| “El deseo de volver a la normalidad”, escribía en un ensayo de Opinión el profesor de epidemiología Gregg Gonsalves, “es palpable tras más de dos años de muerte, sufrimiento y penurias”. |
Gonsalvez advertía que, en los años 90, algunas personas declararon de forma prematura el fin de la epidemia del sida y lo que sucedió fue que el VIH terminó por arraigarse en comunidades y países menos favorecidos.
Por ello, virólogos, historiadores y otros científicos siguen investigando las pandemias del pasado para comprender mejor lo que el futuro nos depara
Mi primo Carl murió de un linfoma asociado al sida en julio de 1995. Ese también fue el año en el que me enteré de que yo también era VIH positivo.
Pero luego tuvimos suerte. En 1996, surgió una nueva generación de tratamientos llamados inhibidores de la proteasa que eran capaces de controlar el VIH. Los médicos hablaban del efecto Lázaro: ver cómo sus pacientes pasaban de estar agonizantes a gozar de salud. Me inscribí en un ensayo clínico y empecé a tomar los medicamentos ese mismo año. Estoy vivo gracias a ellos.
En 1996, el escritor Andrew Sullivan acudió a una reunión de un grupo de activistas del sida que yo había cofundado unos años antes para impulsar el desarrollo y la investigación de medicamentos. Fue justo después de que los datos sobre esos inhibidores de la proteasa se dieran a conocer en una importante conferencia científica. Éramos conocidos como un grupo de empedernidos escépticos de las afirmaciones que hacían las compañías farmacéuticas y los científicos, pero los datos mostraban claramente que estos fármacos eran revolucionarios. Cambiarían la trayectoria de la epidemia para muchas personas, incluido yo. Después, Sullivan escribió un artículo para The New York Times Magazine titulado “When Plagues End”(Cuando las pestes se acaban), que se publicó en noviembre de ese año. Ahí, con justa razón, decía que el sida ya no era una sentencia de muerte para todo aquel que se contagiara del virus, sino una enfermedad crónica que se podía controlar.
| La misteriosa gripe rusa del siglo XIX, por ejemplo, inspira a algunos expertos, pues su comportamiento fue similar al de nuestra pandemia actual; piensan que aquella crisis pudo haber sido causada por un coronavirus. Pero para superar la fase especulativa necesitan, entre otras cosas, ubicar tejido pulmonar de aquella época. |
| La peste bubónica también es un referente en materia de cambios sociales. En un ensayo reciente, el novelista M.T. Anderson escribe sobre cómo la peste bubónica cambió las relaciones laborales. Y añade: “Empero, el creciente sentimiento de frustración entre la vasta clase trabajadora de nuestro país nos une con esos campesinos y artesanos medievales que desafiaron las expectativas de la élite para buscarse una vida mejor”. |
| Pero tal vez las repercusiones pandémicas que deberíamos abordar con más urgencia son las que persisten en las personas que lograron recuperarse de una infección de COVID-19. Un estudio recién publicado sugiere que contraer COVID-19 puede aumentar el riesgo de desarrollar problemas de salud mental. La investigación analizó a 154.000 pacientes y halló que en los meses posteriores a contraer covid tenían un 39 por ciento más de probabilidades de ser diagnosticados con depresión y un 35 por ciento más de probabilidades de que se les diagnosticara ansiedad. ![]() |
“Los marcadores inflamatorios pueden alterar la capacidad del cerebro para funcionar de muchas maneras, incluida la capacidad para producir serotonina, fundamental para el estado de ánimo y el sueño”, explicó Maura Boldrini, profesora de psiquiatría en la Universidad de Columbia.
Además, la covid prolongada apenas está empezando a mostrar su alcance y todo parece indicar que muchos tendrán que vivir con sus consecuencias. En un estupendo reportaje interactivo, nuestro colega Josh Keller desmenuza las causas de los síntomas que afectan a quienes sufren del síndrome postcovid, conocido también como covid prolongada o persistente.












