Está fría la mañana. Como nunca invita al diálogo. Raro en estos tiempos cuando el calor es insoportable.
Por:Óscar Flórez Támara
¡Qué bueno que usted le dio por quedarse en casa y no cogió para el monte! Es raro. Muy raro, porque no es su costumbre.
No sé, hijo. Me dijo mi padre, acostando y meciéndose un poco dentro de la hamaca. El cuerpo habla y cuando lo hace es mejor obedecerlo. No sé si es flojera o cansancio, pero el cuerpo emite sus propias señales.
Mejor. Hoy es domingo y es bueno que descanse. Además, me da la oportunidad de hablar un poco más con usted. Casi nunca tenemos la suerte de contar con las horas de la mañana para charlar.
Me gustaría que escuchara lo que escribí sobre uno de los frutos del campo. Y quien mejor que un campesino que toda su vida ha pasado acariciando el vientre de la tierra para que me exprese algo. Dice así:
“Desde hace tiempo estoy convencido que la flor de la ahuyama es el símbolo que mejor representa al campesino en la espontaneidad de la naturaleza. Ella brota de ese verde bejuco que a pesar de extenderse por el suelo jamás logra humillar sus pétalos ante los ojos de los depredadores de la humildad y la decencia. Va abriendo los pétalos a desparpajo hasta mostrarnos su hermoso interior.
No es una flor fina ni domada que exige un espacio amplio para crecer. Arisca ante las personas que tienden a manosearla. Se va escurriendo por todo el recorrido que hace el bejuco como fiel conductor de un propósito y cosecha.
Parece que la naturaleza la hubiera dotado de sensibilidad, al darnos como resultado un fruto exquisito y nutritivo, grande en tamaño y delicia, dispuesta a la mesa colectiva. Descansa en esta flor un amarillo vibrante que nos lleva a pensar en el equilibrio y a establecer la tranquilidad como parte sanatorio de los sentidos dirigido artísticamente al espíritu de las personas que saben descubrir el misterio de la naturaleza.
El bejuco que nutre y orienta a esta flor no es de aquellos que crecen agazapados asfixiando y quitándole la vida a los árboles, ni robándole a otra planta el crecimiento natural de su desarrollo. Es totalmente diferente. Él cumple un destino milagroso y productivo. Y goza de una lozanía escrupulosa solo comparada con la fluidez oxigenada de las venas, donde la intoxicación se le hace imposible penetrar.
El color de la flor de la ahuyama salta como colirio refrescante a los ojos del ser solitario que ha enfermado su alma en los estropicios de la ciudad al desflorar su inocencia. Aunque es una flor no fina ni domada, en su esencia natural esconde la grandeza del campo cultivado”.
Poco a poco vas arrancando los misterios del campo y sus secretos. Ojalá y la ciudad no te quite lo que de niño observaste, y sigas escribiendo lo que empozas en tu corazón. No tengo más nada que decirte. Ahora déjame descansar un poco. La próxima que no sea la flor de la ahuyama, sino otros secretos que esconde la naturaleza en toda su armonía y que el campesino va descubriendo al dedillo y el citadino desconoce por estar divorciado de su propia naturaleza de animal transcendido y engolosinado con él mismo. Hasta luego hijo.











