Cualquier parecido entre los envenenamientos en Rusia y el exterminio de líderes sociales en Colombia es mera coincidencia de la vida real.
Por Rafael Sarmiento Coley

Rafael Sarmiento Coley, director de www.lachachara.co
Estas prácticas sanguinarias para mantenerse en el poder no son nuevas ni tienen mayores diferencias entre unas y otras. Siempre están de por medio los envenenamientos, la muerte colectiva de opositores, el asesinato selectivo de rivales en potencia o estorbos pasajeros en la carrera política de un cerebro carcomido por la ambición de poder. Que es la peor de todas las ambiciones.
En Rusia, Vladimir Putin es el ‘todopoderoso’ político sempiterno presidente desde 1999, hasta hoy, con algunos intervalos, como cuando en 2008 sacó del escaparate a un calanchín llamado Dmitri Medvédev, porque en ese momento la Constitución de la Federación Rusa (antigua Unión de Repúblicas Social Socialistas Soviéticas, Urss), no le permitía una tercera reelección inmediata. Lo mismo que en Colombia en los tiempos de la ‘Yidispolítica’..
Es el típico político misterioso que, a veces, muestra la cara de demócrata, cuando son pocos los rusos que no conocen su verdadera ideología basada en tesis del pensador ruso Iván Ilyin, denominada “Facismo Cristiano”, con dogmas muy cercanas a las tesis de Hitler, aunque lo disimula muy bien, cosa en lo cual es muy hábil para esconder el color de su piel como el camaleón. En todo caso es un autoritario, despótico y con sangre fría para darle el cianuro o un soplo de gas venenoso a quien se le atreviese en el camino, Lo mismito que aquí en Colombia. Si estorbas, da un paso al costado si no quieres caer en una fosa común.

Como diría un politólogo barranquillero residente en Bogotá, refiriéndose a Vladimir Putin, «quien lo ve ahí con su carita de yonofui y es el maestro del envenenamiento silencioso».
Nacido en octubre de 1952 en Leningrado (hoy San Petersburgo), en una familia pobre de remate, tras la muerte de sus dos hermanos mayores, todo el esfuerzo de padre y madre se lo dedicaron a Vladimir, quien alcanzó a graduarse con nota sobresaliente como abogado en la universidad de su ciudad natal. Su paso a ser miembro del Estado fue con la velocidad de un rayo, debido a sus tempranas ambiciones y habilidades. En poco tiempo, ya era miembro de uno de los servicios de inteligencia más estructurados y tenebrosos del mundo, sin mordazas ni ataduras morales para quitar del medio a un rival interno o un enemigo externo. Desde 1975 hasta 1991 fue director de la KGB. Luego, en julio de 1998 es designado director del Servicio Federal de Seguridad (FSB), que sustituyó a la ya vetusta KGB. 23 años dirigiendo la agencia de inteligencia más inescrupulosa del mundo. Lo que le facilitó un mundo de conocimiento en todos los niveles, hasta en los pequeños detalles de alcoba de los más poderosos de la política y la economía subterránea. Y, como se sabe, conocimiento es Poder.
Además, gracias a esos cargos claves en la seguridad del Estado, manejaba la información más útil en manos de un joven ambicioso que quiere llegar pronto a ser el centro de la política. Y llegó para quedarse. Desde el 31 de diciembre de 1999, tras la renuncia irrevocable de Boris Yetsin, (servicios secretos de occidente no descartan que la dimisión haya sido forzada porque el jefe de la agencia de inteligencia le había descubierto un desvío de dinero para importar los mejores licores porque se había convertido en un dipsómano y degenerado sexual).
Desde entonces, hasta hoy, en la antigua URSS ni en la presente Federación Rusa, no se mueve un portero sin el visto bueno de Putin, quien en verdad es un político del putas para lograr, a punta de cianuro y gases venenosos, quitar de en medio a cuanto enemigo le sale al camino.
Una costumbre vieja
Según la agencia Forbes, el “envenenamiento de opositores es un problema frecuente en Rusia”. El caso más reciente es el del opositor Alexéi Navalni se une a una lista de críticos del Kremlin que han sufrido envenenamiento o intoxicación.
