Por: Francisco Figueroa Turcios
El 11 de mayo de 1986 Barranquilla dejó de mirar al fútbol desde las estrecheces del viejo barrio y empezó a soñarlo en dimensiones continentales. Aquella tarde ardiente, cuando se abrieron por primera vez las puertas del estadio Estadio Metropolitano Roberto Meléndez, no solo se inauguraba una obra de concreto y graderías: nacía el templo moderno de una ciudad que llevaba décadas respirando fútbol como una religión popular.
Cuarenta años después, Fuad Char Abdala revive aquella batalla que parecía imposible. La obra estaba detenida, abandonada por la desidia administrativa y el peso de los años. Cuando llegó a la Gobernación del Atlántico, el 31 de mayo de 1984, encontró un elefante gris que muchos daban por perdido. Pero Barranquilla reclamaba a gritos un escenario digno para una afición que ya había desbordado las tribunas del viejo Estadio Romelio Martínez.
“Era una necesidad de la ciudad”, recuerda Char. Y detrás de esa frase sencilla se escondía una cruzada política, económica y emocional. Conseguir recursos, reactivar contratos, convencer al gobierno nacional y devolverle la fe a una obra paralizada fue una tarea titánica. El respaldo del entonces presidente Belisario Betancur terminó siendo decisivo para que el proyecto no muriera sepultado entre promesas incumplidas.
Titánica labor

En medio de la crisis financiera que golpeaba al Atlántico en la década de los ochenta, levantar el estadio Estadio Metropolitano Roberto Meléndez parecía una quimera. Las arcas del departamento estaban debilitadas y el municipio de Barranquilla no tenía recursos para respaldar una obra de semejante magnitud. Sin embargo, detrás del concreto y las graderías existió una alianza política decisiva entre Fuad Char Abdala y el entonces presidente Belisario Betancur.
“Fue un milagro poder haber construido el estadio”, recuerda Char al evocar aquellos años de incertidumbre. El proyecto demandó una inversión cercana a los mil doscientos millones de pesos, una cifra gigantesca para la época. La Nación aportó 500 millones, mientras el departamento asumió los 700 millones restantes, en un esfuerzo económico que exigió gestión, voluntad política y una determinación casi obstinada.

Foto: Jaime de Biase y el periodista Francisco Figueroa Turcios
Más que una obra pública, el Metropolitano terminó convirtiéndose en una promesa de honor. Fuad Char se comprometió personalmente con Belisario Betancur a concluir e inaugurar el estadio antes de que terminaran sus respectivos mandatos. El reloj corría en contra: Betancur dejaría la Presidencia en agosto de 1986 y Char apenas había llegado a la Gobernación en 1984. Dos años para rescatar una construcción paralizada y entregarle a Barranquilla el escenario que reclamaba su pasión futbolera.
Contra todos los pronósticos, cumplieron. El 11 de mayo de 1986 el coloso abrió sus puertas y Barranquilla asistió al nacimiento de su nueva catedral deportiva. Detrás de aquella fiesta multitudinaria no solo había cemento y estructuras metálicas: había noches de presión política, cálculos financieros imposibles y la convicción de que el Caribe colombiano merecía un estadio a la altura de su fervor.
Cuarenta años después, el Metropolitano sigue siendo la prueba viva de que algunas obras nacen primero en la terquedad de los hombres antes de levantarse sobre la tierra.
Excelente inauguración…

La inauguración fue una explosión colectiva. Barranquilla se vistió de fiesta como si celebrara un campeonato largamente esperado. El Metropolitano apareció ante los ojos de miles de aficionados como un coloso futurista, inmenso y desafiante, capaz de albergar la pasión de un pueblo que había aprendido a sufrir y celebrar detrás del Junior. Desde entonces, sus tribunas han sido escenario de noches inolvidables: goles, lágrimas, clasificaciones mundialistas y el rugido de una ciudad que convierte cada partido en un carnaval emocional.
El estadio también transformó la identidad deportiva del Caribe colombiano. Allí la Selección Colombia encontró una casa ardiente y hostil para los rivales; allí Junior consolidó una relación casi mística con su hinchada. El Metropolitano dejó de ser únicamente una obra pública para convertirse en símbolo cultural, en punto de encuentro de generaciones enteras.
Cuatro décadas después, mientras el concreto envejece y las memorias se agigantan, el estadio sigue respirando como un organismo vivo. En cada escalón permanece la huella de quienes lucharon por terminarlo y de quienes lo hicieron suyo desde las graderías. Porque el Metropolitano no fue solamente un milagro arquitectónico: fue la confirmación de que Barranquilla siempre ha tenido un corazón demasiado grande para quedarse encerrado en un estadio pequeño.











