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Dilma Rousseff también podría ser goleada

Todo sería distinto para la actual presidenta de Brasil frente a las elecciones del próximo 5 de octubre. Pero esa humillante derrota 1 a 7 que le propinó Alemania la tiene tambaleante. 

 Por Rafael Sarmiento Coley, Director*

Dilma Rousseff, Presidente de Brasil, parece esconderse.

Dilma Rousseff, Presidente de Brasil, parece esconderse.

La Copa Mundo 2014 no solo dejó al equipo anfitrión muy mal parado ante sus fanáticos –que de verdad son ardientes y exaltados—sino que tiene tambaleante y en pésimas condiciones políticas la posibilidad de una victoria en las urnas en las elecciones del próximo 5 de octubre, para que Dilma Rousseff se quede para un segundo período presidencial.

Paradoja o ironía de la vida, su mentor político y antecesor, Luiz Inacio Lula da Silva, gracias a una consolidada imagen lograda en forma magnífica durante sus dos períodos presidenciales, consiguió desde hace 8 años la sede para esta Copa Mundo que concluyó este domingo, y la de los Juegos Olímpicos de 2016. Lula gozaba en aquellos momentos de gloria de la admiración y el respeto de los llamados países ricos. El Primer Mundo lo miraba como un posible nuevo miembro del exclusivo club de las naciones que sacan la cabeza del barro maloliente de la miseria. Lula era la estrella. Por eso no le quedó nada difícil apuntar el dedo índice hacia su pupila Dilma Vana, para que el Partido de los Trabajadores (PT), unido y sin fricción alguna, la aceptara por unanimidad como la sucesora del indiscutible genio que transformó a Brasil en 8 años de Gobierno.

Un Gobierno de sorpresas

Lula siempre estuvo pendiente del avance de las obras.

Lula siempre estuvo pendiente del avance de las obras.

El de Luiz Inacio fue un gobierno que desde un  comienzo sorprendió a todo el mundo. Lula fue desde muy joven un líder sindical. Militante fervoroso de las juventudes comunistas. Llegó a presidir la más fuerte federación nacional de trabajadores brasileros, al frente de la cual organizó una de las más resonantes huelgas que se haya llevado a cabo en aquel país Suramericano, luego del desastre y la acción criminal impune de las dictaduras militares. Entonces se pensó que, al llegar un sindicalista a la Presidencia de una de las economías menos golpeadas del continente, todo sería distinto, y que quienes se sentarían en la mesa del poder y de las decisiones de fondo serían los antiguos camaradas dirigentes laborales. Pues no. Muy pronto Lula despejó el miedo que tenían la banca multilateral, los grandes inversionistas y los sectores más fuertes de la economía brasilera.

Tolda a distancia de los loquitos

También se pensó que Lula se apegaría a la sombra del difunto Hugo Chávez, del loco Daniel Ortega y de Evo Morales. Pues tampoco. Se veía con ellos.- Se tomaba el vinito. El apretón de manos, listos para la foto, y hasta luego, cada quien para su casa a componer su economía, a su manera. No se dejó cooptar de la gula y el delirio de grandeza de esos loquitos del barrio pobre suramericano.

Le dio la plena confianza a la banca multilateral. Se reunió una y mil veces con cada uno de los sectores de la economía. Y su discurso siempre fue el mismo (por eso se hizo creíble): “mejoremos los niveles de educación y cobertura en salud; paguemos mejores salarios a los trabajadores para que haya mayor poder adquisitivo y se mueva la economía con más vigor. Cuando se haya alcanzado cierto nivel de crecimiento de la economía y del Producto Interno Bruto (PIB), empezamos la segunda tarea del programa: bajarle la cresta a la inflación, al desempleo y reducir a cero los niveles de corrupción”.

A pesar de algunos pequeños escándalos, los ocho años de Lula fueron exitosos. La economía brasilera creció y se expandió. Hablar bien de la economía brasilera se volvió un lugar común. Pocos columnistas de la prensa brasilera le hacían una oposición feroz a los programas de Gobierno de Lula.

