Por Billie Jean Madera
Vas caminando con uniforme inquebrantable, intimidando en las calles, con fusil en mano y mirada perdida, visionando un horizonte que el pueblo no encuentra. Das paso al unísono de tus compañeros, la tierra tiembla en sus pies, como presagiando un cataclismo a su marcha, cual si en la marcha cabalgaran las valkirias.
Oyes blasfemias y vulgaridades hacia tu nombre, miras la necesidad en los ojos de seres rabiosos, hallas entre las voces gritos de reclamos por el abandono de los que juraron cuidar. Te encuentras entre la línea de dos mundos, al frente tuyo contemplas el pueblo que juraste cuidar, y atrás de ti escuchas las voces de personas que se juran representar a los que vas a disparar.
Miras sus caras, tienen cierto parecido a los niños con los que en tu infancia jugabas a la pelota y donde el triunfo tenía sabor a coca cola del perdedor; tropiezas en el rostro de los adultos a alguien parecido al profesor de ciencias sociales, ese que te le dormías en la clase y tal vez por eso no escuchaste que el pueblo es superior a sus dirigentes. Contemplas a la señora y descubrirás en ella a tu nanaita, por la que te metiste a la obediencia para darle una casita, ya que recordabas que ella haría cualquier cosa por ti.
Parpadeas antes que un atisbo de humanidad te detenga, y al abrir los ojos contemplas todos como los terroristas que te enseñaron a odiar, vislumbras en sus palos una amenaza que puede ser superior a tu fusil, escuchas en sus cacerolas las injurias que descuartizan el significado de nación, observas en las cartulinas un escudo impenetrable, cubierto de injurias contra la patria, miras rojo, miras odio y disparas contra la blasfemia hasta verla sangrar, hasta escuchar los gritos, el llanto, el desencanto; que en el vacío sólo suene el disparo que recae en cuerpos que se resistieron a rendirse aunque no se hayan resistido a morir por ese pueblo que juraste cuidar o aniquilar, por el bien de tu nación levantada a cadáveres y miedo, que te condecorará con honor, a ti, sicario de medallas.











