Por Sinthya Rubio
Conocí a Lola en el 2005, a través de una amiga en común. En ese entonces vivía en Nueva Delhi y Lola visitaba India para llevar a cabo un retiro espiritual.
Un día, recibí un correo de nuestra amiga, en el que me decía que una barranquillera estaría de paso por la ciudad (debo aclarar que la presencia de una coterránea en aquella distante ciudad del subcontinente no era muy común en esa época) y que si quería enviarle un mensaje o un regalo a mi familia, podría hacerlo con ella.
Con mucha emoción me subí por primera vez en el metro de Nueva Delhi rumbo a Karol Bagh. Allí llegué al hotel y pregunté por Lola Salcedo.
Me recibió de la manera más cordial, como lo haría una maestra a su discípula. Hablamos un poco de mi estancia en el país y mis expectativas, de las diversas experiencias de Lola en suelo del Indostán.
Luego de la conversación de rigor, procedí a entregarle unos cuantos regalos empacados en unos papeles coloridos que había escogido con mucho cuidado, que se asemejaban a diseños tradicionales de Rajastán. Lola, ni corta ni perezosa, fue rompiendo la envoltura con total desparpajo, así como era ella, y me fue diciendo: ¿cómo se te ocurre que voy a llevar en mi maleta esos regalos empacados? ¿Y si me paran en el aeropuerto qué voy a decir? Yo no sabía dónde meterme de la vergüenza, reconocí mi falta de experiencia en asuntos de viajes y sonreí abochornada. Ese día comenzó nuestra amistad.
Fue una amistad disfrazada de mentoría. Recuerdo que nuestros encuentros, la mayoría de las veces, tenían como preámbulo un almuerzo cortesía de Lola. Eso sí, indispensable que fuera casero, no había otra posibilidad. Luego, nos tomábamos un té conversando o varios tés, ya que el diálogo podía tomar varias horas. Nos unía el amor por la literatura, y era uno de nuestros temas más frecuentes en nuestras conversaciones. Me dio a conocer el mundo de Sandor Marai y Rainer Maria Rilke.
Asimismo, nos preguntábamos por la libertad de cátedra en las universidades de Barranquilla: ¿qué tan lejos estábamos de llegar allí? Por supuesto, el escenario político local tenía lugar, pero también el nacional y el internacional. Hablábamos de viajes y cada vez que yo emprendía una nueva aventura fuera del país, sacaba su agenda y me daba los nombres de sus amigos cercanos en ese lugar. Lola era tremendamente solidaria y tenía una energía positiva maravillosa que combinaba con la intención de crear redes y asegurarme resguardo en tierras ajenas.
Sin embargo, lo que más nos unía era la convicción profunda de la búsqueda interior. Para ella la vida era un viaje, un viaje hacia el interior. Me enseñó que había que hacer ese viaje, aunque en ocasiones pudiera ser doloroso. Me advirtió sobre el poder del ahora y de la libertad. Me explicó que era válida la liviandad, a veces la necesitamos y eso no descalifica la búsqueda. Hace poco más de una semana alguien me preguntó si escribía algo más aparte de documentos académicos y del trabajo, y ahora me doy cuenta que le respondí, de manera literal, con una de sus enseñanzas: el tiempo para la escritura llega en el momento indicado, no hay que apresurarlo.
Qué falta harás Lola Salcedo. Qué falta le hace a la sociedad barranquillera más Lolas Salcedo. Mujeres inteligentes, íntegras, críticas, alegres, libres, solidarias, dueñas de sí mismas, y que irradian su amor y energía positiva hacia los demás. Sin desestimar lo buena periodista y escritora que fuiste, qué profunda pérdida, qué gran huella que deja tu humanidad y dignidad, y qué enorme el vacío que produce tu ausencia en una sociedad hostil y cuasi-medieval. Lo siento Lola-ji (ji: sufijo en hindi que se utiliza para demostrar respeto), te quedé debiendo la visita a Puerto.











