Por Óscar Tobón
El último fin de semana de noviembre invité a un amigo venido de la tierra del tango y el mate para que el lunes de la semana siguiente fuéramos a ver un clásico del deporte sudamericano. Esta vez no nos convocaba él futbol ni el tenis o el basquetbol, disciplinas en las cuales los albicelestes son potencia mundial.
En esta oportunidad íbamos a ver la contienda beisbolera entre Colombia y Argentina correspondiente a la primera fase de torneo de pelota de los Juegos Panamericanos junior, Cali, Valle, 2021.
Aunque parezca extraño, cuando se lo propuse él respondió sin vacilar «agendado, nos vemos el lunes», y remató diciendo, como si conociera mucho sobre la también llamada ‘pelota caliente’: «Ojo y les ganamos».
Llegado el día del juego, a eso de las 5pm, me chateó preguntándome si pasaba por mí. Le contesté que más bien lo llevaba al estadio. Cuando llegué a la puerta de su edificio el reloj marcaba las 6 pm y él, como todo un centinela, me esperaba bajo el manto de la noche. Me sorprendió verlo con pantalones largos de color negro, prenda que él casi nunca utiliza. Al abrir la puerta del carro, donde lo esperábamos otro amigo y yo, con un acento muy porteño dijo «chicos, buenas noches».
Ya rumbo al diamante le fui explicando que por ser un campeonato juvenil se jugaba a siete innings y no a nueve, como regularmente sucede, y luego bromeando le solté lo siguiente: «ojo, hoy no juega Messi», y él dejó escapar una risa burlona. Justo cuando ingresábamos al Edgar Rentería empezaba a sonar el «oíd mortales», el grito sagrado. Antonio levantó su mano derecha y la agitó como si estuviera en el parque Roca de Buenos Aires a punto de ver la serie final de una Copa Davis de tenis.
Nos acomodamos en la sillas detrás del home para observar lo que él llamaría dos episodios más tarde una masacre, pues ya a esa altura del match los hijos de San Martin llevaban tres carreras a cuestas. Él mientras tanto bostezaba y se bebía una cerveza a tragos largos. En esas estaba cuando el monteriano Jordán Díaz bateó un home run para impulsar tres carreras, más mi amigo de las pampas miró hacia el cielo y preguntó: ¿»y eso qué es». Yo solo me reí.

Después de la magistral jugada, el manager argentino cambió el pitcher y el señor Cordonnier viendo lo que pasaba en el centro del terreno dijo «¡che!, eso parece una reunión kirchnnerista», y se rio socarronamente. A pesar del relevo del lanzador, la hemorragia de hits y carreras fue cada vez más grande para los cafeteros. En la parte alta del cuarto episodio, con sus paisanos al bate y doce rayitas en la bolsa, el profe, como cariñosamente le decimos en el trabajo, se levantó de su asiento y le preguntó a Alfredo, nuestro otro compañero, que si quería ir por una pizza, a lo cual ese santandereando costeñizado aceptó. Cuando volvieron, la pizarra electrónica marcaba la parte baja del cuarto inning. No bien se habían acomodado y masticaban una porción de la pizza cuando los nuestros empujaron dos rayas más, para el 14 a 0 definitivo, y Antonio soltó una frase que causó en mí una corta carcajada: «tranquilos, en el quinto empatamos, lo que pasa es que nosotros somos así, lentos».
Cayeron los tres outs de la entrada y el umpire dio por terminadas las acciones tras aplicar la regla del nocaut, que se aplica en estos torneos cuando la diferencia en el marcador es muy amplia. Le explique eso al profe mientras terminaba la pizza, él solo atinó a decirme: «me engañaste, che, me trajiste a ver siete innings y solo vi cinco».











