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Amigos, simplemente amigos, y nada menos

Cuando Angie Quiroz Castellar habló de Mi mejor amigo hetero, varios hombres y mujeres viraron para mirar a Leopoldo Gómez Ramírez. El economista mexicano, director del programa 400 Voces de la Universidad del Norte, decidió elaborar su respuesta. 

Por Leopoldo Gómez Ramírez

Sé que en la cultura barranquillera pensarlo es extraño, quizás tan extraño como imaginar que se puede vivir sin prestarle atención al “qué dirán”. Pero, en efecto, un hombre y una mujer ambos heterosexuales sí pueden ser amigos.

Sí, solo amigos. Sin deseos reprimidos. Sin que en realidad uno(a) esté secretamente enamorado(a) del otro(a). Sin que uno de los dos esté en el closet. Sin escenas bobas de celos. ¡Sin que siquiera uno los dos sea claramente feo! Resumen: amistad de “llaves, llavecitas cerradas” y más nada, fin del asunto.

Mi amiga Angie y yo, ambos heterosexuales y ninguno feo (modestia aparte), hemos sido amigos, simplemente amigos, y nada más, en la mismísima costa Caribe por ya casi dos años.

Quizás más de algún(a) lector(a) frunza el ceño, se ría, y más bien crea que todo esto de los “amigos heteros” es pura habladera de paja para ganar más lectores, llegar a ser influencers, tener muchos likes y satisfacer todos los cuentos “sociales” que afligen a los milennials y no tan milennials actualmente.

De hecho, para ser claros, la propia memorable canción de Ana Gabriel después del “amigos simplemente amigos y nada más” prosigue preguntando “pero ¿quién sabe en realidad lo que sucede entre los dos?”

¿Será entonces que yo en realidad estoy hablando paja y debería más bien reconocer que “cuánto daría por gritarle mi amor” a Angie? La respuesta corta es no. La respuesta larga es que nada daría por gritarle mi amor por la sencilla razón de que le puedo gritar mi amistad y ésta no está seguida de un “y nada más” sino de un “y nada menos”.

Lo voy a decir de una: Ella y yo hemos cultivado una amistad que no le envidia nada a un romance, o al menos así lo creo yo.

Ofrezco seis ejemplos concretos que demuestran la bacaneria de esta amistad:

  1. A mí me gusta mucho ponerme a platicar un sinfín de cosas de todo tipo con ella y saber que a ella le interesan; cosas que van desde las ideas sobre el origen de la vida en la Tierra, de Aleksandr Oparin, hasta el día que miré en vivo a Chavela Vargas cantar “Paloma negra”, pasando por mi glorioso pasado en la “yuniverchity of machachuchets” (que es así como ella me la monta llamando así a mi querida alma mater).
  2. A mí me gusta mucho escucharla a ella aún si, lamentablemente, a veces no se lo demuestro como debería.
  3. Supongo que ella se divirtió mucho cuando la ubiqué espacio-temporalmente respecto a la belleza de sus senos (aquí las feministas probablemente, y con algo de razón, se están enojando conmigo).
  4. Me escuchó con paciencia ¡y sin reírse! cada una de las varias veces en que me lamenté porque su amiga, la innombrable D, no me dio oportunidad de conocerla ni un poquito; ustedes tampoco se rían, por cierto.
  5. Cuando le canto “La maldita primavera” de Yuri me escucha con el cariño que sólo se le puede tener a un gorrioncito (muy) desafinado pero que canta desde el corazón y sin miedo al ridículo.
  6. Y esto es lo genuinamente importante, yo sí creo que tanto ella como yo nos preocupamos sinceramente por el bienestar del otro(a).

Así pues, estimado público, la verdad es que Angie y yo somos heterosexuales, no somos feos y hemos decidido ser amigos, simplemente amigos y nada menos, y todo esto ha sucedido bajo sus propios ojos en la costa Caribe. Ana Gabriel le gritaba al mundo el deseo de gritar su amor reprimido. Nosotros lo que hemos estado haciendo en este espacio público es simplemente gritarle al mundo costeño nuestra amistad. (Naturalmente, para que ya de plano jamás se pueda terminar… ¡deberíamos emborracharnos en un concierto de la propia Ana!).

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