Crónicas

Crónica de un viaje a Sincelejo

Llegué con puntualidad inglesa.

Por: Ubaldo Manuel Díaz

Padre Ubaldo  Manuel Díaz

En Ese reverberante sitio el tiempo se había detenido. El reloj de pared anclado en el tiempo con el logo de una reconocida marca de refrescos, marcaba la misma hora: un cuarto para las ocho. Esa escena contrastaba con el afán de las personas que caminaban apresuradas y corrían de un lado a otro.

Dicen que los terminales  son los sitios más aburridos del mundo y sobre todo en época de vacaciones: Abrazos furtivos, bendiciones apresuradas, despedidas aplazadas, vendedores ambulantes ofreciendo desde una caja de chicles hasta el librito con el secreto para ser feliz; buses con sus chimeneas encendidas eructando el mortal gas carbónico. Televisores sintonizados en un canal lluvioso donde se escucha la voz atronadora de Homero Simpson. Una mujer hermosa con su caminado de pasarela cruza la calle, un hombre se acerca y le susurra un piropo al oído.

Mi puntualidad inglesa se vio trastocada. Eran las 9 y 20 de esa esplendida mañana y el bus no llegaba. Al rato se escuchó un bocinazo que nos estremeció  todos. Al fin íbamos a partir. No sin antes formarse una pequeña batalla de malas palabras entre el reboleador y el conductor porque este último no le pagó lo convenido.

Había perdido la noción del tiempo y cuando me percaté la morena hermosa del piropo furtivo estaba sentada a mi lado. Sería una chica de unos 20 años quizás, con el cabello negro recién cepillado, con unas curvas que ponen en riesgo la fidelidad de un hombre casado. Mi compañera de viaje. Mirándose en un pequeño tocador portátil se retocaba apresuradamente como lo hacen los payasos. Sin mirarme y darme tiempo a la defensa, me acribilló con su pregunta:

¿Para dónde vas?

– Para Sincelejo-, fue mi respuesta. ¿Qué te dijo al oído el piropero de turno? -Le pregunté-.

Me miró por primera vez, esbozó una leve sonrisa donde se veían los  estragos de una mala ortodoncia y me contestó:

– la verdad no alcancé a escucharlo, lo que sí se es que me asustó.

40 grados bajo la sombra, amparados por un techo mezcla o aleación de zinc y aluminio. Pegado a ese pequeño infierno pendían unos bafles que escupían decibeles con los famosos corridos prohibidos. Que aquí no eran tan prohibidos.

En ese mefistofélico calor el sudor empieza a correr por las pantorrillas hasta llegar a los talones. El desespero aumenta. No sé porque odié tanto esa clase de música: Que cuentan y cantan lo inverosímil: la hazaña de un narco megalómano, traquetos disfrazados de monjas que evaden la justicia, tractomulas veneradas que pasan raudas, cargadas de no sé qué cosas. Siempre la misma historia. Exaltando las hazañas del pillo y el maleante.

El profesional al volante, un hombre enjuto y pequeño con una corbata más grande o igual a él, hacía tronar ese viejo latón parecido a una lata de sardina en un terremoto. Cuando salimos de la ciudad, en un gesto desesperado se deshizo de la corbata que le estorbaba y la tiró como diciendo: “al diablo con esto”; esta fue a caer encima de una calcomanía que decía: “Jesús confío en ti”. La consola de este bus, templo y santuario de cualquier conductor, pegados al vidrio estaban la imagen del Sagrado corazón de Jesús, la virgen del Carmen; más abajo se encontraban cosas de este mundo como un machete y una caja de herramientas.

Magangué, bañada por el río Magdalena

Habíamos salido de Magangué, Bolívar, municipio con más de 200 mil habitantes que se despliega a la ribera del gran río de la Magdalena. Ciudad delineada por estrechos callejones propios de la arquitectura turca, con arabescos en sus frontales. Dos calles principales dividen a esta ciudad. Una que entra y otra que sale. Propias de los pueblos que desembocan en un río o tal vez por la malicia indígena de estos primeros habitantes para saber quién entraba y quién salía. Hacía el suroeste están los barrios de la gente pudiente como se le conoce acá, poblados en su mayoría por hijos de inmigrantes europeos, que venían huyendo de la guerra desatada en Europa por el lunático y loco de la cruz esvástica. Estos barrios están resguardados por una impenetrable malla metálica, con casas todas iguales fiel copia de una película virtual. Barrios hechos a imagen y semejanza de Gringolandia. Inspiración del tío SAM. “In the houses” pernoctaron los místeres de la época de la bonanza petrolera de Cicuco. Un caserío ubicado a la otra orilla del río. Al fondo aún se puede escuchar el lamento de una guitarra rockera de un aburrido mochilero Europeo que viene en busca de acción y aventura. Una imagen enorme en lata y goma de Mickey mouse tiembla ante el ruido de los camiones ganaderos que cruzan lenta y perezosamente la lustrosa autopista. Seguidos por otros que llevan la imagen de una anoréxica modelo ligeramente vestida promocionando una cerveza.

