Literatura

El centenario de Cepeda Samudio 

Por Rafael Sarmiento Coley

Este 30 de marzo se cumplen 100 años del natalicio de Álvaro Cepeda Samudio.

Él es un referente universal del llamado Boom de la Literatura Latinoamericana y puntal de lo que se conoce como el nacimiento del «realismo mágico», acontecimiento que cambió la forma de contar historias con una mezcla perfecta entre lo real y lo fantástico.

Cepeda Samudio, nacido en Ciénaga, Magdalena, criado y formado en Barranquilla y fallecido en una clínica de Nueva York, inspiró a toda una pléyade de periodistas, escritores, cineastas y emprendedores. Porque él era todo eso en un solo cuerpo y mente, con el aditamento esencial de su buen humor permanente. 

Era un mamagallista permanente en especial cuando estaba con sus amigos más cercanos en La Cueva, un rincón encantado al que concurrían personas diversas y dispersas. Los más asiduos eran: Alfonso Fuenmayor, Juancho Jinete Avendaño, Orlando «Figurita» Rivera, Ramón Vinyes (El Sabio Catalán) y algunas veces Rafael Escalona, Juan B. Fernández Renowiztky y Gabriel García Márquez cuando regresaba de algunos de sus tantos viajes.

Se hablaba de todo y de todos. A veces en vos baja y en otros momentos a gritos.

Varios de esos cuentos y de esas vivencias son hoy historias que yo les contaré.

Cómo trabajé con El Nene Cepeda

En 1968 prestaba mis servicios como auxiliar de contabilidad en la fábrica de grasas y aceites vegetales (Gracetales) de don Moris Gutt. Era un oficio pasajero. Porque la pasión que iba por dentro era la literatura que nació en mí desde muy temprana edad cuando leía todo lo que encontraba a mi paso.

Una mañana, cuando caminaba por la plaza de San Nicolás, vi en una esquina a un lustrabotas leyendo un libro, «Guerra y paz», de León Tolstoi. En el cajoncito donde guardaba los cepillos y los betunes había otro libro, «Por quién doblan las campanas», Ernest Hemingway. Sorprendido, empecé a hablar con él sobre esa pasión suya por la lectura a semejante nivel. Me contó la historia de un hombre que lo había perdido todo en medio de las revueltas en Colombia por el magnicidio del caudillo Jorge Eliécer Gaitán.

Escribí la crónica y la llevé a Diario del Caribe, un periódico que empezaba a tomar fuerza en Barranquilla. No conocía a nadie en el periódico. Pregunté por la persona que podría recibirme una noticia que había escrito, y me condujeron hasta donde el entonces jefe de redacción Aquiles Berdugo. Le entregué las cuatro cuartillas. Él leyó la primera y me dijo: «Déjame este material para mostrárselo al maestro. Vuelve después».

A la mañana siguiente, cuando iba a tomar el bus en la plaza de San Nicolás para dirigirme al trabajo a Gracetales, como era mi costumbre, me detuve a leer los titulares de los periódicos que estaban colocados en una troja de madera. Ahí estaba en primera página la crónica del embolador ilustrado. «Un lustrabotas ilustrado», titulaban a cuatro columnas.

En los tres días siguientes no quise saber nada de Diario del Caribe. Tenía el miedo del primíparo avergonzado por los posibles errores de todo orden que habría en su escrito.

De todas maneras, al cuarto día me llené de valor y decidí ir a aguantarme la posible «garrotera”. Estaba seguro de que recibiría muchas críticas.

Entré a la oficina de Aquiles. Apenas me vio, me increpó: «¡Oye, pelao pendejo! ¿Por qué no habías vuelto? Espérame aquí, que el maestro te quiere conocer». El corazón se me quería salir por la boca.

Apareció Berdugo y me dijo que entrara a la oficina del maestro.

Entré. Él estaba sentado en una silla giratoria con las piernas sobre el escritorio y un tabaco en la boca.

Me preguntó que dónde trabajaba, cuánto ganaba, qué había estudiado, qué leía.

Al terminar el interrogatorio, me dijo que si deseaba dedicarme al periodismo. Le dije que sí. Entonces me anunció que me encargaría «de la crónica roja», es decir, de las noticias sobre crímenes, atracos, prostitución. Y lo que más me gustó es que ganaría el doble de lo que me ganaba como auxiliar de contabilidad.

Así inicié mi oficio en el periodismo en 1968, a mis 19 años de edad, de la mano del Maestro Álvaro Cepeda Samudio,conocido entre sus familiares y amigos como «El Nene», «El Cabellón», «El Loco» o simplemente «El Maestro Cepeda».

Por esas cosas de la vida, años más tarde, tras la muerte de Cepeda, y cuando Diario del Caribe estaba dirigido por el maestro Alfonso Fuenmayor, uno de sus más fieles amigos, llegó al redil como correctora de estilo una de sus hijas, su pechichona y consentida Margarita Cepeda Torres, quien por esas paradojas de la vida empezó su periplo periodísticocomo «inquilino» en mí columna titulada «El Rincón del Búho», que yo escribía con el pseudónimo de “El Búho».

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