Cuenta el filósofo Soren Kierkegaaed que en la costa de Zelandia vivía un hombre que le gustaba observar las grandes bandadas de gansos salvajes que cada año emigraban hacia el sur.
Por: Oscar Flórez Támara
Su sentido caritativo lo llevó a dejarles comida en un arroyuelo cercano. Después de un tiempo algunos gansos ya no se molestaban en emigrar hacia el Sur, se quedaban todo el tiempo en Dinamarca alimentándose de lo que este hombre les daba.
Al paso del tiempo volaban cada vez menos y cuando regresaba el resto, los que habían quedado remontaban el vuelo para recibirlos, sin embargo, regresaban invariablemente al lugar donde se encontraba la comida sin esfuerzo. Después de varios años se hicieron tan flojos y estaban tan gordos que a duras penas podían volar. El filósofo llegó a la siguiente conclusión: es posible domesticar gansos salvajes, pero jamás será posible volver salvaje a los gansos domesticados. El ganso que es domesticado ya nunca más podrá ir a ninguna parte.
Le conté a mi padre que lo había leído del filósofo danés. Mi padre, que no tragaba entero, inmediatamente entró en acción. Me dijo que esa observación miraba un solo lado. Que las cosas de la vida había que sopesarlas desde diferentes ángulos y diversos puntos de vista. Que lo caritativo nada tenía que ver con la solidaridad.
Que encontrar comida permanente en un lugar no denotaba, en el caso del ser humano, que este fuera a perder su creatividad, su avance, su desarrollo, todo lo contrario, esto lo llevaría a ahorrarse una serie de esfuerzo, una cantidad de energía que la aprovecharía proyectando otras cosas hacia a el futuro. Que no perdiera de vista que el ejemplo lo que rescataba era lo salvaje, y por tal razón esto no podía ser motivo de admiración para aplicar como una moraleja de pereza o flojera y la pérdida del vuelo.
Mi padre me puso a pensar. Yo no quería dejar mal parado al filósofo. Siempre he admirado a este pensador de altos quilates. Desde el momento que penetré en su obra me hizo cavilar muchas noches. Pensamientos hilvanados llegaban y se iban. Me encontraba incómodo buscando una respuesta contundente para darle a mi padre. Él me observaba. Yo sentía que sus pequeños ojos se clavaban en mi rostro para ver que forma tomaba. No dejaba de observarme. Me conocía al dedillo y sabía que no me iba a quedar callado. Estaba en silencio. Esperaba que yo ripostara. El contraataque se veía venir y él no era ajeno a un comportamiento que había sembrado en su hijo. Conocía mi temperamento de difícil entrega. Una gota de agua reflejada en el espejo éramos los dos.
Sí, padre. Pude decirle. Si bien es cierto que el filósofo se afianza en lo salvaje, esto no puede descalificar el juicio de conclusión al que llega. Piense que él mira el facilismo como un agravante en conseguir la comida con el menor esfuerzo, lo cual es un peligro para un individuo o una sociedad que solo al estirar la mano ya tiene su comida conseguida y que podría quedarse en la mera comida, en llenar el estómago a un estilo Sancho-pancista que jamás lo llevaría a luchar por cosas nobles y elevadas.
Que si la naturaleza, en el caso de los gansos, los dotó de alas, ellos podrían perderlas y volverse simples aves de corral. Lo mismo podría pasar con el humano que se le da la comida sin el menor esfuerzo, pronto lo estaríamos viendo barrigón y con un cerebro en desuso, perdiendo entonces la capacidad de lucha por tener a la mano lo más elemental y primario como es la alimentación. Es así como pienso que el maestro quiso mostrarnos la fábula. Así lo leo entre líneas.
No hijo. No lo tomes tanto entre líneas. Me contestó mi padre. Piensa qué hubiera sido del ser humano si siempre hubiera andado errante en busca de comida. Su vida fuera más corta y las luchas más encarnizadas. Jamás hubiera proyectado otras cosas. Las ciudades no existirían. Sus sueños y sus metas serían apenas de estómago.
Es así que no podemos creer que la especie humana por tener la comida al alcance de la mano lo va a volver flojo y gordo y perder su cerebro, en este caso la imaginación que lo hace volar, todo lo contrario, entre más tenga tiempo disponible para pensar, su imaginación siempre irá más lejos, no lo llamemos ocio creativo, sino necesidad altamente humana y decente. Incluso, si el ser humano ya hubiera resuelto lo de la comida, estaría en otras dimensiones. Las guerras y sus atrocidades serían pocas, si es que existieran, porque la naturaleza del humano es la de explorar el cosmos, otras posibilidades de mejor vivir. Es un jugador de destino alto, de creatividad, alegría y permanente sueño de niño, lo contrario es extraordinario en ciertas personas que no han entendido la alegría de vivir. Mi padre me miró a los ojos. Estrechó mi mano y nos despedimos.











