En 1972, en el V Festival de la Leyenda Vallenata, el favorito para ganar era el legendario acordeonero Miguel López. Tenía un punto inamovible: la tradición obligaba a que ningún otro miembro del conjunto podía cantar. Tenía que ser el del acordeón. Se impuso la sensatez.
Por Rafael Sarmiento Coley
Uno de los éxitos de mayor permanencia en el mundo musical vallenato fue el tema ‘La Gordita’, de la autoría del maestro Leandro Díaz Duarte. Tema que grabó con el brillante acordeonista Juancho Rois, oriundo de San Juan del Cesar, La Guajira, y fallecido en un accidente aéreo en Venezuela.
Jorge Oñate no solo deja la huella imborrable de su presencia vital y trascendente en la música colombiana, sino que en los anales del Festival de la Leyenda Vallenata queda el testimonio de haber sido el cantante que rompió el mito de la camisa de fuerza con la cual hasta entonces se subían a la tarima a competir por la corona el acordeonista que, a su vez, tenía que cantar.

Es decir, Pavarotti obligado a tocar el piano y elevar esa insuperable voz hasta el mismo cielo. Lo grave del asunto es que, como en la Constitución del Reino Unido de Gran Bretaña, no hay –o por lo menos no había en aquellos momentos—, un artículo, un inciso, un deleznable acápite que prohibiera de manera taxativa que “en el concurso por la disputa de la Corona de Rey Vallenato el único que puede cantar es el acordeonero o juglar, los restantes integrantes son simples acompañantes, a quienes les queda prohibido abrir la boca, ni siquiera para soltar un ‘¡¡Aaaaapa!’, o ‘¡guepajéeeeee!”.
Y como la que mandaba en ese entonces en la sacrosanta Fundación del Festival de la Leyenda Vallenata era la querida e inolvidable Consuelo Araujonoguera, la aguerrida ‘Cacica’, no había la menor posibilidad de que Miguel López, si no abría la boca en la tarima, fuera el Rey Vallenato 1972.
Jorge Oñate le brindó un reconocimiento al compositor Carlos Araque, al grabarle, con el acordeón de Colacho Mendoza, su tema ‘Que Dios te lo pague’.
El detallito
Pero ocurrió un detallito. Esos que nunca faltan en las cosas raras de la vida. Cinco días antes del Festival hubo una parranda en casa de unos amigos de la Cacica y ella era la invitada de honor, y el único grupo disponible para animar el ágape era el de ‘Los Hermanos López’, una respetable dinastía que figura hasta en la literatura del Premio Nobel de la Literatura de 1982, el cataquero genial Gabriel García Márquez, porque Gabo, cuando además de periodista andariego daba sus primeros pasos como cronista, persiguiendo la crónica de un pueblo que murió quemado, llegó a La Paz. En efecto no había quedado una casa en condiciones de vivirla. Hasta los perros habían muerto quemados o estaban escondidos en la selva. Las únicas mujeres –niñas, jóvenes y adultas–, de luto cerrado. Traje negro desde la cabeza a los pies. Ningún hombre por ninguna parte.
Hasta cuando llegó a la casa que estaba en pie a medias, y un hombre fumaba en calma un tabaco, sentado en un taburete de cuero recostado al único horcón que se salvó de la candela.

Gabo, que era capaz de hacer hablar a un mudo, empezó a preguntar lo obvio. “Hombre compa, este es un pueblo liberal de racamandaca. Siempre lo ha sido y será. Llegaron los godos (conservadores) ‘chulavitas’ y nos quemaron todo”.
La suerte que siempre tuvo Gabo en su febril recorrido periodístico y literario es que aquel hombre era el mejor acordeonista de todos esos contornos, Juan López, el sarmiento de donde nacieron todos los demás músicos de esa afamada dinastía. Y con paciencia y magia, lo hizo desempolvar su acordeón, hasta cuando el pueblo salió de los rincones y enterró el luto y el dolor para seguir la vida con lo que quedó de la quemazón.
Su época de oro, sin duda, fue al lado del Rey Vallenato 1972, Miguel López, con quien conformó uno de los mejores grupos vallenatos de toda la historia, con la percusión de los hermanos Benites (sucreños), coros de Johnny Cervantes ((salaminero) y Rodolfo Castilla, uno de los mejores cajeros del vallenato de todos los tiempos. Tema insignia de este LP, ‘Rosa Jardinera’.