Magangué Está ubicada geográficamente en la cola de varios departamentos, en ella han convivido por centurias, costeños, paisas santandereanos y los turcos como les dicen acá. Por un lado está el departamento de Sucre, siguiendo el curso del río está san pablo en la neurálgica zona del sur de bolívar. Según me comentó la morena, que iba a mi lado, Magangue tiene regalías y presupuesto, casi igual al de la ciudad de Cartagena. Verdad o ficción no sé. Mientras comentaba eso, observaba que consentía y acariciaba dos celulares en sus manos, a cada momento se comunicaba con unas “amigas” que la esperaban en Sincelejo para irse a un trabajo que les había salido. Llevábamos casi una hora de recorrido hablando y en ese trayecto ya habíamos arreglado el país y nuevamente lo habíamos desbaratado para volverlo a arreglar.

Primera estación, comienza el Cristo a padecer: llegamos a un caserío llamado “providencia” yo rogaba a la divina providencia que el conductor le bajara a la estridente música. Se escuchó el agudo grito de un niño que salía de una polvorienta calle: ¡Que el encargo que le enviaron a mi mamá!, el profesional al volante paró y entregó unas bolsas negras. Así siguió, en media hora hizo más de cinco paradas, entregando encomiendas al uno y al otro. En ese transcurso hubo tiempo hasta para el amor, en la lejanía, al lado de la vía, una adolescente esperaba ansiosa. Cuando el bus asomó la trompa, su alegría fue inmensa. Era la XII estación. En ella se bajó el ayudante y le entregó a la joven  un cd. Yo rogué que fuera el de los corridos prohibidos. Ella lo recibió con tanta delicadeza y regocijo, como quien recibe un valioso tesoro. Entre miradas furtivas y hondos suspiros platicaron unos cinco minutos en voz baja, solo interrumpidos por el ronroneo del motor diesel colocado en ralentí.

Sinceljo

Llegamos a una intersección llamado el bongo. Que de bongo solo tenía el nombre. Una horda de vendedores ambulantes emplumó el bus. Esta vez ofreciendo cuanta chuchería bajo el inclemente sol que azotaba las azules sabanas de Sucre, que a mi parecer después de las de Nueva Zelanda son las más hermosas del mundo. Un retén de la policía detuvo nuestro recorrido. El agente del orden con su vientre maternal el cual reflejaba su bienestar y la falta de acción, hizo su aparición por la destartalada puerta, nos miró a todos inquisitivamente como queriendo encontrar en un asiento  el espectro de tiro fijo. El ayudante aprovechó para darle agua al bus, cual monstruo prehistórico abrió sus  fauces para calmar la sed. Vi que el conductor con su puño cerrado le apretó la mano furtivamente al agente del orden y le entregó algo. Se subió un hombre con una Biblia debajo del brazo y mostrando una herida cicatrizada de casi medio metro empezó a relatar en palabras de un libreto cuidadosamente aprendido su tenebroso pasado, odiando este mundo cruel y maniqueísta. Palabras más, palabras menos los grandes criminales de la historia le habían quedado en pañales. Hoy según él, era un hombre de bien. No sin antes colocarnos inofensivos dulces en nuestras manos.

Después de ese penoso recorrido por fin avistamos el municipio de Corozal que en la lejanía parecía una pequeña maqueta de arquitectura. Con tanta tragedia me alcancé a dormir un rato sin ningún miedo a la tigresa que venía viajando a mi lado. La escuché en el quinto sueño cotorrear con sus “amigas”. Investigando cómo eran los hombres Sincelejanos. Cuando desperté vi el hermoso firmamento de la Ciudad de Sincelejo. El ayudante se deshizo a una de las últimas sillas y sigiloso introdujo un pequeño fajo de billetes a su bolsillo izquierdo. Había pegado la primera puñalada del día.

“Por favor padre, ore mucho por mí y mis amigas para que nos vaya bien” – se despidió mi compañera de viaje- cuando la vi desaparecer en medio de una jauría de reboleadores y vendedores ambulantes.- solo alcancé a decirle: “Por favor manéjate bien que la “Madame” está buscando chicas para trabajar.

*Ubaldo Manuel Díaz,sacerdote. Premio nacional de cuento y poesía. Ciudad Floridablanca.

 

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