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Editorial.- Asuntos desconocidos por despistados

Presidente Santos, cúmplale a la Costa Caribe, por la generosidad y entusiasmo que en esta segunda vuelta le dieron el triunfo. Es claro, el discurso de la paz ayudó, lo mismo que Bogotá. 

Un colega editorialista se sorprende de los insultos y los dimes y diretes de una campaña electoral en un país tropical de la Costa del Caribe bullicioso, vocinglero y alborotado. Por supuesto, tiene que ser un ambiente distinto al que se vive en la vieja Europa, en donde un ¡Carajo! Es disonante y denota una insolencia. Una grosería.

Aquí en Colombia, y en especial en nuestra Costa Caribe (no Atlántica, porque no colindamos con ese mar, sino con el Caribe), la contienda política es así. Y antes era peor. Hay un asunto de fondo que se debe mirar con la seriedad del caso, en vez de quedarnos por las ramas. En la segunda vuelta Santos fue más contundente e incisivo en su propuesta de paz porque sus asesores le indicaron que ese era el camino. Tanto así, que Zuluaga reculó, y de una manera torpe, también se apuntó al tema de la paz. Doble triunfo de Santos. Y a partir de ese cambio de quiebre Zuluaga decreció y Santos empezó a crecer en las encuestas.
Hay un segundo asunto en escena, que no por secundario es no menos importante. La Costa Caribe y Bogotá salvaron a Santos. Lo de Bogotá fue una admirable maniobra malabarista del santismo jugando al garrote y a la zanahoria con Gustavo Petro. El presidente candidato sabía cómo manejar los hilos para hacer que Petro se sintiera perdido, y, finalmente, para sacarlo del embrollo y darle una fuerte dosis de oxígeno. Se metió al petrismo en el bolsillo, que se sumó a lo que ya Santos había logrado con el sector de Clara López y su esposo el samario Carlos Romero, un veterano izquierdista de mil guerras que militó en la Unión Patriótica (víctima dicho partido de un infame exterminio por parte de la ultradecha colombiana que aún se mueve en las sombras con mucho poder y plata proveniente de fuentes como la Oficina de Envigado y otros “oficinas” similares en puntos clave del país). Después militó en el recién fundado M-19 por convicción y porque estaba casado en primeras nupcias con la hermana menor y consentida de Jaime Bateman Cayón, uno de los fundadores históricos de ese movimiento.
Clara López Obregón, sobrina de Alfonso López Michelsen y del papá de Alejandro Obregón, es una mujer de principios y preparada en Colombia y en Europa. Es de la misma clase de Santos. Por eso le quedó fácil entenderse con él. Y entre Clara y su esposo el negrito de Pescaíto Carlos Romero, quien renunció a su curul eterna en el concejo de Bogotá para no inhabilitar a su esposa cuando Santos la designó alcaldesa encargada, movieron cielo y tierra para despertar a la vieja izquierda de la UP, Juco, M19 y demás, tanto de la Costa Caribe, como de Bogotá, en donde hicieron alianza fácil con el petrismo.
Ahora bien, un colega afrodescendiente que vive en una hermosa ciudad estadounidense, lejos del mundanal ruido de este país vibrante y a veces convulsionado porque está acostumbrado a hablar alto, sostiene que lo ocurrido con el triunfo de Santos en la segunda vuelta es que los gamonales regionales sacaron chorros de plata y desde Bogotá la campaña santista también botó la casa por la ventana. ¡Ay colega!, como decía el finado Marcos Pérez, no me haga reír que tengo el labio cuarteado. ¿La pobre viejecita de la ultraderecha no tiene mañana para el desayuno? ¿Usted se cree ese cuento y se chupa el dedo? Colega, ahí sí fueron chorros de chorros que llegaron de ciertos billonarios y de los multinacionales gremios económicos y de oficinas envigareñas y de tuberías subterráneas de testaferros que manejan negocios que tienen todas las apariencias de prósperas empresas legales, como esa que reemplazó a Adpostal (la tal 4 X 8) y tantas otras por el estilo.
Visto todo ese panorama, sin duda Juan Manuel Santos tiene el mayor compromiso es con la Costa Caribe. Con Bogotá su compromiso es ayudar a Petro a sobrevivir y luego contribuir con toda su fuerza política para elegir un Alcalde fuera de serie. Para eso tendrá, además, el poder de la Casa de Nariño.
En cuanto a la Costa Caribe, a Santos no le queda nada difícil en cumplirle a esta región agradecida y grata. Basta con que invierta en obras que saque a tanta gente de la miseria que se vive en las zonas rurales de los ocho departamentos (San Andrés incluido). Cuánta gente no vive en el peor desamparo en las riberas del inmenso Río Magdalena. Y Augusto García Rodríguez, vasito de whisky en las rocas en la mano, anuncia, anuncia y anuncia y nada que arranca el primer proyectico para ayudar a salir a esa gente del abandono total. ¿Serán obras discutidas en cocteles al calor de esos finos escoceses?
El Presidente Santos, con todo el perdón y el respeto que se merece, tiene que ponerles un tábano en las partes traseras a esos funcionarios costeños que se la pasan en cocteles y en viajes chimbos sin hacer nada concreto y pronto. Además, Presidente, no tiene que viajar a Marte a encontrar a un profesional bien preparado para que, por fin, salgamos de este ayuno de 96 años sin un Ministro de Hacienda costeño. Nombres como los de Adolfo Meisel Roca (actual miembro de la Junta Directiva del Banco de la República), el catedrático y analista económico con un doctorado Jairo Parada, el actual ministro de Minas y Energía Amylkar Acosta Medina. La lista se nos haría interminable.
Y el afán no es ninguna terquedad costeña, señor Presidente. El afán es porque casi todos los Minhacienda de estos últimos 100 años son del altiplano cundiboyacense y/o antioqueños. Mezquinos y diabólicos como ellos solos. Cuando se trata de una obra para la Costa que pase de los dos billones, pegan el grito en el cielo y dicen que no hay plata. Pero cuando se trata de proyectos para Antioquia o Bogotá, ahí sí que no hay límites en las cifras. Hacer las llamadas “Vías de la Montaña” costará a todos los colombianos la bicoca de 18 billones de pesos. Para eso sí hay el visto bueno de los Minhacienda, tacaños para la Costa. Y acostumbrados a recortar todo presupuesto hasta su mínima expresión, para que las obras en esta región siempre queden añuñías, como dice el arquitecto Roberto Zabaraín Manco.
Presidente, ¡cúmplale a la Costa Caribe! Que a ella se debe su triunfo y gracias a la bondad y nobleza de esta gente Caribe, usted seguirá sentado en el solio de Bolívar. Y venga con más frecuencia a tomarse un agua de coco con ron blanco a la orilla del mar o del Río Magdalena. Usted debe saber que su abuelo Enrique Santos Montejo casi se mata en una avioneta en cercanías de Bocas de Ceniza, en donde tenían una casa de descanso y ese era su refugio predilecto. Y el corregimiento de La Playa (Barranquilla) no se llama La Playa sino Eduardo Santos Montejo en homenaje a su tío-abuelo que, cuando venía de vacaciones se paseaba por todos esos encantadores lugares cercanos a la ciénaga de Mallorquín. ¡Hágalo también por el alma de esos dos familiares suyos que tanto le sirvieron al país!

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