Ya en esas condiciones, Lula tenía toda la autoridad posible para interponerse entre Hugo Chávez y Álvaro Uribe Vélez antes de que se fueran a las trompadas en cualquiera de esas reuniones de la OEA o de Unasur. Lula fue más inteligente que todos ellos. Fue amigo de Rafael Correa. No se enemistó con Uribe, como lo querían Chávez, Evo, Ortega y Correa. Esa actitud le dio más autoridad moral en el confuso mundo suramericano.

Se salió de la escena

Cuando lo consideró oportuno empezó a arreglarle la casa a Dilma para que quedara en el poder como toda una reina. Con un Mundial de Fútbol ad puertas y unas Olimpiadas un par de años más adelante. Todo marchaba color de rosa. Todo era tan bonito, que era difícil creer que el destino le cambiara el rumbo a la sonriente Dilma. Y Lula, el mago mentor político de Dilma, salió de la escena. Porque, como buen admirador de Shakespeare, sabe que los buenos actores no deben salir en todas las escenas.

Pero así es la vida. Parece ser que Lula es tan excelente actor, que el auditorio aún lo aclamaba, aunque fuera tras bambalinas. Sobre todo porque, Brasil, el equipo que despierta las mayores pasiones del mundo, tuvo una de sus más desafortunadas presentaciones en  casa. Tanto así, que lo del Maracanazo de 1950 lo comparan con un juego de niños, frente al impacto social, económico, sicológico y político de este enorme desastre deportivo.

Anoche cayó el telón en medio de los confetis multicolores y fuegos artificiales. Alemania se llevó la copa de campeón. Argentina, el archirrival de Brasil se fue con la de subcampeón. Para Brasil, nada. Otra horrenda  noche y tal vez un despertar incrédulo, triste, noqueado, inmerso aún en la niebla tóxica de la pesadilla del 7-1 en sus funestas consecuencias. Un comentarista radiofónico muy madrugador de la emisora CBN hablaba de la falta de táctica futbolística del equipo de Scolari. Pero un segundo comentarista, media hora después, aludió a que la aplastante derrota, según él, despertará otra vez el complejo de inferioridad del brasileño y le devuelve ya por lo pronto a una realidad llena de problemas de la que ha escapado durante el mes largo que ha durado la selección en el Mundial.

En la misma noche de la goleada hubo incidentes, en Sao Paulo, Río y otras grandes ciudades  brasileñas, que más respondían a un vandalismo incontrolado que a un movimiento organizado de protestas: peleas, incendios de autobuses, saqueos de tiendas…. El amanecer trajo una calma triste y compungida, como la que se respiraba en la cafetería del policía y el jubilado. Las camisetas amarillas desparecieron de golpe. Todos los que la lucían orgullosamente el día anterior las guardaron en casa.

Hay pesimismo frente a elecciones

La mayoría de los periódicos (sus portadas aparecen llenas de “humillación”, “vejamen”, “vergüenza), especula con la posible influencia que puede tener este marcador increíble en las próximas elecciones de octubre. Todos los expertos coinciden en recordar que nunca el resultado del Mundial ha influido en las urnas, y eso que los campeonatos del Mundo coinciden, desde 1994, cada cuatro años, con las elecciones generales brasileñas. Pero esos mismos expertos también recuerdan que nunca Brasil ha sufrido una derrota tan aplastante, tan demoledora, con un potencial simbólico comparable –tal vez mayor- a la del Maracaná en 1950. “Sólo hemos superado el trauma de 1950 con otro mayor”, resumía un seguidor de Facebook. Lo del trauma no es una frase hecha: los periódicos aportan consejos de psiquiatras y psicólogos para que la goleada no afecte demasiado a los niños.

Tampoco se sabe aún hasta qué punto la derrota alentará de nuevo las protestas y manifestaciones que quedaron narcotizadas en cuanto la pelota comenzó a rodar y que, hace un año, sacudieron el país entero pidiendo menos gastos en estadios de fútbol, y más en servicios públicos para tener mejores transportes, mejores escuelas y mejores hospitales. Según la prensa brasileña, los asesores de la presidenta Dilma Rousseff y los miembros de su Gobierno están atónitos, a la expectativa, sin saber cómo irá a reaccionar el electorado ante este aluvión de goles y de decepción, si se traducirá en una sequía de votos en unos comicios que ya de por sí se presentan muy disputados. Por lo pronto, la presidenta ya envió, a través de su cuenta de twitter, un mensaje de ánimo: “Estoy muy triste por la derrota. Pero no nos podemos abatir. Brasil, levántate, sacúdete el polvo y ponte en pie de nuevo.”

