Por: Yulitza Sarmiento
Andrea es mi amiga desde que nací. Vivíamos en el mismo barrio, nuestras mamás eran muy amigas, fuimos a la guardería juntas, ingresamos a la misma escuela y quedamos en el mismo curso. También jugábamos a los yaces, parqués, hula hula, escondido, pilindrina e infinidad de juegos divertidos. Ella era como mi mejor amiga, amaba su compañía, era una niña alegre, con un cabello hermoso y unos ojos claros indescriptibles.
La luz que irradiaba era impresionante. Recuerdo que era la niña más bonita y adoraba ser su amiga, porque era inteligente, audaz y multifacética.
Una mañana como de costumbre, a sus 11 años, Andrea se levanta de su cama. Justo al lado había un espejo y notó que muchas partes de su cuerpo estaban creciendo de una forma acelerada; sin embargo, desde su inocencia lo ignoró.
Se levanta de la cama, va al baño y se da cuenta que solo estaba ella en casa, era algo normal, pues sus papás trabajaban todos los días desde muy temprano, y le tocaba quedarse sola en casa. Ella decía que estaba acostumbrada y que le gustaba pasar las mañanas sola. Su mamá se levantaba temprano y le dejaba el desayuno y almuerzo listo para que no saliera de casa o provocara un accidente al no tener supervisión de un adulto. Su mamá sufría demasiado por dejarla sola, pero como a muchas familias colombianas y del mundo en general le toca hacer esfuerzos para conseguir el pan de cada día.
Un abuelo en quien confiar
Esa mañana, casi terminando de arreglarse para ir al colegio, tocan su puerta tres veces. Ella con miedo, con pasos sigilosos y sin hacer ruido se asoma a la ventana, escondiéndose un poco entre las cortinas para que no se dieran cuenta que estaba ahí, pues a sus papás no les gustaba que permitiera visitas, y esta vez no sería la excepción. De espaldas ve a un señor, pero no lo reconoce. Espera unos minutos tratando de ver quién es, cuando este voltea, nota que era su abuelo. Le pareció extraño que estuviera en la puerta, pero se alegró y gritó que ya abría.
Andrea se puso los zapatos y corrió a abrirle a su abuelo. Este con una sonrisa en su rostro le dice que la acompañaría a ir al colegio. Andrea feliz deja que pase. En el camino notó a su abuelo extraño, miraba a todos lados como si se estuviera escondiendo de algo. Andrea tomó una peineta y se arregló el cabello. Mientras se arreglaba, sentía que su abuelo la miraba de una manera extraña y cada vez que volteaba a ver, él hacía que no la estaba viendo.
El abuelo entró al baño y cuando volvió, le tocó el cabello. Le dijo que se había hecho un peinado muy lindo y muy lentamente llegó a la puerta principal y la cerró. Andrea se asustó. Justo en ese momento empieza el peor día de su vida.
Un monstruo de la cobardía
Sospechando por la actitud de su abuelo, Andrea le pregunta por qué había cerrado la puerta, que no le gustaba que estuviera tan oscuro. Su abuelo le dice que haga silencio porque, si no, las cosas terminarían de una manera desastrosa. Andrea queda en shock, asiente la cabeza y este empieza a tocarle su cara, baja a su abdomen y empieza a quitarle el uniforme. En ese entonces lo único que hacía era llorar y suplicarle que por favor no le hiciera daño y que tenía mucho miedo.
Luego de unos minutos, él logra abusar sexualmente de ella. Andrea empieza a sangrar por la violencia vivida, se quedó estática como una muñeca, mirando hacía el infinito, con lágrimas que no dejaban de correr.
¡Su abuelo la había violado! Había abusado de ella, de su inocencia, de su niñez. El dolor físico no era tan fuerte como el dolor emocional que sintió en ese momento.
Empezó a recodar cómo su abuelo la miraba en momentos anteriores, cómo tocaba sus caderas, cómo agarraba su cabello y se preguntó por qué nunca sospechó de él. De ese que la felicitaba por sus logros, la cargaba, la llevaba al parque e incluso al colegio.
En su mente no cabía la idea de que eso había sucedido y, peor, la idea de que antes de irse de casa su abuelo la amenazara diciéndole que si decía lo que ocurrió, se quitaba la vida e iba a cargar con ese peso toda su vida.