El discurso de Crispín
El ilustre exministro y senador vitalicio Liberal valduparense Crispín Villazón D’Armas (padre de Iván Villazón Aponte), antes de que empezara a sonar el acordeón de Miguel López, la caja de su hermano Pablito López y la guacharaca de Jorge Oñate, se levantó de su silla, bebió un trago doble de whisky a palo seco, se rasgó la garganta, y pidió la palabra para ‘jalarse’ uno de esos discursos que ni siquiera en el Capitolio, ‘pulmón de la democracia’, se escuchan.
Explicó el por qué de los López son una dinastía de respeto. Y más que por su trayectoria musical, por aquella osadía de hacer levantar, apunta de las notas de su acordeón, el ánimo de un pueblo muerto en vida por la tristeza de lo que le acababa de suceder.
Por aquel antecedente, “lo menos que podemos hacer los valduparenses y cesarenses en general, es permitir que este digno representante de la valiosa casta musical de La Paz, suba a la tarima a ejecutar el acordeón, con un guacharaquero que le cante, porque él, por su espeso bigote, le es imposible cantar”.
En medio de las carcajadas y los aplausos, y hasta de las lágrimas de Consuelo por aquella bella historia, quedó superado el escollo que impedía a Miguel López competir, con méritos suficientes, por la corona de 1972, de un concurso creado en 1969 con nobles e invaluables objetivos como el de rescatar un género musical que catapultó el folclor colombiano; colocó a la Provincia de Valledupar y a su recién creado Departamento en el centro de las atenciones. Todos los años, desde el Presidente de la República hacia abajo, quería estar en la Plaza Alfonso López escuchando las historias de las canciones de Escalona, los discursos de Crispín Villazón y de Maya Brugés; las anécdotas del doctor Molina y “Cien años de soledad” leída de memoria con media de Old Park entre pecho y espalda por el inolvidable maestro chimichagüero Alfonso ‘Poncho’ Cotes Queruz.
Rosendo Romero, ‘El Poeta de Villanueva’, compuso esta bella canción ‘Cadenas’, que grabó Jorge Oñate con el formidable acordeón de Nicolás Elías ‘Colacho’ Mendoza.
Se impuso la sensatez
Así fue como se impuso la voluntad de un pueblo por encima de unas normas inexistentes, vacías, pero que habrían sido tal vez la causa de la decadencia de dicho evento. Fue cuestión de simple sentido común. Qué más da que cante el cajero, el guacharaquero o el acordeonista. O los tres en coro, con la seguridad de que será más grato animar una parranda con un ‘Trío Vallenato’, que con ‘El Trío Carranguero”.
Uno de los mejores cantautores de Villanueva es Daniel Celedón Orsinis. Entre tantas canciones que grabó en su voz y en la de otros cantantes, está este sentido homenaje a la hembra que vende su cuerpo para sostener un hogar: ‘Mujer marchita’, con el acordeón del Rey Vallenato, Julián Rojas.
Hoy, cuando el pueblo pacífico, valduparense, cesarense, caribeño y colombiano en general acompaña en la distancia hasta su última morada a Jorge Oñate, es inevitable recordar que esa maléfica pandemia del Coronavirus, en vez de arrodillar a un pueblo noble y alegre, le ha sacudido las telarañas del alma para cantar con más fervor, y repetir, como dijo el ciego inmortal Leandro Díaz ‘si una puerta se cierra, otra se abre, yo sigo luchando en el camino». O como dijo este domingo el poeta de Villanueva, Rosendo Romero Ospino, “ese maldito Covid-19 se llevó a una de las mejores de nuestras voces, pero no pudo arrancarnos nuestras esperanzas”. Paz en su tumba. La familia de este portal www.lachachara.co hace llegar a Nancy Zuleta de Oñate y a sus hijos Jorge Luis, Jorge Daniel (Q.E.P.D.), Delfina Inés, quien le dio los primeros nietos a Jorge Oñate, Jorge Salomón y Ester; y a sus cuatro hijos por fuera del matrimonio, entre ellos Jorge José Oñate, Jorge Antonio Oñate Dangond, nuestra más sentida y sincera voz de condolencia. Que Dios Todopoderoso y Eterno recoja en su Santo Reino el alma de ese ser especial.
Otro de los temas inmortales del ‘poeta villanuevero’, Rosentod Romero Ospino, es ‘Noche sin lucero’, que grabaron Jorge Oñate y Colacho Mendoza.
¡Adiós a un amigo de toda la vida!