“Que no haya dudas. Esto influirá en los sondeos y Dilma Rousseff bajará. La gente ahora la toma con el entrenador Scolari, pero pronto transferirá esa frustración a Rousseff”, asegura el sociólogo especialista en deportes Flavio de Campos. Este experto recuerda que durante el partido, el público pasó, casi sin solución de continuidad, de insultar al criticado delantero Fred a dirigirse a la presidenta. Y añade una particularidad del pueblo brasileño que hoy se muestra en carne viva: la identificación de la esencia del país con el fútbol. “Siempre esperamos que los futbolistas de la selección encarnen la fuerza, la virtud y la creatividad que no encontramos en otros espacios sociales”.

Eso es muy cierto. Un poco parecido con lo que ocurre en Colombia, aunque acá haya una variedad de atractivos deportivos como el béisbol, un deporte de enorme raigambre en la Costa Caribe, el ciclismo (fuerte en las zonas montañosas del interior del país), el boxeo y, por supuesto el fútbol, que a este mundial llevó a una Selección de lujo.

Shakira MundialPero también hay en Colombia otras enormes pasiones. El cine, la televisión, la radio, y la música de todos los sabores, olores, colores y ritmos. Precisamente este domingo uno de los atractivos de la jornada de clausura fue el espectáculo de la barranquillera estrella mundial del Pop, Shakira, que en tercer Mundial consecutivo es una de las principales atracciones del show, en la parte musical.

Tal vez por eso, según algunos, la derrota histórica que ha infligido Alemania a Brasil sirva de vacuna, de curativo. Así lo asegura el editorial de A Folha de S. Paulo: “El partido tal vez implique que se acabe con una época en la que país y estadio, hinchada y pueblo y nación y selección han sido vistos como la misma cosa (…) Tal vez se pueda decir ahora que Brasil es mayor que su fútbol”.

En una carta al director del mismo periódico, Albino Marcones, de São Paulo es más tajante: “Se acabó la euforia. Vamos a cuidar de la economía, a hacer que este país vuelva a andar. Basta de emoción. Vamos a arreglar la inflación. Despierta a la realidad, Brasil”.

El clamor que recoge uno de los principales diarios de Sao Paulo y lo que comentan sus corresponsales reflejan la cruda realidad del momento que vive el coloso Suramericano. Queda de lección de lo que alguna vez dijo quizás Napoleón Bonaparte: “Denme una buena economía y le doy una buena política”. Pero nunca se podrá lograr una buena política y una mejor economía con un “jogo bonito” en el Maracaná.

Y la lección debe ser aprendida por todos los vecinos suramericanos. Creer en un proyecto político. Diseñarlo. Mejorarlo. Criticarlo para corregirlo. Pero no decir de antemano que la Tercera Vía es un palo seco. ¿O acaso dicho columnista preferiría los tiempos de las motosierras, de las chuzadas a las cortes y a los periodistas, de los falsos positivos, del infame robo al sector salud a través de empresas de papel como la tal Saludcoop a la que cada día le salen más patas y rabos como un monstruo fabricado en el Senado por el genio de la maldad y, en general, de la matazón sin freno que en años recientes de amarga recordación?

*Con apoyo de O Globo, A Folha de Sao Paulo y El País de Madrid

Sobre el autor

Director general de Lachachara.co y del programa radial La Cháchara. Con dos libros publicados, uno en producción, cuatro décadas de periodismo escrito, radial y televisivo, varios reconocimientos y distinciones a nivel nacional, regresa Rafael Sarmiento Coley para contarnos cómo observa nuestra actualidad. Email: rafaelsarmientocoley@gmail.com Móvil: 3156360238 Twitter: @BuhoColey
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