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91 años después, la masacre de las bananeras todavía chorrea sangre

La cifra exacta de los acribillados por el Ejército colombiano se desconoce. Gabo dice que se calculan unos 3.000. Cepeda Samudio, dice que fueron unos 2.300. Gaitán asegura que 8.000.

Por Rafael Sarmiento Coley

Este 6 de diciembre se cumplen 91 años de la escena dantesca más horripilante y cruel que se haya registrado jamás en Colombia: la nunca bien contada historia de la masacre de las bananeras ocurrida en Ciénaga, Magdalena.

Un aventurero de Estados Unidos, Minor Cooper Keith, se vino a hacer fortuna en Colombia –como los españoles 436 años atrás–, atraído por el dinero fácil que generaba la fiebre del banano en las principales ciudades de Europa y Norteamérica. Era el cultivo de oro, que el viejo y el nuevo mundo consumían en cantidades alarmantes, porque era la fruta de la energía, del potasio, de la alegría, de la felicidad de los estíticos para ir al baño, en otras palabras, era como el tiempo de la canela, del opio, y ahora de la coca.

Mister Cooper fundó la empresa United Fruit Company, con sede principal en Nueva Jersey y subsede en Santa Marta, Magdalena, Colombia y centro de operaciones en  el municipio de Ciénaga y todo su entorno, desde Fundación, Aracataca, Riofrío, El Reten, Pivijay y demás poblaciones de lo que desde entonces se denominó la Zona Bananera.

El gerente de operaciones era el mister cascarrabias Thomas Bradshaw, quien había sido un afamado sherif del Oeste americano, que cargaba la poco envidiable fama de haber matado a 65 forajidos asaltantes de diligencias, trenes y bancos. Thomas era, en consecuencia, un pistolero sin asco para matar. Y esa fue la pelusita que Mister Cooper puso acá de Gerente. Un criminal gerente.

Tal como lo narran con elegante maestría Gabriel García Márquez, en ‘Cien años de soledad’, y Álvaro Cepeda Samudio en ‘La Casa Grande’. Gabo nacido en Aracataca. Cepeda Samudio, en Ciénaga, en una Casa Grande que aún está en pie.

Bajo el mando de capataz inhumano, mister Thomas hacia que los obreros en todos los frentes de trabajo se mantuvieran en sus tareas hasta 10 y doce horas. Por supuesto sin pagarles un centavo de horas extras. Y la comida de perro que les daban, la empresa tenía la desfachatez de cobrárselas al final de mes.

Como los cultivos fueron creciendo en la medida en que la United robaba más tierras y algunos pequeños terratenientes, atraídos por la fiebre del guineo, dejaban de pastorear sus vaquitas, para sembrar ‘la fruta del deseo’, la producción se disparó, lo mismo que las exportaciones y las ganancias para todos, menos para los obreros.

Así hubo un momento en que, en la zona bananera, que ya contaba con un ferrocarril de doble vía que transportaba la fruta hasta el puerto de Santa Marta y desde allí para todos los mercados del mundo, en especial Estados Unidos, se aglutinaron unos ocho mil operarios venidos de toda la Costa Caribe, de los Santanderes, tolimenses, boyacos y hasta de Haití y otras islas del Caribe.

El incremento de la población dedicada a limpiar el terreno para la siembra, en cuidado de los racimos para que la plaga ni los pájaros dañaran las frutas, los cortadores y cargadores de los racimos hasta unos carros de mula que llevaban la carga hasta los vagones de los trenes, no sin antes, lavar bien racimo por racimo y banano por banano hasta dejarlos limpios, brillantes y provocativos.

Vino el descontento

Como ya había mucha gente, los infelices administradores de la United no se tomaron el trabajo de construir más albergues para que esa cantidad de operarios durmiera con la más pequeña comodidad, las pocas horas que le dejaban libres.

Eran unos galpones malolientes porque no tenían letrinas sino unos huecos en los rincones del mismo caserón de palma, sin paredes y sin siquiera camastros. Dormían en el suelo encima de esteras fabricadas con las hojas del guineo y las cepas del vástago, a merced de alacranes, ciempiés y culebras venenosas.

