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Por donde uno la mire, la Nación se hace agua en materia de corrupción. Las palabras del Doctor Jesús Ferro Bayona no llegaron tarde; llegan cuando más se corrompió el país.

Sí, doctor Ferro, la política colombiana está podrida

Es como un barco cargado de papas podridas, tan deterioradas ya, que los gusanos hacen fiesta encima de la cubierta de la nave. Claro, como usted lo afirma con certeza, “¿Cómo es posible que Colombia se siga presentando como un país conservador, si se comporta en contravía de los principios y valores que respetan y promueven las culturas conservadoras? Se supone que si en realidad Colombia fuera conservadora sus dirigentes se preocuparían por ser líderes ejemplares en el correcto proceder, no robarían ni harían trampas a la cosa pública. Pero resulta que de boca para fuera son limpios, conservadores de las buenas costumbres, y por detrás se comportan de manera corrupta”.

Además, distinguido doctor Ferro, si hubiese un Partido Liberal de ideas avanzadas y una izquierda unida y coherente, fulminarían a los mal llamados conservadores. Más eso no funciona porque todos, por igual, sufren de la misma enfermedad terminal, la corrupción. No hay bala perdida. Que entre el diablo y escoja.

Aquí los llamados partidos son unos rebaños de pedigüeños que acuden día y noche a la Casa de Nariño con la mano extendida a recibir las migajas del poder, mientras que en otros niveles del Estado funciona de manera descarada el robo mediante los contratos para obras y servicios públicos.

Doctor Ferro, pero se quedó cortico. Aquí no solo son corruptos los políticos. También lo son numerosos servidores de la rama judicial. Lo mismo que de las Fuerzas Militares. Y, por supuesto, el principal alimentador de esa corrupción es la administración pública. El funcionario, a todos los niveles, que está a la espera de la coima. Como si fuera poco, no se olvide, doctor Ferro, que si los políticos, los jueces, los magistrados y algunos mandos militares son corruptos, en la mayoría de los casos quien corrompe es el sector privado. Y ahí sí que habría que repetir la nefanda frase del difunto Marcos Pérez: “a este país se lo llevó pindanga”.

Desde luego que sus atinadas declaraciones, si bien en términos generales han sido aplaudidas, no han faltado las duras críticas por la presunta tardanza suya en decirlas. Son opiniones respetables, aunque no se compartan, lo cual requiere una visión volteriana: no comparto tu opinión, pero me haría matar porque te permitieran expresarla libremente.

Ahora bien. Si damos una mirada hacia atrás, veremos que la República nació torcida por la terquedad de los padres de la patria y de quienes fueron ostentando el poder en estas centurias, concentrando el manejo de la Nación en la fría capital. Nunca quisieron abrirle paso a las regiones. Cada vez que alguien hablaba de la regionalización, la clase dirigente cundiboyacense gritaba en coro “¡aléjate, Satanás!”.

Para refrendar esa absurda realidad, no hace mucho cierto diario bogotano recordaba, con el cínico titular de ‘El peligroso regionalismo’: “El exagerado espíritu de regionalismo se apodera de nuestras capas sociales. Ese monstruo terrible ha asomado sus fauces en las cámaras legislativas, donde radican el corazón y el cerebro de Colombia. Ya en el Congreso Nacional no se sientan, como en otras épocas, los senadores y representantes del pueblo, ahora son las diputaciones caucana, costeña, tolimense y santandereana”.

Si los cachacos hubiesen permitido que Colombia siguiera su cauce natural de ser un país de regiones, otro gallo cantaría. Cada región competiría entre sí, no por ver quién robaba más (como ahora), sino por conseguir un mayor desarrollo y un mejor estar para su pueblo. Para fregar a los cachacos que ahora nos salen con el cuento chimbo de que todos los contratos en las regiones los tiene que mirar con lupa el centralismo, cuando ellos están sentados encima del pozo podrido de la corrupción. Esa es la gran verdad, doctor Ferro. Y ojalá ese discurso suyo no sea flor de un día, ni alegría de burro viejo. Hay que seguir dando la pela para que Colombia sea vivible. Y la única manera de lograrlo es acabar con los corruptos de todos los pelambres.

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