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Afganistán, víctima del fanatismo

Es una voz de alerta para los movimientos sectarios y fanáticos, políticos o religiosos. Todos terminan convertidos en criminales. ¿Cuántos inocentes han muerto en Colombia por la estrategia del miedo?

Por Chachareros/BBC

Lo que está viviendo en la actualidad el martirizado país de Afganistán se puede repetir, calcado en forma milimétrica, en cualquiera otra nación del mundo que esté amenazada por un vecino (o incluso un sector interno de sus habitantes), dominado por líderes dogmáticos, dictatoriales, sectarios o fanáticos políticos o religiosos, que son lo mismo de ciegos y peligrosos criminales.

Por lo tanto, Afganistán es un perfecto espejo en donde naciones con poca estructura democrática, con una sociedad civil ajena a la educación, la reflexión, la información y el análisis, tienen necesariamente que mirarse a tiempo si no quieren pasar por las mismas desgraciadas circunstancias de una guerra fratricida ciega y brutal.

Si se mira la economía de Afganistán está «moldeada por la fragilidad y la dependencia de la ayuda internacional».

La actividad rural en Afganistán es todavía muy primitiva. Carecen de tecnología y recursos económicos para habilitar extensos sembradíos.

Este es el problemático panorama económico que describió el Banco Mundial muchos meses antes de que los talibanes se hicieran otra vez con el control del país, algo que se concretó este fin de semana.

Y con la situación actual, las perspectivas económicas son mucho más precarias, con una nube de incertidumbre que se cierne sobre la asistencia financiera que le llega a este país.

El país tienen una riqueza inmensa en minerales, que la sempiterna crisis política ha impedido explotarla.

Por una parte, Afganistán tiene recursos minerales, pero la crisis política ha impedido su explotación. (Cualquier parecido con Colombia es mera coincidencia. O con Venezuela, que a pesar de su indiscutible riqueza petrolera tiene a su pueblo aguantando hambre física y saliendo en estampida hacia países cercanos).

La dependencia económica es llamativa. En 2019, el Banco Mundial mostró que la ayuda para el desarrollo representaba el 22% del ingreso general nacional (que no es lo mismo que el PIB, pero sí muy parecido).

Las mentiras del poder

Durante la primera conferencia de prensa de los talibanes desde que tomaron el control de Afganistán este martes, el portavoz Zabihullah Mujahid fue el que más habló.

Mujahid respondió a una gran cantidad de preguntas de los periodistas en la histórica conferencia de prensa, en la que afirmó que los derechos de las mujeres serían respetados «dentro del marco de la ley islámica». (Minutos antes en las cámaras del mundo se vio cómo asesinaban con un tiro de gracia en la nuca a una mujer indefensa por el nimio pecado de andar en la calle con sandalias).

Para la mayoría de los periodistas que atendieron hubo también algo muy significativo: era la primera vez que veían el rostro de Mujahid. Durante años era solo la voz al otro lado del teléfono de alguien que operaba desde la sombra.

Yalda Hakim, de la BBC, dice que estaba «conmocionada» al ver el rostro de un hombre con el que había estado hablando durante más de una década, respondiendo a la primera pregunta de una periodista.

El portavoz adoptó un tono conciliador, con el que le respondió a otro reportero: «No queremos enemigos internos ni externos».

Las fichas del ajedrez

Por muchos años el sufrido país ha sido el tablero de ajedrez de las grandes potencias.

Lo fue durante gran parte del siglo XIX, en lo que ahora se conoce como «El Gran Juego»: la turbulenta rivalidad entre el Imperio británico y el ruso por controlar Asia Central.

La bandera del Talibán ondea en la frontera con Pakistán.

Dos siglos después, Afganistán atraviesa un momento aún más siniestro.

Desde el momento en que Estados Unidos comenzó a retirar sus tropas, los talibanes aceleraron su avance y este domingo lograron el colapso del gobierno afgano tras entrar en la capital, Kabul.

El Talibán sigue una línea extrema de la sharia, o ley islámica, y cuando estaban al mando prohibieron la televisión, la música, el cine, el maquillaje y desautorizaron que las niñas de 10 años o más fueran a la escuela.

Prueba de fuego para Biden

En el siglo XIX, la frase «el gran juego» se utilizó para describir la competencia entre los imperios británico y ruso por el poder y la influencia en Afganistán y los territorios vecinos del centro y sur de Asia. Ninguno de los dos bandos se impuso en lo que se conoció como el «cementerio de imperios».

Dos siglos más tarde, una superpotencia estadounidense ha recordado una realidad similar. La debacle de Afganistán, en la que un ejército afgano de 300 000 soldados entrenados y equipados por Estados Unidos se derrumbó en horas, sirve de recordatorio de los límites del poder estadounidense en el amplio Medio Oriente.

El otro grave problema afgano es que es un potencial productor de opio y la heroína ya procesada es una de las principales fuentes de riqueza de los talibanes. Como siempre. Las malditas drogas y el fanatismo religioso o político de por medio.

Puede que el presidente estadounidense Joe Biden esté soportando las críticas más duras por una retirada ejecutada de forma desastrosa. Pero hay mucha culpa que repartir. Y se remonta a la nefasta decisión original de «construir una nación» en un país que se ha resistido a la interferencia exterior durante miles de años.

Chachareros/BBC News/George Wright

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