Ella había sido bailarina de estriptís. Él iba a ser ministro religioso. Cuando se casaron fue complicado contar la historia.

Por Amy MevorachPublicado 26 de febrero de 2022
Mi marido y yo nos casamos en una iglesia presbiteriana de Watkins Glen, Nueva York, a orillas del lago Séneca. Era junio de 2006, tres meses antes de que él empezara el seminario, y cinco años y medio después de que yo dejara la industria del sexo. Consideré nuestra boda como el matrimonio de la ex bailarina nudista y el futuro ministro.
Mi marido y yo nos casamos en una iglesia presbiteriana de Watkins Glen, Nueva York, a orillas del lago Séneca. Era junio de 2006, tres meses antes de que él empezara el seminario, y cinco años y medio después de que yo dejara la industria del sexo. Consideré nuestra boda como el matrimonio de la ex bailarina nudista y el futuro ministro
Después de la boda, seguí el trayecto de su carrera con la flexibilidad y el equilibrio de una nadadora sincronizada. Dejé mi trabajo en un periódico de Vermont y me trasladé a Boston, donde él se había matriculado en la escuela de Teología. Mientras él estudiaba, yo leía libros que me decían cómo leer la Biblia, cómo vivirla.
Leí que para cruzar el Jordán debemos morir, simbólicamente. Hay que entregarse, dejarse llevar y encarnarse en Cristo. Dejé a todos mis amigos, abandoné mi música blues(demasiado sexy), la música celta (demasiadas menciones al whisky) y mi ropa ajustada y de colores tornasol.
Mis juguetes sexuales y mis esposas cayeron directamente al bote de la basura. Los muebles que había tenido fueron expulsados de nuestra vida, la madera se doblaba en el porche trasero antes de que botáramos cada pieza al basurero. Purgada de mi vida anterior, empecé de nuevo, guiada por ese hombre de 22 años, siete menos que yo, que estaba haciendo de Jesús su incumbencia.
Él pensaba que me estaba salvando, y yo pensaba que necesitaba que me salvaran.
En mi experiencia, el trabajo sexual y el cristianismo no eran incongruentes. Solo me dediqué a bailar durante unos meses, en San Francisco y en Nueva York, para poder pagar la renta entre la universidad y mi trabajo como desarrolladora de páginas web, pero la vergüenza y la culpa que sentía por desnudarme me lanzaron directamente a mi papel de buena esposa cristiana. En ambos casos, dependía de las percepciones de los demás para definir mi valor.
Nuestro primer bebé nació en invierno, y el verano siguiente vivíamos en un campamento de verano bautista en el que mi marido trabajaba como director de los muelles.
Todos los días recorría el campamento con el bebé en una carriola especial para correr, bajando a tropezones por el camino rocoso hasta el lago, donde mi marido se quedaba todo el día en un muelle mirando el agua. Después de la cena, él se metía en un corral octogonal y jugaba a la pelota con chicos de 11 años mientras yo me retiraba a nuestra habitación para amamantar al bebé porque no se me permitía darle pecho delante de los campistas.
Por las noches, el personal daba testimonios de sus viajes cristianos y dirigía cantos, fogatas y espectáculos de talentos. Cuando mi marido se acostaba, el bebé y yo estábamos dormidos. Cuando nos despertábamos, a las 7 de la mañana, él ya se había ido.
Ese verano leí la Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Memoricé las escrituras. Una noche fui a la capilla donde mi marido predicaba a los campistas y le oí leer el capítulo 11 del Levítico. Dijo que estaba bien comer grillos y saltamontes, pero no moscas. Las langostas son un bocado aceptable, pero los camarones están prohibidos. Si recoges un cerdo muerto, debes lavar tu ropa.
No le dije a nadie que me aterraba que la comunidad cristiana me rechazara si se enteraba de que había sido bailarina nudista. Mi marido me dijo que su carrera dependía de nuestra reputación colectiva.
La esposa del director del campamento comía en nuestra mesa. Era corpulenta, con cara redonda y arrugas bajo los ojos, y era accesible, es decir, reconocía que yo existía y me saludaba de forma malhumorada pero alegre.
“Si doy un testimonio, ¿qué parte de mi pasado debo compartir?”, le pregunté.
Yo había deducido que mi testimonio era el relato de mi viaje al cristianismo, con respuestas a estas preguntas: ¿Cuándo me bauticé? ¿Cuándo entregué mi vida a Cristo? ¿Cuándo acepté a Jesucristo como mi Señor y Salvador?
Me bautizaron cuando era bebé y de nuevo con mi marido, por inmersión completa, totalmente vestida, un mes después de que naciera nuestra hija. Había entregado mi vida a Cristo en la Iglesia de la Misión en Somerville, Massachusetts, dos años antes.
