Una defensa absoluta del chisme como necesidad humana
Por Néstor De León
Lo que me propongo hacer aquí, frente a ustedes, es una defensa absoluta del chisme. Y que quede claro: no se trata de una apología a medias. No vengo aquí a contarles que el chisme es «bueno de vez en cuando» o que es aceptable solo si obedece a ciertos parámetros morales. No. Lo que sostengo es que el chisme es, en su raíz, casi una necesidad biológica y natural; un mecanismo instintivo para conectarnos con la otredad, para palpar la humanidad ajena.
Vengo a contarles un chisme: históricamente, el interés por la vida del otro ha sido desterrado al rincón del voyerismo. Ha sido calificado como un vicio del carácter, una falacia del ser, un nivel inferior del intelecto. Antes de que Søren Kierkegaard y Kevin Johansen falazmente convirtieran al chisme en un hombre de paja llamado «habladurías», al ritmo de depresión filosófica y algún siglo y medio después en Bach-chata (respectivamente), Virgilio ya lo elevaba al estatus de monstruo.
En la Eneida, la Fama (el Rumor o el chisme) era temida profundamente por su poder colectivo y si estos grandes hombres hubiesen visto más allá del miedo o de su propio ego (excepto tú, Kevin Johansen, que eres tan cool), habrían descubierto lo que el chisme en realidad es: la primera red de transmisión de datos de la humanidad.
Sugiero entonces una lectura diametralmente opuesta a esa demonización: el chisme es una genuina necesidad de conexión etnográfica. Es el síntoma de un deseo profundo, inextinguible, de vincularnos tanto con nuestra propia condición humana como con la del colectivo.
En Sapiens: De animales a dioses, Yuval Noah Harari entendió perfectamente este fenómeno; se dio cuenta de que el chisme es una necesidad biológica, que el lenguaje no evolucionó para avisarnos dónde había árboles o para advertirnos de leones; evolucionó para chismear y fue precisamente porque aprendimos a echar chisme que logramos cooperar en grandes masas y, en consecuencia, dominar el planeta.
Una caricia para el alma
Cuando hablo del chisme (y aquí me refiero no a divulgarlo sino antes a la mera acción de saborearlo), hablo de nuestra forma primaria de entender el entorno que nos rodea en su nivel más íntimo. Es una necesidad primaria. Por eso, cuando te enteras de un buen chisme, tu cuerpo reacciona, la piel se eriza y los ojos se abren. Esto ocurre porque, en el fondo, el chisme de todos los vínculos no sexoafectivos es el que más se parece a una caricia sin serlo.
Hace algún tiempo, visitando la Biblioteca pública de Kansas City, Missouri, me topé con un ejemplar de Cousins: our primate Relatives donde el antropólogo Robin Dunbar planteó idea que hoy considero oportuna para esta defensa: los primates se unen mediante el acicalamiento (quitarse piojos mutuamente). Al crecer los grupos humanos ya no había tiempo para tocar a todos físicamente. Por eso cuando te enteras del chisme del vecino (ese deleite absoluto que es alimento para el alma), lo que en realidad estás recibiendo es una caricia evolutiva. Es la forma en que el rebaño se cuida y afirma sus vínculos. Todo tu deseo, tu interés y tu pulsión de conocer convergen en un instante luminoso en el que te descubres exclamando: «¡Ah, qué bacano!, Yo no sabía que al vecino se la estaban jugando»; o «Jamás me imaginé que de ahí venía el problema»; o «¡Ay, qué rico! Cómo aprovecha la vecina cuando el vecino no está».

El chisme como herramienta de resistencia social
No menos interesante es el rechazo histórico al chisme (esa insistente idea de que es un error de existir); aquello es en la realidad más un mecanismo político diseñado para quebrar la cohesión comunitaria que cualquier otra cosa, así lo explicó Silvia Federici, en Witches, Witch-Hunting, and Women con brutal claridad: la palabra en inglés gossip originalmente significaba «padrino/madrina» (godsibb), y luego pasó a referirse orgánicamente a las amistades íntimas entre mujeres. Fue con la llegada del capitalismo y la caza de brujas que la palabra fue intencionalmente demonizada para destruir las redes de solidaridad femenina.
Hablar del otro dejó de ser visto como una construcción de comunidad y pasó a ser castigado como algo malévolo. Por lo tanto, defender el chisme, ya no es solamente una postura ideológica, es para mí una necesidad moral de resistir ante la violencia absoluta y total de los sistemas económicos de occidente y el lado más macabro e intencional del Patriarcado a través de la lucha por uno de los vínculos comunitarios más puros frente a un sistema que nos quiere aislados.

Por qué necesitamos asomarnos al misterio de la vida ajena
Por mi parte no creo en experiencias absoluta ni me atrae la idea de ser Juez e inquisidor. Sé que no somos nadie para juzgar la vida ajena ni para creernos moralmente superiores a aquellos que protagonizan la anécdota. Sé también que no debemos instrumentalizar lo que aprendemos del chisme para atacar, destruir o hacer daño al otro. Por el contrario, creo profundamente que en la naturaleza más pura del chisme convive una esencia de desinterés. pues Incluso cuando no conocemos a la persona involucrada, el chisme nos brinda una ventana privilegiada a la vida del prójimo; nos otorga un acercamiento sin filtros a otros niveles de existencia que de otra forma nos serían inalcanzables
Conozco personas que pueden confesar con inmensa paz que se han deleitado enterándose de chismes exquisitos y, no obstante, jamás los han comunicado. Guardan un silencio absoluto. Cuando me preguntan qué clase de chismoso soy, siempre recalco que soy de los que escuchan, no de los que hablan, porque si hablo —sobre el chisme, claro— no oigo más. En ambos casos, esto ocurre porque el valor supremo del chisme no reside en el poder destructivo o social que otorga la información retenida, sino en la maravillosa posibilidad de entender mejor, y de forma mucho más compasiva y profunda, a la gente que me rodea. A veces, esta información nos brinda las claves para empatizar con comportamientos que, sin ese contexto narrativo, nos resultarían incomprensibles.
Al final, no creo que haga falta aclarar no estoy exculpando al chismoso que se regodea en destruir reputaciones con banalidad. Yo no defiendo la burla ni la miseria del juicio de valor, lo que defiendo es la necesidad natural que tenemos de asomarnos al misterio de la vida ajena para entender al mundo. Sin pena me atrevería a poner al chisme a la misma altura que la investigación científica, el método empírico o la observación. Lo coloco a la altura de cualquier otra mecánica de recolección de datos, con una única gran diferencia: aquí el objetivo no es hacer ciencia, ni ser divulgada para construir un teorema, entender los fenómenos naturales o dejar evidencia de nuestro paso por la tierra; todo esto responde a una pulsión más primaria del ser humano: la de saber, desesperadamente, que no estamos solos en nuestra banalidad y en nuestra complejidad.












