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Crónica de un pueblo anfibio

Por Jairo Castro Acosta

En el sur del departamento de Sucre hay un pueblo atragantado en la boca de un caño. Sus habitantes nacen con patas de agua y mueren contando historias bajo las escamas del olvido.

“Varias viviendas existen en un paraje denominado Cuiba; y sus habitantes abastecen el mercado de San Benito Abad; y en épocas excepcionales, los plátanos de allí bajan hasta Barranquilla”, describía Luis Striffler en su libro El Río San Jorge, del siglo XIX.

Hace un par de años, bajo la sombra de un árbol de caucho en la entrada de un centro comercial de la ciudad de Sincelejo, un grupo de docentes amigos compartía entre sorbos de café las anécdotas y experiencias de su labor como educadores. De cada experiencia docente brotaron historias de desigualdad y abandono de la Colombia profunda. Entre ellas la historia de dos niños de primaria de una escuela rural del municipio de San Benito Abad, que un día interrumpieron la clase de Ciencias Naturales, para decirle a su profesor que el libro se había equivocado en el renglón donde decía que la gente comía tres veces, que donde iba el tres, era dos.

Los niños de aquella anécdota recorren las calles polvorientas de verano detrás de una pelota de trapo, bracean el Caño Viloria como peces dorados, rebuscan entre los zápales la miel de las frutas de uvero y bogan en aguas morenas tras las historias de resistencia de una población anfibia. Son habitantes del corregimiento de Cuiva, pueblo hecho de barro a orillas de un caño que se ha hecho río, animal insaciable que se tragó calles enteras del pueblo, la iglesia y la memoria de los ancestros.

La luna de Cuiva tiene frutos plateados

Cuiva es ese mordisco húmedo del caño. En las noches de luna gris, las aguas alimentan frutos plateados. Visitar el pueblo en tiempos de invierno es aventurarse a los contrastes de una trocha arcaica, amasar barro bajo un sol azufroso y descubrir un mundo natural de valles y zápales inundados que van de la región encantada al paraíso de miseria. Los muñecos de trapos con caras de totumo crucificados en los cultivos de arroz, el canto de los carraos en el barranco del caño, las garzas rebuscando comida sobre la tarulla y el ejército de libélulas o caballitos del diablo toreando las voces de espantos escondidos en los matorrales; son las imágenes de un cuadro grande cuya exuberancia mitiga la crueldad de la trocha con pinceladas que se proyectan hasta alcanzar el viejo paisaje de un puente de tablas con el fondo de casas de palma y zinc. Sobre la plazoleta que se desborona con la corriente hay un colegio elevado que también se cae a pedazos. Más allá una loma da fe de sus raíces Zenú.

En las casas Cuiveras se toma el café de la mañana al pie de un abuelo, escuchando de su voz gutural las historias de abundancia y progreso de un pueblo anfibio que en sus años dorados alimentó de panela y plátanos los mercados de la Villa de Tacasuan, Magangué y Barranquilla. Y si es día de suerte, el pescador Donaldo Díaz contará entusiasmado sus historias, como la de la señora que se encontró unos monicongos de oro y cerámicas en una finca vecina.

Son poco más de ochocientos cuiveros y un médico tegua que aparece cada quince días. A veces también vuelven a salir del barro las hicoteas, que resisten como esta gente patas de agua a los embates de la intemperie.

“Esto no es ni la sombra de lo que fuimos”, cuenta el pescador Donaldo Díaz, que hoy no está entusiasta aunque escama tres pecados del tamaño de un jeme con un cuchillo afilado. El pescador reconoce y narra la decadencia de su pueblo. A finales de la segunda década del siglo XX, Eugenio Quintero, un diputado del Departamento de Bolívar de la época, navegó por las venas del Caribe recogiendo detalles sobre la vida de los pueblos riano-cienagueros. Cautivado con la ubicación geográfica y el emporio comercial y agrícola que empezaba a levantarse en la tierra del cacique Cuivia, escribió para la imprenta del Anunciador de la ciudad de Cartagena de Indias las siguientes líneas: “La impresión que causa Cuiva a la llegada es muy grata para el viajero, porque a pesar de estar retirado de Caimito y de San Benito Abad, se nota en él algún movimiento comercial y, como tiene excelentes vías de agua, es posible que con el tiempo llegue a ser un pueblo de gran importancia comercial. Su situación geográfica lo pone en condiciones ventajosas para surgir y abrirse paso. El tiempo dirá si me he equivocado o no, pero auguro un porvenir muy grande a Cuiva en el futuro”.

El porvenir nunca llegó a Cuiva. El movimiento comercial se paralizó en la primera mitad del siglo XX. Las palabras de augurio del diputado sucumbieron en la corriente de la misma forma como la ubicación geográfica de Cuiva pasó de ser ventajosa a ser presa del caño.

