El ex presidente, actual senador y estandarte del Centro Democrático instó a sus seguidores en Barranquilla a mantener su discurso de seguridad democrática.
Por Jorge Sarmiento Figueroa – Editor general
A Álvaro Uribe Vélez le siguen haciendo caminos reales y vítores en los escenarios del país. Hay que reconocer que no le pasa lo que a otros dirigentes en estos tiempos de campañas a quienes sus seguidores aplauden por hipocresía. En el caso de Uribe se nota fervor apasionado. Y Barranquilla no es la excepción.
Este jueves, 4 de junio, en el hotel Sonesta, más de 500 personas en su mayoría empresarios se dieron cita para escuchar al ex presidente.
Asistieron entusiasmados, se aglomeraron para entrar al recinto y lo recibieron como a un rey león. No lo llamaban ex presidente, ni senador. Para ellos sigue siendo ‘El Presidente Uribe’.
«¡Presidente! ¡Presidente! una foto por favor», le pidieron varias señoras, los hombres también perdían la compostura. En la India ese magnetismo de los seres especiales genera en las multitudes el deseo de su mirada, para recibir lo que en la milenaria cultural oriental se denomina el ‘darshan’. En Barranquilla, este jueves, no era tanto el ‘darshan’ como la ‘selfie’ con Uribe.
Parecía un elefante, pero…
Hace una década, cuando vivía su mejor momento en el poder, Uribe era capaz de batirse como un león poderoso durante más de 10 ó 12 horas seguidas, exacerbando a los colombianos a tener mano dura contra la guerrilla. Ahora, diez años después, llegó tranquilo a la ‘Arenosa’, sin aspavientos, sin ánimos de rugir. Saludó a todos de manos, fotos y abrazos -esa costumbre es su sello perenne-, subió al escenario, esperó a que los senadores Jaime Amín y Honorio Henríquez dieran el discurso inicial, y luego él tomó la palabra con voz de animal manso.
Parecía que hubiera dejado de ser el león que fue y se hubiera convertido en un elefante cansado que se retira de la manada al llegarle la vejez. Por ejemplo, contó que llevaba varios días sin hablar con los medios, y confesó que un periodista lo había llamado en privado a preguntarle que porqué el silencio. Él le respondió: «Yo lo que quiero ahora es sentarme a ver crecer a mis nietos, en una Colombia en paz».
Pero todo fue un espejismo. Apenas empezó el contenido central de su discurso se escuchó la palabra ‘seguridad’, que se fue repitiendo una y otra vez como antónimo de Juan Manuel Santos y de Farc. «La seguridad de Colombia no puede ser como el juego de los soldaditos de plomo en el que la guerrilla le mata soldados al Ejército y luego Santos le manda a matar comandantes fantasma. Eso no es justo con el país», expresó. Y cuando se dio cuenta que había repetido la palabra más de veinte veces, se hizo consciente del animal que ahora quiere ser, e invitó a sus siete millones de adeptos a que se vuelvan como él: «Tenemos que convertirnos en el sirirí de este país, si no queremos que los narcoterroristas de las Farc se tomen el poder».
El sirirí es un pájaro pequeño del continente americano que habita desde los Estados Unidos hasta Argentina y que se caracteriza por ser tan agresivo en defensa de su territorio que es capaz de ahuyentar incluso a aves cazadoras como el caracara. «Todo gavilán tiene su sirirí», suele decirse popularmente en Colombia, indicando que hasta el más fuerte tiene alguien que puede molestarlo. «Sirirí» también se le conoce a una persona cansona e insoportable. Lo de Uribe es una clara alusión a que no quiere descansar en su oposición a Santos y que la paz, con una negociación de tú a tú con la guerrilla, no es una palabra conjugable en su vocabulario.
El saludo del alcalde de Doral, Florida, EU
En medio del discurso, que Uribe manejó como un Consejo comunitario con participaciones de los asistentes, llegó Luigi Boria, alcalde de Doral, Florida, quien estaba de visita oficial en Barranquilla como invitado de honor de la alcaldesa Elsa Noguera. Boria es venezolano y opositor al gobierno de Nicolás Maduro.
Así que se unió al evento de Uribe con el mayor entusiasmo, como los 500 empresarios, y llegó a la mesa principal a decirle: «felicitaciones, ex presidente, por su firmeza para ayudarnos a enfrentar lo que está sucediendo en Venezuela». Casi enseguida se despidió, pues tenía que viajar en el vuelo de retorno de America Airlines, aerolínea americana que se había ido de Barranquilla y este 4 de junio regresó. Uribe le dio la mano al alcalde en señal de solidaridad, y con el micrófono en mano le respondió: «váyase tranquilo, que aquí seguimos la lucha. Asegúrese usted de que Estados Unidos no vaya a entregar al bandido de Simón Trinidad».
A Uribe poco le importa que la mayoría de los colombianos le rehuyan a su discurso. «Están engañados quienes creen que Santos busca la paz poniendo en el mismo nivel a los terroristas con las fuerzas armadas de la patria. A mí ahora me echan la culpa de todo, y me señalan. Pero miren cuánta inseguridad ha vuelto a crecer y cómo ha bajado el país sus indicadores de confianza a nivel internacional».
Así termina la tarde de Uribe en Barranquilla, mañana será otro día en otra ciudad, organizando y motivando al Centro Democrático para las elecciones locales de octubre. Son más de cuatro décadas llenas de batallas y rugidos en la selva política de Colombia. Su fiereza le ha valido dos mandatos presidenciales que quedarán grabados en la historia del país. Ahora camina un poco más lento, pero no ha perdido sus convicciones. Por eso sale como entró: poniendo el pecho como un sirirí.