Me preguntaba si el testimonio incluía también estas preguntas: ¿Cuándo llegaste a la conclusión de que debía haber una luz que nos sacara de esta densa oscuridad? ¿Cuándo te sentiste tan mal que decidiste dar la vuelta, arrepentirte? ¿Fue en el sótano del Club Paradise, cuando un hombre te tiró al suelo y te manoseó?
La esposa del director del campamento puso los ojos en blanco y dijo: “Bueno, eso lo tienes que decidir tú”.
Mi testimonio completo, pensé, podría tener el valor de impresionar, como la historia que un hombre del personal de la cocina contó a los nuevos campistas. En el relato, había puesto una pistola en su cabeza y escuchó una voz que decía: “Te amo”. Me pregunté qué clase de sobresaltos estaban dispuestos a aceptar. ¿Acaso creían que las bailarinas nudistas podían salvarse?
Algunos trabajos son agua, y otros son vino. Algunos se evaporan sin dejar rastro, y otros dejan una mancha.
Los estudios bíblicos estaban segregados por sexos, así que fui al estudio bíblico de las mujeres y les dije que me sentía sola, que necesitaba un mentor o alguien con quien pudiera hablar sobre mi camino espiritual. Me escucharon con los ojos muy abiertos, luego los cerraron y rezaron para que encontrara a alguien. Por “alguien”, se referían a otra persona.
En el vértigo de la soledad, encontré a Jesús. Todas las mañanas, me colaba en la parte trasera de la capilla de madera, levantaba la mano en el aire y cantaba canciones de amor a Jesús. Me colocaba en el último banco, separada de los campistas, arrullando a mi bebé si estaba despierta o, si estaba dormida en la carriola reclinada, rezando para que las alabanzas no la despertaran. Junto con las chicas y los chicos con camisetas teñidas y pelo desgreñado, canté en voz baja sobre un acompañamiento electrónico: “Abre los ojos de mi corazón, Señor”.
Funcionó. Los ojos de mi corazón se abrieron y lloraron. Me dolía el corazón, y todo, absolutamente todo se lo atribuí a Jesucristo: el aislamiento, el anonimato, la preocupación, el dolor de ver, pero que nunca me vieran cuando empujaba la carriola de la carretera al bosque y de nuevo a la carretera, aplastando los tábanos que se abalanzaban sobre mi cabeza, incluso la conmoción de que esta vida se hubiera instalado sobre mí como una manta y hubiera sofocado mi chispa.
Estaba triste porque había pecado. Me sentía sola porque estaba alejada de Dios. Todas las mañanas me ponía de pie en el fondo de la capilla y cantaba: “Aquí estoy para adorarte”, con una mano extendida hacia el vitral.
Si pudiera humillarme lo suficiente como para acoger a Jesús en mi corazón, para morir en este mundo y renacer como un rayo de luz puro y sin pecado, mi yo resucitado sería una membrana fina iluminada como una linterna cuyo resplandor no se ve afectado por el cadáver de una polilla inmolada.
Si pudiera someterme a Jesús, tal vez podría someterme a mi marido, como recomienda la Biblia.
Me esforcé mucho por ser buena. Hacía callar a los bebés por la noche para que él pudiera dormir profundamente antes de sus exámenes. Sonreía de manera amable cuando un hombre decía: “Detrás de todo gran hombre hay una gran mujer”, en lugar de preguntar por qué se ponen delante de nosotros.
Me sentía invisible. Había pasado de exhibir la piel desnuda en un escenario iluminado, a arrepentirme para transformarme en la esposa de un pastor. El péndulo había oscilado de un extremo a otro y ninguno me parecía auténtico.
No sé cómo habría reaccionado la comunidad cristiana en el campamento a mi breve paso como bailarina nudista porque nunca di mi testimonio. El miedo que me daban se adelantó al juicio de ellos sobre mí. Nunca les di la oportunidad de aceptarme.
Desnudarse no es inherentemente vergonzoso; al pensar en extremos de bueno y malo, lo atribuí con vergüenza. En ambos extremos, me sentía incompleta, y prefería categorizar mi comportamiento como todo malo o todo bueno. Miré a mi esposo como mi “otra mitad”. Cuando yo me sentía como una chica mala, él parecía un santo. Cuando me consideraba virtuosa, solo veía en él sus defectos.
El matrimonio duró 15 años. Como madre divorciada, me relajé en mi cuerpo y aprendí a ver a través de mis propios ojos; a mirar, no a parecerme a nada; a ser y no posar. Ya no me ajusto según mi reflejo en los ojos de los demás.
Mi cuerpo ha cambiado desde que bailaba en clubes hace más de dos décadas. Dar a luz a cuatro hijos ha hecho que mi vientre pase de ser una planicie de músculos a una barra de pan sin hornear. Es el cuerpo de una madre. Es mi cuerpo, que abraza y es abrazado con amor.
Amy Mevorach es una escritora que vive en el este de Massachusetts.











