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Todos somos el ‘Bronx’

Y no faltarán los indignados por hacer explotar el panal, por dispersarlos, por no dejarlos ahí quietos consumiéndose en su hoguera, por pringarnos a todos con su hedor. “Al fin están ahí porque quieren”, dirán.

Dos hombres, por turnos, lo arrastran. Como el gorila del zoológico que zarandea a un infante que cayó en su jaula. Pero en nuestros ‘Bronx’ no hay quien defienda al pequeño, quien ‘dispare al animal’ y lo libere de las ‘fieras’, del peligro. La corrupción, la indiferencia y la enfermedad le permiten triunfar al miedo. Él niño desapareció y nosotros tras él con la imagen televisiva.

Bronx el reflejoEn cada ciudad colombiana hay un ‘Bronx’, con otro nombre y en sus debidas proporciones. Ahí en los ojos de todos, a dos cuadras de la Policía o a cinco de la alcaldía, con sus códigos y sus amos, llámense Ganchos, Úsugas, Costeños, el Negro Luis, el Cabo o cualquier otro, da igual.

Adentro hay mafias, leyes autónomas respaldadas por autoridades oficiales, nombres de miedo y dinero, mucho dinero, que necesitan ‘sayayines’, armas, túneles, herramientas para desaparecer, esclavos, mercancía y droga, cantidades enormes de droga que alimentan el engranaje  de control: desde la Alcaldía hasta las mascotas.

Y en el músculo de la calle hay seres perdidos, deambulando, cartas sin enviar, perdones a mitad de camino, juegos infantiles olvidados, llantos, risas, voluntades que agonizan. Pero, sobre todo, ciegos. Tú y yo, gente que no ve, que no sabe nada, que calla, que oculta, que pasa deprisa porque “es mejor no meterse”.

Después vendrán los “balances positivos” de las autoridades, las demoliciones, los chorros de agua, los titulares con cifras infladas y ácidos que desintegran, las imágenes coloreadas en sangre, las explicaciones de los expertos, y muchas medidas post mortem.

Como si bastara con cepillo y blanqueador, con llenar camiones, con tumbar paredes. Como si bastara con la revictimización, con nuestra lástima.

Y no faltarán los indignados por hacer explotar el panal, por dispersarlos, por no dejarlos ahí quietos consumiéndose en su hoguera, por pringarnos a todos con su hedor. “Al fin están ahí porque quieren”, dirán.

No es una tarea fácil, pero hay que intentarlo, hay que robarle a la calle todas las vidas posibles, todas las que quieran, todas las que se puedan.

Un niño arrastrado en el Bronx en Bogotá es todos los niños de Colombia, toda la vida (Parafraseemos a Juan Cruz!). ¿No es acaso una calle de cualquier ‘Bronx’, de cualquier ciudad, el lente de aumento de nuestras calles “normales”, un reflejo de este país, de nuestros Sayayines internos?

Sobre el autor

Colabora en medios de comunicación desde hace más de 20 años. Experiencia como reportero y editor. Sus textos periodísticos y de ficción han sido publicados en espacios nacionales e internacionales. Nacido en Barranquilla. Lector y viajero empedernido. Música y buena comida. Inquieto por el periodismo para el desarrollo social. Papá y esposo. El mar, siempre vuelve al mar.
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