Ya no cruje el maderamen

Las inundaciones de los años cincuenta acabaron con las fincas paneleras y ganaderas, los cultivos de plátano y la producción de pita, las aguas del río empezaron a ser reemplazadas por carreteras negras, las grandes embarcaciones de madera encallaron en los puertos ribereños para siempre. Desde entonces la decadencia no hace más que pronunciarse como un eco paradójico de la profecía no cumplida.

Delio Salcedo, un hombre lúcido entre las aguas, vivió treinta años en una embarcación de madera surcando los ríos junto a su papá. Escudriñó los más oscuros secretos del Magdalena, el San Jorge y el Cauca. Luego, con el descanso que dan los años, navega en los recuerdos de su memoria rebuscando los colores de las desaparecidas ciénagas “los suanes” y “las maruzas”, testigo del pasado y del presente de la Depresión Momposina.

“Yo, que navegué por el caño Viloria, doy fe del auge que se vivió en esta tierra. En Cuiva vivieron los ganaderos más ricos de la región: Los Montes, Los Támara, Los Olmos, Los Martelo, Los Hernández, Los poderosos Chagüi y Los Badel. Y ni se diga del imponente almacén de las turcas, Sauda Hermanas. En Cuiva hacían las mejores fiestas de corralejas de la zona. Por todo eso digo que Cuiva merece un mejor destino”, dice Salcedo. Un mejor destino para un pueblo anfibio sembrado de oro Zenú. Esa es la añoranza de los abuelos de Cuiva.

El pedestal de la Cruz de Mayo que se ubicaba en la plazoleta principal de Cuiva,  también fue presa  del Caño Viloria. Fotografía tomada del archivo personal del profesor Servio Chávez Jiménez.

Ella tiene la historia

María Tarrá vive en la vereda Caño Viejo, es una mujer delgada con una espesa cabellera india y un brío de quinceañera, que de no ser por la cédula nadie le creería que tiene 82 años. “Asiéntese, compa”, invita con tono de familiaridad. Toma un plato de peltre que está en la hornilla de barro y se sienta en un taburete recostado a uno de los horcones esquineros de su casa de palma. Hace un revoltijo con la yuca y el suero. Mastica el primer bocado y me pregunta con preocupación: “¿Pero usted me va a tomá’ foto? Yo le cuento todo lo que quiera de Cuiva, pero a mí no me tome foto, porque esas fotos las ve todo el mundo y la maldad está en todas partes, uno no sabe”. Resuelta su preocupación, inicia un recorrido oral por el río de los recuerdos. 

“El nombre de Cuiva es gracias al cacique Cuivia, un indio que vivió en estas tierras. Mi abuelo me contó que ese indio tenía tanta riqueza que cuando se metieron los españoles, el indio se embarcó en la canoa con toda la riqueza y bogó caño abajo, vamos que los españoles venían subiendo y el cacique Cuivia, al no ver escapatoria, hundió la canoa con toda su riqueza en el centro de la ciénaga La hormiga, una de las playas más grandes del San Jorge”.

María ahora con una escoba de varita echa de la cocina unos pollos hambrientos. Le pregunto: Señora María, ¿y cuál es la fecha de fundación de Cuiva?.

«Vea, Cuiva como tal no tiene fecha, o yo no la sé, oyó. Lo que sí le puedo decir son los apellidos de las primeras familias que vivieron en Cuiva, que fueron los Ospino, los Ricardo y los Pérez. También le puedo decir que fue un pueblo ganadero y rico desde los indios. Por aquí hay mucho entierro de los indios. Donde ahora está el cementerio oficial, al otro lado del caño, ahí han encontrado argollas de oro y figuras hechas en barro”. Queda en silencio, hace una mueca con la boca y continúa diciendo: “Vea, le voy a contar la historia de una paisana que trabajó en la finca Japón, eso pasó ya hace unos años: resulta que la prima me mandaba razones que fuera a la finca que necesitaba decirme algo, yo ante tanta insistencia fui, ombe y cuando yo llego veo un escarba’o a orilla de la casa. Vea, cavando un hueco para un rancho, la prima se había encontrado un poco de muñecos de oro y vasijas de barro, dice ella que alcanzaron a llenar casi un costal de muñecos y vasijas”.

La historia de aquel hallazgo arqueológico contada por la abuela María, es la misma que relata el pescador Donaldo Díaz. Las piezas halladas en ese entierro indígena hoy reposan en los estantes del Museo del Oro, en la ciudad de Bogotá. La mujer que las descubrió por casualidad murió sufriendo las penurias de la pobreza. Me contó la abuela María Tarrá que, un día antes de acudir al llamado de su prima, un pariente se llevó el costal con las piezas y las vendió. A la pobre mujer solo le dio doscientos mil pesos.

El oro aquí es un veneno

Pero si hay un contraste más grande en la historia decadente de Cuiva, es que es un pueblo sembrado de oro Zenú, bañado en mercurio y plomo. La explotación minera en la cuenca alta del San Jorge ha venido envenenando sistemáticamente el río, los caños y ciénagas. El mote de ácidos, cianuro y mercurio que baja por el río no solo está acabando con el fruto de las aguas, sino que también está afectando la calidad de vida de los pobladores del corregimiento. Las inundaciones de los últimos años han derramado en el subsuelo chorros de ácidos, causando grandes estragos a la flora regional.