A prisión
Andrea se cuestionaba todo lo que le estaba pasando, su abuelo debió haber tenido conflictos internos muy fuertes para cometer tal brutalidad, aun sabiendo que era su nieta, su sangre, y a la que posiblemente le arruinaba su vida y su niñez.
El abuelo antes de irse de la casa llora, le pide que lo perdone, se coloca su ropa y deja tirada y desangrada en la cama a Andrea. Ella queda con la mirada perdida, llora por mucho tiempo hasta quedarse dormida.
Horas después, cuando llega mamá a casa, nota que la casa está oscura, los focos estaban apagados, había cosas en el suelo. Busca por todos lados a su hija. Grita durísimo al encontrarla, ve a su hija tirada en su cama, con el uniforme manchado de sangre y todo desordenado.
La mamá le pregunta que le pasó, ella no decía nada, las palabras de su boca eran escasas, solo podía llorar. Minutos después, entre el llanto, se atreve a decir que había sido su abuelo paterno. La mamá salió corriendo, llamó a la Policía, pidió una ambulancia de urgencia y se fue de inmediato a buscar a su suegro. Para su agrado lo encontró, lo golpeo y lo maldijo mil veces. Todos los vecinos se enteraron y también lo golpearon. Él se entregó a las autoridades y fue preso de la libertad por muchos años.
Las secuelas y un paso adelante
Desde ese día la vida de Andrea cambió, pasaba todos los días encerrada en su cuarto, recordando cada uno de los segundos en los que fue abusada. Las cuatro paredes de su habitación eran su compañía todo el tiempo. Su mamá dejó de trabajar para cuidar de ella y acompañarla, y su papá entró en crisis al sentirse culpable de que su propio padre había abusado sexualmente de su hija.
Semanas después, empezó a ir a sesiones psicológicas, las cuales le ayudaron. Pasados unos meses y gracias a las mismas se animó a ir de nuevo a la escuela. Sin embargo, desde que pasó la puerta de su casa, se sentía intimidada, sabía que todo el mundo se había enterado, incluso sentía que todo el mundo la miraba con lástima.
Al llegar al colegio en compañía de su mamá, todos la miraban extraño. Todos en la clase se concentraban en verla y no en prestarle atención a los contenidos que se estaban dando. Muchos niños o niñas imprudentes le hicieron preguntas indebidas, esto la aturdió tanto que no lo demostró, pero cuando llegó a casa se encerró en su habitación y lloró toda la noche.
Trató de ir al día siguiente al colegio, pero la sensación que le provocaban las miradas intimidantes de sus compañeros le causaba daño y decidió pedirle a la profesora que llamara a sus padres para que fueran por ella.
Los padres ya no sabían qué hacer, no solo su hija estaba mal, ellos se sentían culpables de todo lo que había sucedido. También decidieron asistir a terapia. La psicóloga les recomendó cambiar de casa, de colegio y de entorno.
Pasaron muchos meses y cuando Andrea estuvo preparada empezó una nueva vida, hizo nuevos amigos y muchas cosas mejoraron. El dolor no se iba, pero poco a poco iba dejando atrás todos esos recuerdos perturbadores.
Volver al amor
La adolescencia de Andrea fue durísima, le daban miedo los niños, e incluso enamorarse. Años después, conoció a Carlos, él se convirtió en su mejor amigo, ella le contó toda su niñez y la experiencia traumática que vivió por como abusaron de ella. Carlos seguía ahí, nunca la abandonó.
Con el tiempo, sin darse cuenta se enamoraron, él le pidió que fueran novios, vivieron experiencias hermosas. Años después, le pidió que fuera su esposa y se casaron y han aprendido uno del otro en todo el proceso.
Andrea actualmente tiene 23 años, está casada con Carlos, tiene una hija de 2 años, una familia fortalecida y una buena estabilidad económica y laboral.
Mi amistad con Andrea se desvaneció con el tiempo, debido a todos los cambios que pasó. Sin embargo, la última vez que hablamos me dijo que el dolor nunca se ha ido y el miedo a que su hija o a otras niñas le pase lo mismo es aterrador. Continúa asistiendo a sesiones de psicología para seguir tratando los traumas de su niñez y dice que nunca olvidará lo que le pasó, pero que por lo menos ha aprendido a vivir con el dolor por dentro y a recordarlo como eso, un recuerdo.
Esta problemática también se ve reflejada en los siguientes contenidos:
Lorena Helena Galería











