En el año 2002 le confesaba Fidel Castro a Oliver Stone director de cine estadounidense, que: “Estas historias de primeras damas me parecen ridículas, políticamente como revolucionario, rechazo la idea de mezclar la familia en la política.”
Pero desde los inicios de su vida como revolucionario, las mujeres fueron su debilidad, pero no la perdición, y ellas caían siempre rendidas ante sus halagos, gracias a el verbo que utilizaba para conquistarlas.
La vida amorosa de Fidel Castro, como el resto de su existencia, ha estado marcada por numerosos mitos. El líder revolucionario tuvo numerosos amoríos, algunos comprobados, otros no. Algunos que han trascendido han estado sazonados por la imaginación de sus ex amantes.
Fidel Castro y su esposa actual, Dalia, vivían en una pequeña casa en el occidente de La Habana. Los visitantes dicen que está amueblada de forma muy simple con artesanías cubanas. No es lujosa, pero Fidel sí tenía una televisión. Él era muy reservado, incluso la CIA desconoce mucho de su vida personal. Media poco más de dos metros y estuvo casado dos veces. Su primer matrimonio terminó debido a una infidelidad. Durante la revolución, antes del ataque al Cuartel Moncada, un Fidel muy joven comenzó a intercambiar cartas con una dama de la alta sociedad llamada Natalia Revuelta. Natalia estuvo casada con un cardiólogo, y Fidel con la sobrina del Ministro del Interior, pero después de conocerse en persona, fue amor a primera vista. Alina Fernández es la hija de ambos, nació fuera del matrimonio y fue criada por Natalia y su esposo.
Después de la revolución, Fidel visitaba a Natalia en su hogar. Alina era tan sólo una niña, así que tiene varias lagunas mentales, pero claramente recuerda haber visto las manos de su padre temblar después de que el gobierno le cerrara su consultorio: las clínicas de doctores eran consideradas parte del sector privado. Castro aparecía después de medianoche, en una caravana de jeeps, para hacerle el amor a su madre bajo el mismo techo que su «padre». Cuando Fidel comenzó a tener sexo con las amigas de Natalia, ella se lo reclamó, y le pidió a Fidel que respetara a su hija. Él dijo: «No te preocupes, no me quito las botas».
Entre más y más investiga uno la vida privada de Castro, aparecen datos de mujeres que vivieron con él incluso en la misma época, pero cada una ignoraba a la otra. En su vida apareció Yeny, tenía pelo rojo hasta los hombros, mejillas hundidas y grandes dientes frontales, en una entrevista que concedió a Wes Davis y Holly Davis les decía: «Me dio de comer galletas de un lugar en París. No recuerdo el nombre pero siempre presumía las galletas. Eran deliciosas. Él solía escurrir chocolate sobre mí».
«Esos fueron los días más felices de mi vida. Siempre le pregunté si quería que otras mujeres se nos unieran. Pero él dijo que ningún hombre debería hacerle el amor a más de una mujer al mismo tiempo. No le gustaban las orgías. Nunca tendría a otro hombre en el cuarto mientras me hacía el amor. Pero a veces dejaría que otras mujeres nos vieran. ¡Les decía que se comieran las galletas!»
«Con Fidel, todo se trataba del placer, ¿ves? Es verdad que prefería a las esposas de otros hombres. Para que los hombres pensaran que él quería que les pusieran los cachos. Ellos pensaban que era el poder. O hacer a otros hombres criar a sus hijos. De hecho él era muy amable. No le gustaba romper el espíritu de una mujer. Dijo que las mujeres no casadas se enamoraban mucho”.
«Todavía lo amo», dijo. «Esos días son sagrados para mí. En mi vida he amado a dos hombres: a mi esposo y a Fidel. Él se está muriendo ahora. El hombre más grandioso que el mundo ha conocido».
