Día a día, el escritor colombiano Efraín Villanueva nos va llevando entre relatos que enlazan a Alemania con Colombia. Lo puedes encontrar en Facebook.
Por Efraín Villanueva*
Hace un par de días me aislé dentro de nuestro confinamiento. Empecé a escupir una tos repentina que me empujó a estrenar el sofá cama de mi estudio. La primera noche tuve un episodio de parálisis de sueño, el primero en cinco años. La segunda olvidé encender la calefacción y soñé que nadaba en el Estrecho de Bering mientras un grupo de mujeres de mi pasado ordenaban a sus compañeros sentimentales –una de ellas instruía a su esposa– a cazarme.
No sufro de COVID-19. Mi tos es levemente flemática. La irritación de mi garganta y mis estornudos son alergia a la primavera –una de tantas afecciones del primer mundo, como la soriasis y la mononucleosis, que me han afligido desde mi exilio. La cabeza me duele por no renovar la prescripción de mis lentes y creer que es suficiente con amplificar Word al doscientos treinta y dos por ciento. Mis mareos matutinos son hereditarios y no empezaré a masticar ajo para mitigarlos como lo hace mi padre. Mi fatiga y dolor muscular se deben a mi mala postura frente a cualquier dispositivo, análogo o digital. La calentura que siento es fantasma, el termómetro lo ha comprobado una y otra vez. Los únicos momentos en los que pierdo la respiración ocurren cuando bailo en la ducha. No sufro de COVID-19. Probablemente.
Aun así, preferí descender un nivel más en la penumbra del confinamiento. A pesar de que lo intuíamos inservible como medida para proteger a Sabeth, porque la tarde en la que gripa me golpeó nos duchamos juntos, nos arrunchamos viendo televisión, ella me dio a probar de su Lillet y yo de mi Hövels Altbier.
Me aislé porque es lo que haría un hipocondriaco en medio de una pandemia global provocada por un virus que los científicos no terminan de descifrar. Porque mi anterior trabajo, imaginando los peores escenarios e ideando estrategias de mitigación, me enseñó que, si algo puede salir mal, saldrá mal. Tarde o temprano. Y sí, también porque tenemos pantallas en todos los espacios de nuestro apartamento, menos en nuestra habitación.
Pero, principalmente, por miedo. Un miedo amoroso, que nace del riesgo de contagiar a Sabeth, de asesinarla con mi saliva. Un miedo pragmático y egoísta, también, porque su muerte implicaría la obligatoriedad de reinventarme nuevamente y perder la vida de espontaneidades que ella me enseñó a vivir. La sola idea es abrumadora.
No le temo a la muerte. No por arrogancia testosterónica o por saberme miembro de un grupo de bajo riesgo sino porque, desde temprana edad, empecé a asimilar la certeza de que la muerte inicia en el segundo en el que nacemos. Que la muerte es el destino común y final de todo ser vivo. La muerte como el gran igualador de la vida.
Mi miedo es la certeza de saberme insignificante. Mi muerte causará malestar en un círculo que, a nivel global, es tan insignificante como mi desaparición. Una vez cesen de vivir aquellos que me recordaban yo moriré por completo. Y el mundo, los mundos, continuarán inmutables, como si yo nunca hubiese existido.
Alemania: ciento tres mil infectados, mil ochocientas diez muertes, treinta y seis mil ochenta y un recuperados. Colombia: mil quinientos setenta y nueve infectados, cuarenta y seis muertes, ochenta y ocho recuperados.
*Efraín Villanueva (@Efra_Villanueva). Escribe novelas, cuentos y artículos culturales y ha colaborado con Granta en español, El Heraldo, El Tiempo, Arcadia, Literal Magazine, entre otros medios. Ha publicado los libros Tomacorrientes inalámbricos (Premio de Novela Distrito de Barranquilla, 2017) y Guía para buscar lo que no has perdido (Premio Nacional de Cuentos de la Universidad Industrial de Santander, 2018) y algunos de sus textos han sido publicados en antologías literarias. Es MFA en Escritura Creativa de la Universidad de Iowa y tiene un título en Creación Narrativa de la Universidad Central de Bogotá. Hace cuatro años vive en confinamiento en Alemania, en donde prepara su próxima novela.











