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El mercadeo divino

Por Jorge Guebely

Inquietante duda sobre la existencia de dios, su presencia sobre la tierra. Absurda su creación: un hombre a su imagen y semejanza, un ser de tan desagradables características. Un depredador indolente y mezquino, violento y codicioso. Un humano muy inhumano.

Imposible la existencia de un dios con deplorables características: las mismas deformaciones humanas y divinas, las mismas incoherencias terrenales y celestiales.

Ser humano inaudito, de costumbres más diabólicas que divinas. No le importó salvar al delincuente Barrabás en vez de Cristo. Prefirió la crucifixión de un hombre que exhalaba paz, sabiduría, divinidad humana. Injuriosa estupidez que se perpetúa a través de las Historia, hasta nuestros días, hasta nuestros corazones.

De nuevo, en la inmensidad de su deshumanización, la especie prefiere el dinero al dios original. Prefiere al nuevo dios de la tierra, al de los poderosos capitales, al de la multitud descuajada.

Abundan las iglesias convertidas en centros comerciales, instituciones capitalistas para mercadear los sentimientos sagrados. Espacios donde cualquier dios es mercancía, cualquier jabón de marca.

Peor aún, un dolex para amainar molestos síntomas de gripas espirituales, morfina para neutralizar retortijones del alma. Auténticos estupefacientes religiosos.

Verdaderas multinacionales de la fe, de la miseria religiosa. Verdaderos holdings, complementan el negocio religioso con tiendas colaterales.

Instituciones administradas por pastores mercantilistas, exitosos  vendedores de ilusiones celestiales, traficantes de las angustias populares.

Con bombos y platillos, con voz de políticos en campaña electoral, anuncian “Cristo viene y necesita encontrar una iglesia fortalecida en la fe”. “¡Hermanos! Tenemos que estar dispuestos a dar dinero a cambio de favores… según Malaquías”. Y nada mejor que el 10% de diezmos y otros bienes para fortalecer la fe, para drogar feligreses. Más de $6.000 millones de ingresos según la Dian, además de inmensos patrimonios.

Pastores capitalistas con propiedades suntuosas en Colombia y extranjero, desplazándose en aviones privados por orden divina, según ellos. Dios no los quiere contaminados con los pecados que flotan en aviones comerciales.

Más que pastores, son políticos de la corrupción. Prefieren salvar sus patrimonios en vez de salvar almas. No temen al alza del dólar, sino al gobierno de Petro. De nada sirvieron las 90 mil firmas ciudadanas, recogidas por la representante Katherine Miranda, para que pagaran impuestos. Los partidos liberal, conservador y cambio radical se opusieron al proyecto.

Lejos estamos de una verdadera democracia liberal y de una auténtica experiencia divina. Hoy, resulta difícil saber en dónde ocurrió el error. Hoy, resulta pertinente la pregunta de Nietzsche: “¿Es el hombre sólo un error de Dios o Dios sólo un error del hombre?”.

jguebelyo@gmail.com

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