En noviembre de 1960 el dominicano Trujillo recibió 61 balazos. Y su familia sufrió después los mayores escarnios. Todo comenzó con el encarcelamiento, tortura y violación de las hermanas Mirabal.
Por Rafael Sarmiento Coley
Durante 31 años la República Dominica vivió la más sangrienta dictadura con métodos muy similares a los que ha vivido Colombia más o menos en unas tres décadas: organismos de inteligencia del Estado convertidos en mercenarios sin Dios ni ley que asesinan a lo mejor de la sociedad (como ocurrió en Barranquilla con el cobarde asesinato del catedrático Alfredo Correa de Andreis) y con miles de profesor de con miles de líderes sociales, defensores de los derechos humanos, denunciantes de los atropellos a orientadores de la sociedad civil, amenazas a periodistas hasta acallarlos u obligarlos a irse del país.
Tal como ha ocurrido en Colombia en estos últimos 30 años, el ‘Generalisimo’ Rafael Leonidas Trujillo, nacido en 1891 y acribillado en una calle de Santo Domingo en 1961, contaba con grupos de esbirros de diferentes denominaciones y acciones. Toda su parentela manejaba lo más importante del país: la radio la prensa, la televisión, la banca, la ganadería, las tierras más ubérrimas (que se robaban, no compraban, como aquí), y el transporte marítimo.
Abusó tanto del poder -al igual que ciertos grupos en Colombia- que se hicieron odiar a muerte por todo un pueblo noble y alegre. Hasta cuando tres mujeres valerosas: Minerva, Patria, María Teresa y una cuarta hermana, Bélgica Adela ‘Dede’ que ayudaba sin mayor compromiso.
Eran conocidas como las hermanas ‘Mariposas’, apodo de Minerva, por su capacidad para moverse por todo el país recogiendo y entregando información acerca de las atrocidades del régimen del ‘Generalísimo’. Se calcula que el régimen trujillista, en sus 30 años de infernal dictadura, causó la muerte de más de 120 mil personas, y despojó miles de hectáreas de tierras ubérrimas en poder de campesinos humildes.
Hasta cuando le llegó su día
Como todo dictador criminal, macho, machote, tiene sus vicios. Algunos se envician en acumular tierras y tener los más hermosos establos con caballos importados hasta de la China. Sin descuidar, es apenas obvio sus escuadrones de sicarios.
La debilidad de Trujillo, a quien sus amigos más cercaos le decían ´cariñosamente´ «El Chivo» por su costumbre de brincar de cama en cama en un mismo día y en una misma noche, eran las muchachitas bonitas, de buenas nalgas y pechitos paraditos. Se enamoró locamente de una niña nacida en el Cibao y la llevó a vivir a una mansión de lujo en los sectores de mayor alcurnia. La tenía viviendo como una ‘reina’, tal como lo narra el genial escritor peruano Mario Vargas Llosa en ‘La muerte del Chivo’. El domingo 30 de noviembre de 1930 estaba de cumpleaños el Generalísimo, y, por lo tal, la jauría de serviles organizaron fiestas por montón, siendo la principal un multitudinario y selecto banquete en la ‘Casa Real’.
Hasta ahí le llegó su suerte
Sus mujeres, sus hijos, sus amigos, ponderaban hasta más no decir la suerte del Generalisimo Rafael Leonidas Trujillo. Había sido víctima de decenas de emboscadas, atentados, envenenamientos con los manjares que más degustaba y hasta le había enviado a la cama a una joven de perfil similar a Anacaona, contaminada con una alta dosis de sífilis para ver si caía por su parte más débil, la bragueta. Por desdicha, la que murió a las pocas semanas de sífilis fue la imitadora de Anacaona.
Para no hacer un desairar a su ‘bombomcito’
El día de su cumpleaños le prometió que pasaría toda la mañana ‘tirando’ con ella. Y así lo cumplió. De manera lastimosa la pobre muchacha, llorando por dentro viendo a aquel camastrón muerto en vida, con un falo peor que una gelatina, unas chilangas que parecían el vivo retrato de unas gigantescas berenjenas desinfladas y semipodridas. Desesperado, el Generalisimo insistía en que hiciera algo. Que utilizara la lengua. Masajes con vaselina. Pero era físicamente imposible. Rafael Leonidas Trujillo, a sus 90 años de edad, era un fósil que tercamente trataba de demostrar que todavía era un hombre viril, cuando no era más que un cadáver insepulto.
Al final, Rafael Leonidas Trujillo, con su montoncito de bigotes debajo de la nariz como un mojón de sapo, aceptó su triste realidad. No pudo cumplir su último deseo, y lo peor es que a pocos minutos lo esperaba el verdadero polvo final del su vida. Se levantó quejumbroso de la lujosa cama, se bañó de Jean Marie Farinne , se puso todas sus charreteras y le ordenó a su eterno chofer de confianza que prendiera el carro para irse al banquete.
No pocas cuadras de allí, en la avenida central de Santo Domingo, cuatro pistoleros bien armados, cocieron el carro a tiros, y luego vaciaron sobre el cuerpo del Generalismo y su fiel conductor los tambores de 10 revólveres que garantizaron que el Tirano dominicano se había ido de este mundo.
Los hijos de Trujilo, Ranfis, Ledesma y Flor de Oro, (que era amante del ‘tumbalocas’ Pofirio Rubirosa), enloquecieron con el golpe brutal. Desataron una crueldad tal, que Estados Unidos se vio en la necesidad de enviar tres barcos llenos de marines a poner el orden. Pero los hijos del dictador torturaron a manera brutal a los autores del magnicidio. A uno d ellos lo castraron y lo obligaron a tragarse los testículos.
Pasada la furia Ramfis, que ya se consideraba un capo de enorme potencial, se vino a Cali a asociarse con el cartel colombiano. Como era tan astuto y sagaz, intentó hacerles trampas a los caleños, quienes no tuvieron compasión en picarlo en pequeños trozos y enviárselo en una nevera repleta de hielo a la madre del hijo mayor de uno de los sátrapas que llenaron de sangre la historia del Caribe. Y pensar que todavía quedan sueltos por ahí numerosos de estos especímenes que deberían estar desde ayer y para siempre en las últimas pailas del infierno.











