Por. Francisco Figueroa Turcios
En el sur occidente de Barranquilla, donde el polvo de las calles se levanta como si también quisiera jugar con los niños, nació Estafanel Gutiérrez Pérez. Allí, en el populoso barrio La Manga, su infancia fue un territorio de imaginación: llantas convertidas en carros de carreras, pedazos de madera transformados en juguetes y tardes enteras donde el fútbol y la risa parecían más importantes que el paso del tiempo.
Estafanel es hijo de dos raíces poderosas del Caribe negro. Su padre, Romualdo Gutiérrez, llegó desde San Basilio de Palenque cargando en la sangre la herencia de un pueblo que nació libre. Su madre, Edelisa Pérez, vino desde María La Baja, también en Bolívar, con la firme convicción de que la educación podía cambiar destinos. Ambos se encontraron en Barranquilla persiguiendo el mismo sueño: construir un futuro distinto para sus hijos.
Heredó la Vocación social de su madre

Edelisa comenzó su vida como madre comunitaria, cuidando niños ajenos mientras levantaba los suyos propios. Pero la historia no se detuvo allí. Con cuatro hijos y apenas 32 años, tomó una decisión que parecía imposible para muchos: volver a estudiar. Entre cuadernos, madrugadas y sacrificios, fue escalando peldaños académicos hasta alcanzar un doctorado en educación, convirtiéndose en un símbolo de superación para su comunidad.
No se conformó con el logro personal. Fundó un colegio en el barrio La Manga para que los niños de ese sector y de zonas aledañas, donde muchas veces la educación parecía un privilegio distante, tuvieran un lugar donde aprender y soñar.
“Yo nací entre lápices y tiza”, suele decir Estafanel, recordando que su infancia transcurrió entre aulas improvisadas, voces de maestros y el ejemplo silencioso de una madre que convirtió la educación en una forma de resistencia.
De ese mundo —hecho de polvo, cuadernos y esperanza— empezó a forjarse el joven que hoy se reconoce como líder social.
Líder social…

Con el paso de los años, aquel niño que corría detrás de llantas en las calles polvorientas del barrio La Manga comenzó a entender que los sueños también podían convertirse en causas. Muy joven descubrió que el liderazgo no era cuestión de discursos grandilocuentes, sino de escuchar a su comunidad y defender lo que le pertenece a todos: lo público.
Fue así como nació “Los Pelaos del Barrio”, un movimiento juvenil creado por Estefanel Gutiérrez para despertar en los jóvenes del sur de Barranquilla la conciencia por la ciudad, por sus espacios y por su dignidad. En un sector donde muchas veces la desesperanza intenta echar raíces, aquel grupo de muchachos empezó a sembrar otra idea: que el liderazgo también puede brotar desde las esquinas del barrio.
Durante más de quince años, Estefanel ha recorrido ese camino de trabajo comunitario. Su voz cruzó fronteras cuando fue seleccionado como consejero de la Organización de las Naciones Unidas en asuntos de Derechos Humanos con enfoque étnico, llevando consigo la memoria de sus raíces afrocaribeñas.
También fue becario del programa Martin Luther King Jr. de la Embajada de Estados Unidos en Bogotá, experiencia que fortaleció su convicción de que la lucha por la igualdad y la justicia social se libra todos los días, desde los territorios.
Abogado de profesión, ha servido desde distintos espacios públicos: en la Personería de Barranquilla y como contralor auxiliar de la Contraloría Distrital. Pero fue en la arena política donde su liderazgo alcanzó uno de sus hitos más simbólicos: convertirse en el primer joven afro en llegar al Concejo de Barranquilla.
Del Concejo De Barranquilla a la Cámara de representantes

Desde el Concejo Estefanel impulsó iniciativas que llevaban el sello de su origen comunitario: proyectos para fortalecer a los líderes comunales, programas de apoyo a emprendimientos de comunidades negras, estrategias de convivencia juvenil y hasta un festival de música góspel pensado como un canto colectivo a la paz.
Sin embargo, su historia política no se detuvo en el cabildo distrital. Convencido de que la política debe ser una herramienta para transformar realidades, Estefanel renunció a su curul para emprender un nuevo camino: aspirar a la Cámara de Representantes y llevar la voz de su tierra al Congreso de la República.
Porque, al final, el muchacho que nació entre lápices y tiza en una escuela levantada por su madre entendió muy temprano que la educación enseña a leer libros, pero también a leer el destino de los pueblos
Con el paso del tiempo, aquel muchacho que organizaba a los jóvenes del barrio entendió que las luchas de su comunidad no podían quedarse únicamente en las esquinas de La Manga ni en los pasillos del Concejo Distrital. Había demasiadas voces esperando ser escuchadas.
Por eso, Estefanel Gutiérrez tomó una decisión que mezcla valentía y destino: renunciar a su curul como concejal de Barranquilla para aspirar a la Cámara de Representantes. No lo hizo como quien abandona un lugar, sino como quien amplía el horizonte de su causa. “No quiero ser un espectador del destino de mi gente”, reflexiono sobre su importante paso de pasar del concejo de Barranquilla al congreso de la república.. Y en esas palabras cabía la historia de los barrios del Atlántico que durante décadas han esperado que alguien lleve sus reclamos más allá de las calles donde nacieron.

Barranquilla, sigue siendo el punto de partida. Pero ahora su mirada abarca todo el Atlántico y a esos sectores que muchas veces han sido relegados del desarrollo: comunidades afro, juventudes, madres comunitarias y líderes barriales. Para él, llegar al Congreso no es un asunto de ambición política, sino la posibilidad de convertir los reclamos en acciones, de transformar la indignación en leyes y de demostrar que la política también puede ser una herramienta para dignificar la vida de los olvidados.
Porque en un país donde ser líder social muchas veces implica riesgo y valentía, Estefanel insiste en que guardar silencio no es una opción. Y quizás por eso, cuando habla de su aspiración al Congreso, no lo hace como un político tradicional, sino como aquel pelao del barrio que aprendió desde niño que la voz de su comunidad merece ser escuchada en los lugares donde se decide el destino del país.