El último caso notorio de envenenamiento fue el del exagente ruso Serguéi Skripal, de 66 años, y su hija Yulia, de 33 años, el 5 de marzo de 2018, cuando fueron hospitalizados en estado crítico en Salisbury (Inglaterra), tras sufrir dos días antes una intoxicación -en un parque- por un gas nervioso de naturaleza militar de fabricación rusa. Ambos se salvaron.
Desde el principio, el Gobierno británico apuntó al presidente ruso, Vladímir Putin, como “altamente probable” de ser el responsable del envenenamiento, teoría también secundada por Estados Unidos y la Unión Europea.
No tuvo igual fortuna el antiguo agente ruso Alexandr Litvinenko, quien falleció en un hospital londinense en noviembre de 2006 por envenenamiento con polonio 2010, una sustancia altamente radiactiva.
Litvinenko se entrevistó con dos compatriotas rusos, Andréi Lugovói y Dmitri Kovtun, en un hotel antes de ser envenenado. Ambos fueron hospitalizados en Moscú en diciembre con síntomas de radiación y, además, la policía alemana halló trazas radiactivas en el piso de la exmujer de Kovtun en Hamburgo.
La periodista Anna Politkóvskaya cayó enferma en septiembre de 2004 después de tomar té en pleno vuelo mientras se dirigía a la república caucásica rusa de Osetia del Norte para cubrir la toma de rehenes en la escuela de Beslán. Sobrevivió, pero en octubre de 2006 un pistolero la asesinó frente a su piso en Moscú.
45 años de veneno corrido
También en ese septiembre de 2004, el entonces candidato de la oposición en las elecciones presidenciales ucranianas, Víctor Yúschenko, fue envenenado durante una comida con una toxina que desfiguró su rostro en plena campaña electoral. Médicos austriacos confirmaron después que Yúschenko, que se enfrentaba al prorruso Víkctor Yanukóvich, había ingerido una dioxina del tipo TCDD, altamente cancerígena.
Ganador de los comicios, que tuvieron que ser repetidos por fraude después del estallido de la Revolución Naranja, Yúschenko tomó posesión de la presidencia de Ucrania en enero de 2005.
Durante la Guerra Fría, el servicio de inteligencia exterior del KGB soviético utilizó prácticas de envenenamiento con cierta asiduidad. En 1959, el líder nacionalista ucraniano Stepán Bandera murió tras ser tiroteado con una pistola rociadora de cianuro que el asesino llevaba escondida en un periódico.
Dos décadas después, otro sicario mató con un paraguas en el que se había insertado veneno al disidente búlgaro Georgui Markov en la parada de un autobús en el puente de Waterloo en Londres.
Han sido 45 años de sostener el poder omnímodo a punta de veneno, con una plataforma económica-criminal que tiene aliados, cómplices o compinches a quienes Putín, un Maquiavelo del putas, permite que hagan fortunas de manera ilegal para que financien sus campañas, en las cuales siempre sale gananciosos con ventajas hasta de un 76,69% sobre sus inmediatos rivales.
En Colombia, el plomo
Desde hace más de medio siglo Colombia vive un infierno peor que el ruso. Porque aquí, en la mayoría de las veces cae muerto un caudillo, pero no se sabe quién ni por qué disparó.
Todavía está vivo en la mente de los colombianos el exterminio de toda una colectividad política, luego de haberse firmado un acuerdo de paz con sectores subversivos de izquierda. Se acordó firmar un pacto de ‘no más plomo, sí a los votos en las urnas’. ¡Qué va!
En 1984 el establecimiento colombiano (las tres ramas del poder público, fuerzas militares, servicios de inteligencia), se comprometieron a garantizar la vida y honra de los militantes de un partido nuevo, la Unión Patriótica (UP) que ponía fin a otros 30 años de sangre y plomo.
No bien se había secado la tinta en donde se firmaron esos acuerdos, cuando comenzó el más inhumano genocidio de todo un colectivo político que, de manera sincera y honesta, había dejado la lucha armada, para acudir a las urnas en el escenario público.
