La demagogia es el más frívolo método para llegar al poder, pero aún es el más inequitativo al ejercerlo.
Por: Hernán de la Ossa
Demagogia: (Según el diccionario de la real academia de la lengua española) degeneración de la democracia, consiste en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder.
Solo basta con remontarse a la definición de la palabra, y a manera de directriz conceptual, revisar con lupa las apreciaciones doctrinales de la filosofía antigua para adquirir un básico razonamiento de lo que Aristóteles llama, una desviación del ejercicio del poder político.
Cuando nos encontramos frente a este tipo de conceptos, donde la connotación filosófica tiene extrema relevancia, es recurrente que lleguemos a caer en confusión, sobretodo porque se pone en entredicho un sin número de situaciones similares y de carácter político en la época actual que logran confundirse entre sí.
En materia político-filosófica, es Aristóteles quien primero habla sobre la demagogia en un lapso paralelo con el comienzo del estudio del concepto de estado y los primeros intentos por descifrar su conformación. La demagogia es desviación de gobierno que favorece los intereses de los pobres (gobierno de los pobres), que empeña sus esfuerzos en satisfacer sus necesidades y desvía los intereses de la democracia al enfocar sus propósitos en un sector en específico.
En otro concepto, la demagogia que es la corrupción de la república (o democracia), se aparta de los principios de justicia y equidad buscando el beneficio de los pobres y apartándose del bien común. Por otro lado, la demagogia en los últimos siglos, ha pasado a un plano estético y oral(así se pudiere llamar). En el ejercicio de la política la susceptibilidad de la sociedad es frecuentemente manipulada por discursos que, en su forma, son peligrosamente embellecidos por la construcción verbal de una utopía de nación, que muy lejos de toda lógica, se torna inconsecuente frente a las realidades cambiantes de un país problemático política y económicamente (esto, según se mire).
Cuando hablamos delas manifestaciones demagógicas en las que suelen incurrir activistas políticos y quienes ejercen (o pretenden ejercer) la política, encontramos una nefasta utilización de la oralidad que hurga y juega con los criterios socio-político de los receptores. Discursos que no trascienden del hecho de enardecer las multitudes que luego terminan confundidas y en medio de preguntas y conjeturas que se reflejan en las malas decisiones al momento de sufragar.
Está fuera del tinglado apelar a los perjuicios, emociones, miedos y esperanzas del conglomerado para ganar su aceptación. En definitiva es una medida desesperada en la basta y ambiciosa intensión de alcanzar el poder. Colombia indiscutiblemente no es la excepción, como tampoco han sido excepción algunos de sus países aledaños a lo largo de la historia. Latinoamérica ha sufrido la demagogia implacable de la tiranía, dirigentes efusivos que manipulan el sentir del pueblo con el único propósito de satisfacer su concupiscencia.
En conclusión, la demagogia es el más frívolo método para llegar al poder, pero aun, es el más inequitativo al ejercerlo. La idea de un discurso altivo y efusivo con la intensión de hacer más ricos a los pobres, de enfocar en estos sus esfuerzos, significa un método que inclina la balanza social a favor de un peso irrisorio, que corta el libre desarrollo de las oportunidades para el conglomerado nacional, que desestabiliza al estado socialmente y que se contrapone al deseo colectivo de llegar a ser un estado equilibrado y estable ante la constante dinámica social y económica del mundo.












