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Falleció el consagrado periodista y académico Camilo Monroy

Fue un verdadero Maestro en el mejor sentido de la palabra. Enseñaba con cariño, con dedicación al alumno. Y como periodista fue uno de los reporteros colombianos de carácter internacional. 

Por Rafael Sarmiento Coley

Esta nota lleva mi firma porque, por primera vez, escribo en primera persona, lo cual es algo de mal gusto en el periodismo que aprendí de Maestros (con M mayúscula), como Camilo Monroy Romero, periodista, escritor, andariego, fundador de agencias noticiosas, en fin, todo un animal literario y creativo.

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Jorge Mario Sarmiento Figueroa, Rafael Sarmiento Coley, el profesor Camilo Monroy Romero y su hijo Fabio Monroy Martínez en su primera y última visita a la Uniautónoma, después de la revuelta estudiantil de los años 70.

Monroy Romero, de 90 años de edad, nació en Sucre, Sucre, la tierra de Santiago Nassar, y en donde Gabriel García Marquéz se fue a refugiar para superar unas enfermedades nerviosas, porque se la pasaba leyendo día y noche y no comía. Se estaba volviendo loco. Cuando llegó a aquel pueblo peculiar rodeado de ciénagas y lleno de historias inverosímiles, se encontró en su mundo. Mejor aún, con jóvenes inquietos como Camilo Monroy Romero, que pronto fue uno de sus mejores amigos sucreños.

Camilo, sin embargo, poco tiempo después se lo trajo su tía Aminta (que hoy tiene 97 años) para Barranquilla, donde otros familiares con ciertas comodidades económicas, para que le dieran estudios a Camilito. Se graduó en el Codeba, y muy pronto Gabo se lo llevó para el vespertino El Nacional y de ahí saltaron a El Espectador, hasta cuando Gabo fue amenazado y tuvo que irse del país. Camilo también se fue a Checoeslovaquia, con una beca del Partido Comunista Colombiano. Terminó en Moscú en las salas estudiantiles en donde se discutía con ardentía el rumbo que debía tomar el socialismo, muerto Lennin y empoderado el tenebroso Joseph Stalin.

De allá regresó con el título de periodista y un carrito Zastava. Trabajó con los diarios locales, trabajó para las agencias United Press International (UPI), Agencia Francesa de Prensa (AFP), fundó la agencia nacional de noticias Telereporter. Y, lo más importante, tan pronto retornó a Barranquilla de su periplo por el mundo socialista, lleno de ideas renovadoras para el periodismo local, convenció al magistrado y director-fundador de la Universidad Autónoma para abrir la primera facultad de comunicación social y periodismo que tuvo la Costa Caribe Colombiana, simultánea con la facultad de Sociología que inauguró el sociólogo guamalero Abel Ávila Guzmán.

Por una revuelta estudiantil, respaldados por numerosos profesores, centenares de alumnos y profesores fuimos expulsados de la Uniautónoma. Eran los tiempos de la rebeldía sicodélica, de la juventud mundial pidiendo reformas sociales.

Abel Ávila y Camilo Monroy formaron un dúo titánico que atrajo a casi todos los profesores y estudiantes expulsados de la Uniautónoma. Hicimos una asamblea plebiscitaria en la sede de una organización gremial que presidía Ricardo ‘El Gallo’, Rosales. Ahí nació la Universidad de Barranquilla, “centro de estudios superiores con libertad de cátedra y de conciencia”.

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Camilo Monroy Romero, paz en su tumba.

El proyecto era genial. La universidad sería manejada única y exclusivamente por el trípode estudiantes-profesores-padres de familia. Más, algo tan bonito y bueno, no podía durar mucho tiempo. A pesar de la alta calidad académica por la categoría de sus profesores (Abel Ávila, Camilo Monroy, Gustavo Cogollo, Nando Mendoza, Nelson Barros (‘Belzebú’), Alberto Duque López, Rodolfo Rodríguez Calderón, el difunto Eduardo Pulgar Lemus, Nancy Murgas, Sara Helena Fernández Ricardo (estas dos últimas recién graduadas en la Bolivariana de Medellín), Margarita Galindo Steffen, entre otros.

