El embargo y la pugnacidad entre Estados Unidos y Cuba era el último recuerdo aciago de la Segunda Guerra Mundial, que dividió el mapa universal entre dos imperios.

En Cuba estas colas forman parte del panorama triste de la isla. La más larga es la de la caja de cambio. Alarmante: «70% de cubanos nacidos bajo el bloqueo».
Desde los albores de la nueva era luego de haber concluido la Segunda Guerra Mundial (el 8 de mayo de 1945), empezó lo que el líder inglés Winston Churchill calificó con una frase histórica: “se acabó la guerra caliente; ha empezado la ‘guerra’ fría”.
El mundo, a partir de 1945, se volvió bipolar. Una parte manejada por Estados Unidos y la otra por la recién creada Unión de Repúblicas Socialsocialistas Soviéticas (Urss), liderada por Rusia, que como un estigma maldito, heredó del nazismo el expansionismo, con la demencial idea de que el mundo fuera totalmente comunista, pues según ellos, como lo había profetizado Marx en sus delirantes escritos de su avanzada vejez, el sistema de mercado libre y democrático llegaría a su fin total.
La sufrida Alemania se la dividieron. Crearon un infamante muro que todavía es una vergüenza para la humanidad, y se estableció lo que también el Primer Ministro del Reino Unido de Gran Bretaña de aquellos años aciagos (Winston Churchill) calificó como el infierno “detrás de la cortina de hierro” y el mundo «libre» que luchaba por superar los graves y ruinosos estragos de una guerra de once años que causó entre 50 y 70 millones de muertos.
En América, a pesar de la intensa manipulación de la Unión Soviética dando armas, dinero y adiestramiento a las guerrillas de una docena de países, en el único pequeño punto en donde se logró la revolución fue en Cuba, en 1959, liderada por Fidel Castro y el argentino Ernesto «Che»Guevara. Desde ese momento Cuba se convirtió en el punto de apoyo y de avanzada de la Urss, y en pequeño vecino hostil de Estados Unidos. Desde Cuba, Fidel, ni tonto ni perezoso, envió al soñador y tozudo del Che Guevara a liderar guerras como el Quijote de la Mancha contra molinos de viento, hasta cuando lo mataron en una pequeña montaña de Bolivia. Lo mataron pendejamente. Porque había sido advertido de que el campesino boliviano no era de fiar. Pudo más la terquedad del Che, que lo llevó a una muerte tonta, acribillado cobardemente en una mesa rústica en donde se reponía de un balazo en una pierna.
Muy cerca de ese suceso, en el vecino país de Chile, también moriría el único de los líderes que pudo haber logrado el verdadero socialismo. Se trata de Salvador Allende, elegido de manera legítima y democrática por el pueblo chileno. No como Castro, que se hizo a las armas en el nombre del socialismo. Pero la otra cara del demonio imperante de la guerra fría, los Estados Unidos, empoderó a un perro rabioso llamado Augusto Pinochet para que acabara con la vida de Allende, y de paso con esa única alternativa que tuvo el socialismo en América.
Siguiendo la historia, Cuba empezó a vivir el mejor de los mundos porque la Urss lo subvencionaba con combustible, maquinaria pesada para obras de dimensiones colosales como carreteras por entre terrenos pantanosos, automóviles para los privilegiados del poder, comida y hasta artículos de lujo para las élites comunistas. Que, aunque parezca increíble, las hubo y las hay aún más sólidas y malversadoras en la Cuba actual.
Pero, como no hay dicha eterna, en los 80 la Unión Soviética, en manos de Gorvachov, se desarmó como castillito de arenas, de inmediato fue derribado el ignominioso muro de Berlín y las veintitantas naciones agrupadas bajo la bandera roja con el símbolo de la hoz y el martillo se atomizaron en medio de una euforia colectiva, porque acababan de liberarse del yugo que las había sojuzgado durante años.
Mientras todo eso pasaba en el mundo socialista, Fidel y sus barbudos se mantenían ahí, firmes, resistiendo como la última mancha negra de la guerra fría y el mundo bipolar. Resistiendo el severo bloqueo económico y social implantado por Estados Unidos para presionar una apertura democrática en la isla.
Con el paso dado este miércoles por ambos gobernantes –Obama en EU y Raúl Castro en Cuba- se abre una nueva era entre estos dos históricos adversarios dispares. Una Cuba pequeña y sin armas modernas, y un imperio que lo tiene todo como el norteamericano.
Lo importante es que este acercamiento acaba con la última herida podrida de la Guerra Fría en América Latina y el mundo.
El episodio sirve para darle cristiana sepultura a la ‘guerra fría’, 25 años después de la caída del muro de Berlín. Concluye, del mismo modo, un bloque inútil que comenzó en 1961 con la intención fallida de lograr la caída de los hermanos Castro (Fidel, que entonces estaba en sus cabales, no como ahora que es un decrépito anciano que no se para de la cama o de un sillón, y su hermano Raúl).
Sin embargo, no todo es color de rosa. En Estados Unidos la ordoxia más conservadora del Partido Republicano y el ala más recalcitrante de los cubanos anticastristas nacionalizados o nacidos en Estados Unidos, han puesto el grito en el cielo por lo que ha hecho el presidente Barack Obama.
Al anunciar el inicio de conversaciones con la isla para restablecer las relaciones diplomáticas, rotas hace 53 años, y para abrir una embajada en La Habana, estallaron las declaraciones altisonantes, con el agravante de que desde enero las presidencias de ambas cámaras estarán en manos de republicanos. Que están aún más furiosos porque Obama ha ordenado revisar la presencia de Cuba en la lista de patrocinadores del terrorismo. Washington facilitará los viajes y el comercio.











