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¿A dónde fue a parar nuestra democracia?

En Colombia los males sí duran cien años y a los cuerpos sí les toca resistir, por abundancia de hierbas malas.

Por: Steffy Lorens Riquett Bolaño

Luego de las elecciones del 2018 alguien me pidió que escogiera un refrán para describir la política colombiana. Inmediatamente caí en un dilema; por un lado estaba el famoso “Hierba mala nunca muere”, y por el otro “No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”. Escogí el segundo; de inmediato me sugirieron  leer la historia de nuestras Constituciones, específicamente los daños causados en la sociedad cada vez que se consolidaba una de ellas. Aunque en ese momento no entendí el porqué, al terminar de leer sobre la Constitución del 91 me di cuenta que, si bien lo tenemos todo en materia legal para gozar nuestros Derechos con plenitud, aún nos pesa esa acumulación de conflictos políticos y económicos. En la historia del país no ha existido al menos una década donde se haya descansado de la violencia y la desigualdad. 

El presente año tampoco es la excepción. Como muestra de ello, el informe anual de Estados frágiles de Fund For Peace arrojó que el Estado colombiano empeoró 0,9 puntos en comparación con el año anterior y que, además, experimentó “su peor cambio interanual en la historia del Índice de Estados Frágiles (FSI) en 2020, rompiendo una tendencia de mejora casi ininterrumpida desde la inauguración del Índice”. El balance realizado en el primer trimestre del año reveló como causas principales a este incremento el crecimiento acelerado de los cultivos de coca, el recrudecimiento de la violencia dentro del territorio y el deterioro del Acuerdo de Paz. En este último punto señalan que “la financiación insuficiente y el enfoque distraído, tanto por parte del gobierno colombiano como de la comunidad internacional (…) significaron que los logros alcanzados nunca fueran institucionalizados y sostenidos”

En un primer momento nunca se dimensionó la posibilidad de que el conflicto armado se extendiera por tantos años. Sin embargo, medio siglo después, el país continúa presentando las mismas problemáticas a las que este debe su origen, e incluso a una escala mayor. Esta agudización de las crisis en los distintos sectores ha generado daños colaterales cuyos efectos se manifiestan en la estabilidad democrática y en la funcionalidad misma del Estado colombiano. Un claro ejemplo de esto es la concentración del poder; una práctica con la cual la élite ha logrado mantener su posición histórica a través de la violencia y de los discursos estigmatizantes. 

Estos dos últimos instrumentos con los que han manipulado a la sociedad colombiana cultivando el miedo, también han servido para restringir al máximo las posibilidades de gobernanza de los sectores de la oposición. En ese sentido, vale la pena preguntarse ¿adónde se ha ido la democracia? Muchos responden que aún podemos votar, y sí, es cierto. Sin embargo, invitar a votar es el telón rojo que utilizan para ocultar su espectáculo. 

A pocos días de haberse conocido nuevos audios que vinculan al actual Gobierno con dineros del narcotráfico -otra vez-, y con la compra de votos en diferentes territorios -como cosa rara-, la justicia sigue siendo esa pelota con la que juegan fútbol en algún rincón de las oficinas del Palacio. Me pregunto ¿será que el refrán“Hierba mala nunca muere” está tan arraigado  en nuestro interior que ya no hay un factor sorpresa frente a estas actitudes antidemocráticas? 

Frente a esta pregunta, el Doctor en Ciencia Política Alejandro Blanco cree que nuestra crisis democrática actual debe sus orígenes a los problemas territoriales que se presentaron durante la Época de la colonia y que el país no ha podido superar aún. A palabras suyas “Aparentemente somos un país Capitalista, pero con rastros de Feudalismo. Aparentemente somos un país democrático, pero con rastros de las dictaduras Conservadoras. Aparentemente somos un Estado Social de Derecho, pero los Derechos siguen siendo vistos como privilegios de pocos y deseos de muchos” Esta incoherencia impide que un país pueda establecer verdaderos planes de gobierno inclinados a cumplir su fin último: la preservación de la vida y el sostenimiento de la dignidad. Por el contrario, lo que logra es direccionar los esfuerzos hacia sectores focalizados que terminan excluyendo a gran parte de la sociedad cuya influencia en los asuntos públicos deja de ser relevante. 

Boaventura de Soussa en su libro “La Cruel Pedagogía del Virus” menciona que cuando una crisis se vuelve permanente, esa crisis se convierte en la causa que explica todo lo demás. En Colombia, a todos los problemas políticos y económicos  puede encontrarse una respuesta relacionada con el  proceso erróneo de construcción del proyecto democrático. Dos ejemplos de esto son la influencia de grandes grupos económicos en la ejecución de políticas y la ausencia del Estado en muchos territorios. 

Luego de las elecciones del 2018 y del panorama tan desastroso que dejó el gobierno durante la cuarentena, todos nos preguntamos adónde fue a parar nuestra democracia. Sin embargo,  como la historia nunca miente, más bien hay que sentarse a revisar si es que esa democracia alguna vez llegó.

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