“Las inundaciones que más daño han causado en toda esta zona han sido las de los años 2005 y 2010. Empezando por las viviendas, muchas casas afectadas y destruidas por la creciente. Mucha gente perdió enceres, electrodomésticos y sus animales de cría en el patio. Muchos cultivos de arroz y maíz se perdieron. Muy a pesar de que en estas inundaciones se aumentó la proliferación de los peces, esto no compensa el enorme daño causado a la flora y fauna de la región. Una enorme cantidad de animales murieron en las copas de los árboles desesperados por el hambre”, cuenta Servio Chávez Jiménez, un profesor nativo y conocedor de la región.

En la cola del patio de su casa, Donaldo Díaz termina de escamar los bocachicos, le saca las tripas y las agallas, y a la velocidad de un atarrayazo pasa el filo del cuchillo por entre las espinas hasta dejarlo arrollado, listo para la sal y el ajo.  “Mire la pesca de esta madrugada”, dice el pescador con voz de resignación, con el lomo del cuchillo barre de la tabla las tripas y agallas, enseguida las gallinas del patio se las pelean a picotazos. “¡Malísima está la pesca! Esto desde hace mucho tiempo viene así. El caño ha venido perdiendo vida, mucha contaminación, hasta de nosotros mismos que le tiramos basura, escombros y excrementos. Y bueno, tampoco se puede desconocer algo, y es que a pesar de estos tiempos tan malos, siempre se rebusca uno algo para emparapetar la comida del día. Una cosa que se repite todos los días, luchar por el afrecho”.

Pescadores sin agua, siervos sin tierra

Un caldero negro con varias capaz de tizne descansa sobre los barrotes encendidos del fogón de leña, el aceite de incontables fritadas empieza a chirriar con el vigor de la llama como cantos de grillos. El pescador ya no cuenta historias del pasado evocador, lo sobrepasa la crudeza del presente. “Aquí las fuentes de trabajo son escasas y lo que pagan es doce mil pesos por un día de trabajo, eso no alcanza ni para comprar el almuerzo de los hijos y la mujé. Mejor se va uno a pescar, o a sembrar el granito de arroz, de maíz, la mata de patilla y así, o sea, se ha ido evolucionando, o mejor, reinventándose para sobrellevar el tiempo y seguir vivos”, respondió.

Los hombres patas de agua de este pueblo hacen de la resistencia una reinvención de su oficio para sobreponerse a las adversidades. Pasaron de ser productores de panela y pita, a pescadores. Hoy, con las aguas del río, caños y ciénagas envenenadas, mezclan la pesca con la agricultura.

“Donaldo, ¿cómo quieres el pescado, tosta’o o blandito?”, grita una mujer delgada desde el pie de la hornilla de barro. Después de haberle respondido a la mujer, retoma la palabra: “Aunque muchos se reinventan es yéndose de aquí, a trabajar a Bogotá, a Barranquilla y a otras ciudades, porque aja no todo el mundo tiene dónde sembrar el arroz”.

Según el profesor Chávez, son más de cinco mil hectáreas de ciénagas baldías que hay entre Doñana y Cuiva. Todas ellas en manos de terratenientes.

-¿Y en qué tierras siembran?-, le pregunto con extrañeza.

“A nosotros nos tocó invadir las ciénagas secas que están encerradas con alambre de los finqueros de por aquí, porque es que verdaderamente nosotros queremos sembrar pero no tenemos dónde, y esas playas son es del Estado. En estos momentos sembramos en la ciénaga secas de playa grande, los suanes, maruza chiquita y maruza grande”.

Donaldo ahora degusta su pescado frito con dos pedazos de yuca y una totuma de guarapo. Hoy “emparapetó”, como dice él, el almuerzo. Mañana es otro día para reinventarse y resistir los embates de la vida, en una tierra en la que sus niños corren entre zápales y nadan entre ciénagas, rebuscando las frutas de uvero y corozo para completar siquiera una o máximo dos comidas, aunque en el colegio les enseñen que son tres.

Esta crónica fue editada por el periodista Jorge Mario Sarmiento Figueroa. Crónica seleccionada en la convocatoria ConfinArtes 2020 del Fondo Mixto de Promoción de la Cultura y las Artes de Sucre, hace parte del libro digital «Travesía por la Sucreñidad; 15 textos para viajar por Sucre sin salir de casa» y es nominada a Premios Gemas 2023, categoría Periodismo Ambiental.

Sobre el autor

Docente y Contador de historias. Magister en Tecnologías Digitales aplicadas a la Educación. Premio Nacional de Periodismo Digital en la categoría Crónica versión 2019. Top 50 Global Teacher Prize 2026. Twitter: @Racosta26
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