No es fácil, para un ciudadano libre de dogma político, elegir entre dos sistemas gubernamentales que parecen enfermedades sociales. Difícil escoger entre un sida o un cáncer prostático con metástasis en un candidato.
Por Jorge Guebely*
Son sistemas gemelos, poseen las mismas mañas. Son sumisos con las elites nacionales e internacionales y arrogantes con los colombianos excluidos. Profesionales en promesas electorales, burdo manoseo para ganar elecciones. Inventaron perversamente un país donde las estadísticas van bien sobre una realidad nacional que provoca vergüenza humana. Hicieron de la política un basural de mentiras y chismes pavorosos. Hoy, el más calumniador del barrio es el mejor político de la nación. Ninguna suerte honorable se avizora en el horizonte con cualquiera de los dos sistemas de gobierno; sida o cáncer prostático, la morcilla sigue siendo del mismo color.
Los alienta el conservadurismo moral. No están configurados para nuevas ideas nacionales sino para viejas instrucciones internacionales. Igual si Santos se codea con la tercera vía europea y se proclama liberal, él es un conservador. O liberal conservatizado, producto de la vieja Historia decimonónica y del Frente Nacional. Genio en prebendas corruptas y diálogos inútiles. Hablar es mejor que disparar para perpetuar el mismo desfalco.
Peor que el conservadurismo de Santos es el ultraconservadurismo de Uribe. Moral premoderna de terratenientes y empresarios voraces. Promoción de dictaduras civiles utilizando militares torcidos, paramilitares sanguinarios y ejércitos privados. Construcción de un país sin protestas sociales porque sus líderes han sido cuidadosamente aniquilados. Triunfo de la fuerza bruta sobre la razón. Paradigma vivo en Bashar Al Assad, grotesco presidente de Siria, quien gana elecciones a punta de guerras implacables. ¡Qué pésima suerte la de Colombia!
En ambos sistemas de gobierno, rendirse es el único destino de la Farc. Paga el error de sus métodos criminales y su desubicación histórica. Con Santos, los guerrilleros volverán de verdad al pueblo colombiano. Harán parte de esa muchedumbre de hambrientos como los niños guajiros o los indígenas risaraldenses. Deberán moverse con las pesadillas a cuestas de los colombianos excluidos: sin empleo, sin salud, sin educación, trepando la escalera de la miseria, oyendo y viendo las óptimas estadísticas en la televisión.
Con Uribe sólo les queda el destino militar, el barrido brutal. Sus banderas populares serán enterradas, convertidas en sueños malsanos. Porque en Colombia no ha habido guerra. Tal vez, ni falsos positivos, ni masacres de paramilitares, ni senadores venales, ni pueblos sumidos en la miseria.
Así, prefiero votar por el sida, enfermedad menos demoledora que el cáncer prostático con perniciosa metástasis.
*Escritor, Doctorado en Literatura. Columnista de varios medios de comunicación