A Camilo le debo lo que soy como periodista. Nos hicimos muy buenos amigos. Tan noble, que en el pequeño Zastava nos llevaba – a José Orellano, el difunto Carlos Lajud, Sigifredo Eusse Marino, Yadira Ferrer y mi persona- después de clases, desde la 68 con carrera 43 (20 de Julio, donde quedaba la sede de la extinta Universidad de Barranquilla), hasta la casa de cada uno. A Orellano y a mí nos dejaba en la calle 30. José Orellano se montaba en el bus de Soledad y yo en el de Las Palmas.

Yo era el más inquieto del grupo de los ‘camilistas’. Sabía que unos diez estudiantes de las clases altas de Barranquilla, que no se sabe porqué extrañas circunstancias estudiaban en la Universidad de los pobres, empezaron a hacerle la rosca a Camilo y sus amigos, tanto profesores como estudiantes, en favor de Abel Ávila. Solamente para crear la discordia porque quería matricular la universidad en un grupo político dominante en la ciudad.

Se convocó a una asamblea general de estudiantes, profesores y padres de familia, en un patio enorme que la universidad alquiló para la ocasión. Yo escribí un panfleto de grueso calibre denunciando las “maniobras de un reducido grupo elitista que se ha abrogado el iluso poder de querer llevarnos arrastrados por la oreja hacia los brazos venenosos de un desgastado sector político reaccionario y sectario”.

Saqué centenares de copias en mimeógrafos, y con la complicidad de los celadores, los repartimos por todos los costados del patio, en las sillas, en las mesas, pegados con engrudo en las paredes.

Cuando la gente empezó a leer los panfletos anónimos, se armó la de Dios es Cristo. Los delfines elitistas chillaron de la rabia. Insultaron con los peores epítetos “a los autores de los panfletos, que suelen ser el mecanismo de comunicación de los malhechores”.

Los líderes de la contraparte trataron de apaciguar los ánimos. Pero el asunto fue peor, y la asamblea terminó a puño y patá. Fracasó.

Ese día no hubo clases. Al día siguiente por la noche Camilo les avisó a tiempo a los demás ocupantes del viaje nocturno del Zastava que ese día no nos podía repartir porque iba para una reunión urgente. Minutos después me llamó aparte y me dijo “tú no, tú te vas conmigo. Vete a la siguiente esquina y ahí me esperas”. Nos fuimos los dos solitos. Cuando, de repente, empezó a hablarme de la necesidad de dominar la furia del corazón en momentos de tensión y confusión. “Te hablo como si fuera tu padre, no tu profesor. Conozco como la palma de mi mano tu estilo de narración. El panfleto lo escribiste con rabia y les metiste el dedo en el ojo a esos pobres muchachos que todavía no saben nada de la vida. ¡Y, claro! Los jodiste. Pero eso no se debe hacer. El periodista debe situarse por encima de esos arranques pasionales, por muy importante que sea la causa. Siempre debe mantener mesura y sentido común”. Yo, callado, lo escuché por calles y callejuelas por donde el Zastava brincaba como burro en terreno empedrado.

Cuando por fin terminó, llegamos a una tienda. Nos tomamos dos cervezas cada uno. Me abrazó y me dijo, “pero tú, tranquilo que yo te protejo. Además, tú tienes madera para llegar muy lejos en el periodismo. No te enredes en este tipo de peleas de patio”. (¡Risaas!).

Ese fue el Camilo que me enseñó este oficio. Mis sinceras condolencias a sus hijos Fabio, Camilo, Julio, Mauricio, Enrique y Miguel, lo mismo que a la esposa que le conocí, Zunilda Martínez Pacheco. Su sepelio sería el lunes. Todo depende de la llegada de Mauricio, quien estudia en la Armada de Estados Unidos, y Julio que está en la Armada de Colombia. Paz en su tumba, querido profesor Camilo, gracias eternas por sus enseñanzas.

Sobre el autor

Director general de Lachachara.co y del programa radial La Cháchara. Con dos libros publicados, uno en producción, cuatro décadas de periodismo escrito, radial y televisivo, varios reconocimientos y distinciones a nivel nacional, regresa Rafael Sarmiento Coley para contarnos cómo observa nuestra actualidad. Email: rafaelsarmientocoley@gmail.com Móvil: 3156360238 Twitter: @BuhoColey
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