Pero de todas sus historias, quizás una de las más arriesgadas fue la que tuvo con Marita Lorenz, Marita tenía 20 años cuando conoció al líder de la Revolución. Era hija del capitán de un barco alemán y fue gracias a que su embarcación encalló en La Habana, que tuvo ese primer encuentro con Castro. Ese fue el inicio de un romance de ocho meses con él, que lejos de verse como un cuento de hadas, pudo convertirse en un momento clave de la historia si hubiese seguido un encargo especial de la CIA: asesinar al mandatario. Pero para Marita, su relación con Fidel ya era un momento clave en su vida, ya que estaba perdidamente enamorada de él, incluso aseguraba que desprendía una fuerza seductora enorme.
Ante el mundo, Marita ya era «la novia de Fidel Castro» pero tras quedar embarazada y creer haber perdido a su hijo durante el parto, viajó lejos de Cuba. La CIA la buscó para reclutarla como agente y por un momento, pasó a ser un peligro en potencia para el mandatario. «Quien sobrevivió a Bergen-Belsen (campo de concentración) puede trabajar para la CIA», le repetía su entrenador Frank Sturgis, quien en palabras de Fidel, era «el más peligroso agente de la historia”. Marita debía ponerle veneno a Castro en su café, pero a pesar de haberlo intentado, no se atrevió a cumplir con la misión. Castro fue su primer gran amor, y lo amó por sobre todas las cosas, según relató en el semanario francés Paris-Matchen.
La espía era una protegida de la CIA, Castro era una mente brillante y enseguida se dio cuenta de las intenciones de Marita, por lo que tomó una pistola y la retó a tirar del gatillo, a lo que esta contestó ‘no quise matarte la primera vez, no quiero matarte una segunda'», relata en su libro de memorias, «Yo fui la espía que amó al comandante”. Marita tuvo todas las armas para cumplir el asesinato de Castro, pero el amor la cegó.
Pero Celia Sánchez Manduley fue una de sus amantes más respetadas por la sociedad cubana. Fue clave en el alzamiento de Fidel Castro al poder y tras participar activamente en la lucha armada como guerrillera, se convirtió en secretaria de la Presidencia del Consejo de Ministros de Cuba. Todos conocían de su estrecha cercanía con Fidel, aunque nadie se atrevía a pronunciarse públicamente al respecto. De hecho, hasta que Celia no falleció en 1980 víctima de un cáncer de pulmón, Fidel no dio el decisivo paso y pedirle matrimonio a Dalia.
Según Juan Reinaldo Sánchez, guardaespaldas de Fidel a lo largo de diecisiete años y autor de un libro sobre la doble vida de su patrón, «el hombre se las compuso para vivir en secreto, a todo confort, tener ocho hijos (¿o más?), dos o tres esposas, e incontables amantes. La primera oficial (sin contar aquella prematura Lucila Velázquez), fue Mirta Díaz Balart: bella, joven, de clase media alta. Relación fría que no tardó en calentar llevando a la cama a la maestra Natalia (Naty) Revuelta, habanera, y caliente, y según mentas, la más linda y sensual de la ciudad del malecón».Pero no era suficiente, después vino Celia Sánchez, Juana Vera, o Juanita, Pilar o Pili.
El Fidel implacable, carcelero, fusilador de enemigos y amigos, se convertía en un perro faldero ante su segunda mujer, la maestra de escuela Dalia Soto del Valle. Entre cuernos y cornadas, entre sábanas propias y ajenas, compartió con ella unos infinitos 47 años: 1961 a 2006. Tuvieron cinco hijos: Alex, Alexis, Alejandro, Antonio y Angelito. Todos con «A» en honor a Alejandro Magno. Así fue la vida amorosa de Fidel Castro, tan intrépida como su vida revolucionaria. Dicen que por donde pasaba dejaba hijos, mitos o no, lo amaron y amo a cada una, aunque sucediera de forma fugaz. Tanto es así,que decía: “Necesite tanto amar como matar”.















