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El Hombre Mediocre En Filosofía

“Las grandes almas siempre se han encontrado con una oposición violenta de las mentes mediocres”, dijo Albert Einstein y con esta frase quería empezar este artículo.

Si alguien me preguntara qué libro recomendaría leer como el más efectivo para hacernos cambiar de mentalidad, sin duda alguna, sería el del filósofo Argentino José Ingenieros, “El hombre mediocre”.

Por, Chachareros.

La razón de tal escogencia es la siguiente: ningún libro escrito en Latinoamérica ha hecho tanto hincapié en que la “mediocridad” es el más grande de todos nuestros males. Antes de leerlo, yo pensaba que la mediocridad solamente se daba entre personas que carecían de educación, cultura y talento. Ahora, mi opinión es todo lo contrario.

Según ingenieros, el hombre mediocre es un ser sin personalidad que se deja amoldar o domesticar por el medio social en el que vive. Según Flaubert, es el “hombre que piensa bajamente”. Ingenieros lo ubica entre el genio y el imbécil. Y lo más curioso de todo: que ni el mismo se da cuenta que lo es.

El mediocre se encuentra en el medio, es un ser adaptado a la sociedad, a la que no cuestiona, sino que sigue las tradiciones culturales impuestas, sin pensar que existe algo más allá de ellas, o que lo que se le ha inculcado puede tener vicios o defectos; es aquel que no se diferencia de la masa popular, que dócilmente acata lo que políticos, religiosos o cualquier otra autoridad le impone como cierto. Es el sujeto ideal para la dominación, que no transforma el orden social, sino que tiende a su conservación.

El hombre mediocre no tiene ideas propias, sino que piensa y dice lo que otros dicen. Aunque puede tener “talento” o “buenas cualidades”, sean estas intelectuales o artísticas, ellas no le garantizan su autonomía y creatividad. El hombre mediocre puede poseer “talentos”, pero esto no quiere decir que los desarrolle y que los llegue a perfeccionar.

Y es que el hombre mediocre es el “hombre masa, el ser que se pierde en la multitud y que no se atreve a ser diferente”. Por algo dijo Séneca: “cuando estuve entre los hombres, me volví menos hombre”.

Otra característica del hombre mediocre, no menos deplorable, es la fuerte inclinación que tiene por la “envidia”. La “envidia” es la otra cara del hombre mediocre, sumadas, por supuesto, a la arrogancia y a la soberbia.

Existe un trastorno de la personalidad caracterizado por la exacerbación de tendencias repetitivas e imitativas, la apropiación de los signos externos de la creatividad y el mérito, el ansia de notoriedad y la intensa envidia de la excelencia ajena, que procura destruir por todos los medios a su alcance al optimista inteligente; este es el mediocre. El mediocre, ante su incapacidad o impotencia para desempeñarse adecuadamente, impide que otros que sí pueden desempeñarse eficazmente, lo hagan, desatando contra ellos toda una persecución.

Pero, ¿qué es ser mediocre? El mediocre es alguien que está resignado a su concepción de las cosas. La forma es la jactancia: la idea de que el saber que tiene es suficiente. No hay nada nuevo que aprender.

La mediocridad puede definirse como una ausencia de características personales que permitan distinguir al individuo de la sociedad.

La mediocridad implica lo que tiene poco valor o calidad. Algo mediocre es aquello que no alcanza su máximo desarrollo o perfección, es lo que se encuentra en un estado medio entre lo mínimo y lo máximo. La palabra mediocre como adjetivo hacia una cosa es aquello que está por debajo de la media, poco valor o calidad, algo ordinario o insignificante. El término alude a algo o alguien de baja calidad o calificación. Por ende, una persona mediocre posee como característica principal la incapacidad para ser cada día mejor, superándose a sí mismo, desde el punto de vista intelectual y psicológico y, por esta razón acepta la rutina, las creencias y los prejuicios con ignorancia, indiferencia y conformidad.

La persona mediocre es conservadora y es relativista, niega la independencia de la verdad del sujeto para así no transcender su propia subjetividad. Lo rodea cierto dogmatismo y subjetividad. No está dispuesto a que la realidad exceda lo que ya sabe o cree. Necesita adaptar lo real a sus propias convicciones de realidad.

La verdad no es relativa a cada persona sino a la realidad. No hay persona más ignorante que aquella que no quiera conocer la realidad y sólo acepta «su verdad», aunque esta contradiga la propia realidad, para satisfacer su indiferencia, conformidad, comodidad y conveniencia.

El hombre que se conoce a sí mismo es dueño de su propia realidad. Y si es dueño de su realidad también lo será de la verdad.

El filósofo mediocre es un ideólogo que en lugar de estudiar la inteligibilidad de lo real se inventa una realidad a su imagen y semejanza intelectual para satisfacer sus necesidades psicológicas.

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