Por: Francisco Figueroa Turcios
Apolinar Barreto Díaz alterna su labor en el proyecto social La Ruta del Color con su pasión por la música (Serie: Los rostros ocultos del éxito de la Ruta del Color (6))
En las calles de San Juan de Betulia, donde las casas de techo de palma amarga y de paredes de caña con revestimiento de boñiga de vaca respiran memoria, el nombre de Apolinar Barreto Díaz se pronuncia con el mismo respeto con que suenan las congas en una tarde sabanera.
Es un artista empírico, de esos que aprendieron a pintar antes que a teorizar el color, y que han hecho del talento una forma de servicio comunitario. Su trayectoria se teje entre murales, camisetas estampadas y delicadas manualidades, pero también entre ritmos y tarimas..
Llegada a la Ruta del Color

La llegada de Apolinar a La Ruta del Color no fue fruto del azar sino del entusiasmo. Aunque al principio desconocía el proyecto, todo cambió cuando, en medio de una gira musical, recibió el llamado de Óscar Ortega, líder de la iniciativa.
“La idea de pintar las casas de techo de palma amarga y de paredes de caña con revestimiento de boñiga de vaca fue estupenda y ese fue el detonante que me llevó aceptar el reto de Òscar para involucrarme en el colectivo de pintores que harían realidad este estupendo proyecto social para convertir a San Juan de Betulia en un punto obligado en la ruta turística de nuestro país ”, destaca Apolinar Barreto sobre la idea del proyecto de la Ruta del Color
Prometió aportar su grano de arena y, al regresar de la gira, se integró al colectivo de pintores. Su primer trazo quedó en la recordada casa de las pintas del sombrero vueltiao, símbolo de identidad y tradición.
“Veo algo muy hermoso en el embellecimiento de las casas que se convierten en vitrina de arte con su colorido, y que nos hacen recordar esos lindos tiempos que vivimos con nuestros abuelos, llenos de paz y tranquilidad”, resalta Apolinar Barreto. Para él, cada fachada intervenida no es solo estética: es memoria viva, es homenaje a la herencia sabanera.
La pintura su pasión

Desde niño, Apolinar, mostró inclinación por la pintura. Sus primeros trabajos fueron tareas escolares que resolvía con creatividad intuitiva. Nunca tuvo un referente específico ni estudió artes plásticas; se declara empírico con orgullo. “Siempre traté de hacerlo un poco diferente al original”, argumenta Apolinar, como quien entiende que el arte comienza cuando uno se atreve a interpretar el mundo con mirada propia.
En su adolescencia, cuando cursaba el bachillerato en el antiguo Colegio San Juan Bautista, soñaba con ser piloto de aviación. La aviación le fascinaba, pero las limitaciones económicas de su familia hacían difícil alcanzar ese anhelo. Sin embargo, el cielo no le fue negado del todo: lo encontró en los murales que elevan la mirada del pueblo y en la música que vuela sobre los techos de palma cada vez que su percusión marca el compás.
Pinta de día y toca de noche

Apolinar Barreto alterna su labor en el proyecto social La Ruta del Color con su pasión por la música: es percusionista en la agrupación sabanera Los Chelys de la Sabana y acompaña al grupo vallenato de Javier Guarín y Jhon Salcedo. En el campo musical comenzó tocando la caja vallenata; hoy, sus manos dialogan con las congas, marcando el pulso festivo que identifica a la región.
Apolinar representa esa otra cara de San Juan de Betulia: la del artista que no se encierra en una sola disciplina, que pinta de día y toca de noche, que entiende el arte como puente entre cultura y turismo. Cree firmemente que la Ruta del Color muestra la riqueza cultural del municipio y abre nuevas posibilidades económicas para su gente.
Su mayor deseo es que el proyecto se sostenga en el tiempo, que continúe embelleciendo el pueblo y cosechando éxitos. Y mientras haya una pared por pintar o un tambor por sonar, allí estará Apolinar Barrero Díaz, demostrando que el arte —cuando nace del corazón del pueblo— no necesita diplomas para ser grande, sino compromiso, memoria y amor por la tierra que lo vio nacer.
Aterrizaje forzoso

Y así, entre pinceles que acarician el bahareque y congas que despiertan la noche sabanera, Apolinar entiende que su verdadera obra no está solo en los muros ni en los escenarios, sino en el corazón colectivo de su pueblo
Porque cada casa pintada en San Juan de Betulia no es únicamente una fachada embellecida: es una familia que se siente orgullosa, es un niño que crece viendo colores donde antes había desgaste, es un visitante que descubre que aquí la cultura no es discurso, sino vida cotidiana. Y cada golpe de tambor que resuena en una fiesta patronal o en una plaza pública es también una declaración de identidad, una manera de decir: seguimos aquí, creando, resistiendo, soñando.
Apolinar no pudo pilotar aviones, pero aprendió a volar de otra manera. Vuela cuando el rojo y el azul se funden en una pared recién pintada; vuela cuando el cuero de la conga vibra bajo sus manos y hace que el pueblo entero marque el mismo compás. Vuela cuando entiende que su talento, más que un don personal, es un servicio social.
En Apolinar, el arte no compite: se complementa. El mural y la música se abrazan como dos formas de sembrar esperanza. Y mientras existan paredes por rescatar y ritmos por tocar, Apolinar Barreto Díaz seguirá demostrando que la cultura es el camino más digno para transformar un territorio: pintando memoria de día y tocando futuro de noche.











