¡Cállate!», una frase que produjo el silencio en toda la habitación. Los ojos de Helena se aguaron, pero ninguna lágrima se derramó por sus mejillas. Entonces unas manos fuertes sostuvieron sus brazos y sus prendas desaparecieron.  

Era una muñeca o así se sentía. Solo veía cómo era movida de arriba hacia abajo y los apretones que recibía. El chico le dijo suavemente «siento que estoy con cadáver”, y ella estaba de acuerdo. Su última memoria de ese día es salir cojeando y con su ropa deslizándose mientras la familia del muchacho la observaba.  

Los meses siguientes no fueron fáciles, puesto que se negaba a aceptar lo que había ocurrido. Pero no podía engañar a su mente, por lo que los días se hicieron largos al pensar en lo triste e incomprendida que era, y las noches se volvieron muy cortas para sus innumerables llantos. 

No quería decirle a nadie porque no estaba segura de lo que había ocurrido, y tampoco quería causa preocupación. Decidió siempre usar una máscara emocional para ver a sus seres queridos. Eso era lo más difícil, tener que lidiar con las agendas sociales y académicas cuando lo único que quería era permanecer en silencio en su cuarto. Nada ni nadie se iba a detener por ella. 

También sentía vergüenza de ser quien era. Pensaba que había perdido parte de su identidad, de sus valores, de sus creencias. Por otra parte, estaba la culpa, pues creía que ella era quien no se había dado a entender, quien no había sabido comunicar sus límites.  

Su mundo parecía volverse cada vez más oscuro. Pero en medio del dolor y de la incertidumbre por su futuro, ella encontró a amigos que la escucharon, que la abrazaron como deseaba, que fueron pacientes con sus tiempos para asimilar los sucesos.  

Asimismo, asistió a terapia cuando estuvo lista. Era la primera vez que lo hacía, pero sus psicólogos se mostraron tan dulces, amables y preparados para el tema, que cada sesión era un empujón para que ella pudiera sanar. Admitía que no era fácil enfrentarse a la realidad, pero era más sencillo cuando tenía a profesionales que la guiaban con calma. “Vamos a ir trabajando en tus tiempos”, y eso sonaba perfecto para ella.  

Hoy en día se siente mucho mejor, pero sabe que todavía tiene retos que enfrentar. El abuso que sufrió no se resume solo a la agresión, porque va mucho más allá. Se vincula con vivir con esos recuerdos, en la desconfianza que siente hacia las personas, el cómo analiza el trasfondo de cada palabra a su alrededor, las noches sin dormir, la ansiedad, entre otras.  

Es muy complejo, pero está segura de que va a estar bien, puesto que ahora cuenta con herramientas que le ayudan día a día.     

Hay muchas historias como las de Helena, en las que un episodio afecta toda su vida. De acuerdo con la Oficina para la Salud de la Mujer, las personas que sufren violencia sexual pueden desarrollar afectaciones en la salud mental, lo que se presenta en la forma en la que se sienten, en la que se relacionan con el entorno, sus pensamientos, su cotidianidad.  

De igual forma, el Boletín de Violencias Basadas en Género, de la Delegada para los Derechos de las Mujeres y Asuntos de Género del 2022, establece que los principales agresores son conocidos, parejas y exparejas.  

Hay muchas historias como las de ella y cada una tiene igual valor e importancia, puesto que se marca un antes y un después en sus vidas. Pero no tiene que ser negativo y su día a día no tiene por qué resumirse a lo que les ocurrió. Más allá de mirar con lástima y condenar el hecho, es necesario entender su trascendencia y apoyar a personas como Lorena, Andrea o Helena. Saber que no están solas podría hacer una diferencia y una fuerza en el cambio.

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Esta problemática también se ve reflejada en los siguientes contenidos:

Lorena

Andrea

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