Genocidio que se extendió hasta 2000, con saldo de 4.153 asesinatos, entre ellos dos candidatos presidenciales –Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo Ossa–; cinco congresistas –Leonardo Posada, Pedro Jiménez, Octavio Vargas, Pedro Valencia, Manuel Cepeda Vargas (padre del actual senador Iván Cepeda Castro–; 11 Diputados; 109 Concejales; 123 exconcejales; 12 exalcaldes y 8 alcaldes en ejercicio. Fue el más brutal exterminio físico. ¿Por parte de quién? “Fuerzas oscuras que no quieren la paz”. Nadie sabe quiénes conforman y dirigen esas fuerzas oscuras.
Pero sí se sabe quiénes crearon, organizaron, financiaron y protegieron a las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), una organización terrorista y contrainsurgente de extrema derecha, que terminó al servicio de uno de los sectores políticos que ha predominado la vida pública colombiana en los últimos 40 años, con alianzas poco ocultas con los carteles de la droga, y con los más descarados actos de corrupción en ministerios y en contratos con los sectores público y privado, en un amangualamiento infernal.
En Colombia también funcionó el cianuro

Jorge Enrique Pizano, primera víctima de la estrategia de eliminación del enemigo con cianuro. Era el testigo clave en el escándalo de Odebrecht y varios políticos y personajes del sector financiero y abogados.
En diciembre de 2018, en medio de uno de los peores escándalos por corrupción en donde estaban de por medio de firma contratista brasilera Odebrecht, dos exministras colombianas, el entonces Fiscal General, Néstor Humberto Martínez Neira, casi todas las empresas del sector bancario, de construcción y de seguros del grupo que lidera el multimillonario Luis Carlos Sarmiento Angulo, apareció el veneno en la política colombiana.
Hasta entonces la sangre corrió a chorros en magnicidios, genocidios, masacres, burrobombas, motobombas, carro bombas y hasta el derribamiento de un avión repleto de pasajeros. Siendo lo más repugnante el exterminio de la UP, presentado ante la Corte Penal Internacional, que lo elevó a la categoría de Delito de Lesa Humanidad “porque se trató de un plan siniestro de sectores políticos tradicionales, con agentes de seguridad del Estado, Ejército, Policía, Inteligencia Oficial, narcotraficantes cercanos a ciertos jefes políticos y autodefensas”.

Alejandro, quien voló de urgencia desde España tan pronto supo de la muerte de su padre Jorge Enrique, de manera inocente tomó de la misma botella de agua azucarada que tenía el cianuro. Y también murió,
Entonces, ese diciembre de 2018, Jorge Enrique Pizano, el principal testigo en el caso de los sobornos y sobreprecios de Odebrecht para hacer un tramo de la carretera que conecta a Bogotá con la Costa Caribe, aparece muerto. Lo llevan a medicina legal, y el dictamen indica de manera clara y sin lugar a duda, que había sido envenenado con cianuro. Su hijo Alejandro, quien se encontraba en el exterior, al enterarse de la noticia, se viene de inmediato, va a la oficina de su padre, encuentra una botella de agua azucarada que su padre acostumbraba a ingerir, y toma dos sorbos. Intoxicación inmediata y muerte posterior en una clínica. Diagnóstico, cianuro.
Todo ello ocurre en el curso de estos últimos 20 años, con una constante macabra. En el año 2016 fueron asesinados 61 líderes sociales y defensores de los Derechos Humanos; en 2017 la cifra subió a 84; en el 2018 se creció más, a 115, y en el 2019 bajó a 108.Algo extraño. Y en lo que va de este año, en medio de la cruel pandemia del Coronavirus, las almas diabólicas que cometen estos crímenes y son los responsables de las fosas comunes en alianza con los responsables de los centenares de muertos en la denominada estrategia criminal de los ‘falsos positivos’, han asesinado a 49 líderes sociales, según datos confiables de Organizaciones No Gubernamentales.
Este sábado se conmemoró el Dia Internacional de Homenaje a las Víctimas del Terrorismo, campo en el cual Colombia tiene el triste récord de 85.703 afectados.











