Sin apagar los micrófonos se escuchan vulgaridades de todos los calibres. Y quienes de verdad ejercen el control político son Luis Carlos Sarmiento, los Gilinkis. Grupo Antioqueño y los pollitos Santo Domingo.
Por Rafael Sarmiento Coley
Escuchar una sesión de Senado o Cámara es como revivir los tiempos de los braceros y estibadores de los puertos colombianos. Ese es el lenguaje actual del Congreso colombiano.
Se insultan entre sí, se mientan la madre, se tildan de homosexuales. Pero tapan, como el gato, todas las malolientes y abundantes materias que salen de sus tripas a causa de tanta mermelada, soborno y coima para aprobar los más atroces proyectos en contra de las clases más necesitadas.

Lo más doloroso es que esta sátrapa de ‘defensores del pueblo’ no digan ni mú ante los atropellos de Gobierno y Gremios diabólicos que aprueban en la oscuridad de la noche un miserable salario mínimo que es el más bajo del mundo.
Colombia acaba de aprobar el salario mínimo legal mensual por el equivalente a un millón de pesos (unos 249 dólares).
Bolivia, que es un país más pobre que Colombia y con menos “formación política”, fijó un salario mínimo por 309 dólares; Ecuador lo fijó en 425; Chile en 441, Uruguay en 42.
Nadie promovió un debate de control de garantía, de justicia para más de 40 millones de colombianos pobres, en el maloliente capitolio colombiano ninguno de los 188 Senadores (que se ganan $34 millones mensuales y si uno de ellos se muere hoy, en este instante esa pequeña suma pasa por lo siglo de los siglos a la esposa, a los hijos, a los nietos, a los biznietos, mientras que el resto de los mortales colombianos su mesada se acaba al acabar su vida, como consecuencia de los sobornos de los fondos de pensiones encabezados por el de Sarmiento Angulo, que para ello patrocina las campañas electorales de todos sus parlamentarios eunucos).
Desde cuando Bolívar fue Presidente de la República (hace 202 años), todo ha sido así. Una elección tras otra. La escogencia de los mismos con las mismas.
Salidos de los tugurios
Lo que más duele de la realidad del Congreso Colombiano es que la mayoría senadores y representantes nacieron y se criaron en los tugurios más abandonados de las ciudades del país que, por lo tanto, deberían ser solidarios con esos centenares de jóvenes que fueron sus compañeros de juego de bola de trapo y chequita. Con el mayor desparpajo así lo confiesa una congresista prófuga: “A los 13 años tuve mi primera experiencia sexual inducida por mi padre para ayudar a un mochilero que necesitaba 100 mil votos para un candidato a Senado. De ahí en adelante mi vida cambió y lo entendí como lo más natural, usar mi cuerpo para hacer política”.
Otro malandrín salido de las entrañas de un barrio pobre de invasión denominado “7 de Abril”, era el aguatero de un candidato a Senado que todos los fines de semana llevaba un conjunto vallenato y una novia, (distintos novia y grupo musical), para animar las reuniones en las cuales se repartían cajas de ron blanco ‘elaborado’ en un estanquillo ilegal de un sujeto a quien llamaban el ‘Pollo’.
El estímulo era un pastel con carnes semipodridas, dos botellas de ron de las pequeñas y dos camisetas ‘chinas’ que con la primera lavada se desmigajaban.
El 90 por ciento de esa gente sigue allí malviviendo en el ‘7 de Abril’. Sin pensión ni ningún otro auxilio estatal.
Los miserables
Si los 182 Representante a la Cámara y los 172 Senadores ejercieran una tarea como Dios y las leyes mandan, pues serían dignos de aplaudir y hasta de colocar estatuas en el respectivo barrio o pueblo donde nacieron.
No es así, frente a la realidad de su comportamiento en que, parodiando la célebre novela de Víctor Hugo,(‘Los Miserables’), hay leyes que condenan a la cárcel a un pobre miembro de una familia que se roba un mendrugo de pan para llevar algo de comer a su casa. Luego, tras un largo andar, ese pobre hombre se convierte en un ser peligroso, que detesta a una sociedad que lo indujo a ser malo.
Y eso es lo que hacen en Colombia los ‘honorables 360 miembros del Parlamento. De mala leche y sin la menor vergüenza legislan en favor de los grandes señores que financian sus reelección eterna. Tapan las heces que en forma pública defeca un fiscal que envenena testigos para sepultar un tremendo escándalo en donde estaba de por medio la firma brasilera Odebrecht.

Son, como lo dice Víctor Hugo, unos miserables de alma podrida que aprueban leyes para aumentarse sueldos y mesadas hasta de un 40 por ciento, mientras que para el resto de la población les eliminan dos mesadas al año por orden del expresidente de la República de turno Álvaro Uribe (uno de los más beneficiados con las oscuras fortunas paisas y el capo Luis Carlos Sarmiento Angulo), y establecen que las pensiones no recibirán el aumento del salario mínimo. Y, lo que es aún más miserable, las mesadas de los Congresistas y los presidentes y vicepresidentes de la –República muy parecida a las del Congo Belga–, se incrementan el doble del salario mínimo, y no prescriben cuando, por fortuna, el titular muere y pasa a la pansa de los gusanos a la última paila del invierno, sino que pasan in saecula saeculorum a todos sus descendientes hasta la quinta generación.