En esas circunstancias inhumanas y miserables no pasó mucho tiempo sin que empezara el descontento. Situación que atrajo, como la mosca al panal, a ideólogos socialistas, trosckistas, leninistas, maoístas y sindicalistas de todos los pelambres que, de inmediato, y con tanto terreno abonado, empezaron su proselitismo, la organización de cuadros, los primeros reclamos por una mejor comida, ocho horas laborales, pago de horas extras y doble salario por trabajar dominicales y festivos (lo que cien años después Álvaro Uribe y su carnal el cínico Minhacienda quieren quitarles a los trabajadores de ahora, y todavía tienen la insolencia de decir que es que los colombianos tienen que trabajar más, y ganar menos, y la reina de las torpezas la ‘Vice’ tiene el desagrado de decir que estas marchas de ahora no tienen ninguna justificación).

En vista de la terquedad del Sherif Thomas, presentaron un pliego de peticiones con ocho puntos inamovibles, entre ellos, aumento salarial, mejora en los sitios de dormir, una comida más decente y el pago puntual.

Una y mil veces le pidieron reunirse con él. Pero no quiso.

El entonces presidente de la República era Miguel Abadía Méndez, del Partido Conservador, y más terco que una mula cerrera. Como toda respuesta envió a una numerosa comisión encabezada por la oficina del trabajo (todavía no había puesto para Alicia Arango), con la perentoria orden de que acabara la huelga a como diera lugar, porque se acercaban las elecciones de 1930 y él no iba a ser el responsable de que el conservatismo perdiera el poder que había mantenido durante más de 40 años.

Con anterioridad al envío de esa comisión, el brigadier Carlos Cortés Vargas, quien estaba como comandante en jefe del Batallón Militar de Barranquilla, recibió la orden del presidente Abadía Méndez de trasladarse a Santa Marta con tres batallones, dos de los cuales debían quedar en Ciénaga.

Las intentonas de los comisionados de los trabajadores para discutir el pliego no se agotaron. Ellos iban y venía. Y siempre con la misma respuesta: “Ese H.P. el Sherif Thomas no nos quiso recibir”.

Después de tantas mediaciones de la comisión de la oficina del trabajo, el maldito Sherif dijo que no haría ningún arreglo con un puñado de comunistas, y que si seguían jodiendo pediría al gobierno de Estados Unidos que enviara dos buques con 500 marines para que ‘rociaran’ a los huelguistas de pacotilla.

Carlos Cortés Vargas, un militar taimado y cobarde, envió un mensaje al todavía más cobarde e indeciso presidente Abadía Méndez de que “ya vienen los marines norteamericanos, y pienso que, antes de ellos vengan a pisotear nuestra soberanía, nosotros debemos resolver el problema a sangre y fuego”.

Abadía Méndez tartamudeó, tragó saliva en seco, y dijo: ”Que sea lo que Dios quiera… ¡Adelante!”.

De esa manera al caer la tarde del cinco de diciembre de 1928, ya cuando los rayos del sol se ocultaban y venía la noche con su manto fúnebre, el cobarde militar Carlos Cortes Vargas ordenó a sus tropas disparar contra hombres, mujeres, ancianos, y niños desarmados, indefensos.

Los registros de prensa de la época, en especial el Diario La Prensa de Barranquilla, de propiedad de los Martínez Aparicio, detallaron la manera dantesca en que los muertos eran tirados como racimos de banano en los vagones del tren y llevados a los barrancos del mar para lanzarlos al agua con el fin de que los tiburones no dejaran rastros de los muertos.

Como eran tantos los cadáveres, tuvieron que excavar fosas comunes en las plantaciones y taparlos bien. Lo mismo hicieron con centenares de heridos de gravedad, a quienes le dieron el tiro de gracia y los lanzaron a las fosas comunes.

De esas fosas comunes Jorge Eliécer Gaitán, entonces era representante a la Cámara por el Partido Liberal, recogió 25 sacos con los restos de por lo menos 50 víctimas entre niños, mujeres embarazadas, ancianos. Y Gaitán tuvo la osadía de llevarse toda esa osamenta como munición principal de los encendidos debate que hicieron historia en Colombia y Latinoamérica. El Sherit Thomas, cobarde como todo fanfarrón, se fugó a la media noche del 7 de diciembre disfrazado de campesino. Con tan mala suerte que una legión de pescadores de Tasajera lo descubrieron y lo ‘tasajearon’ como bocachico y lo lanzaron mar adentro para merienda de los tiburones.

Y lo mejor fue que, por culpa del pésimo manejo que el presidente conservador le dio a tan delicado asunto de irrespeto a la soberanía nacional—porque al fin y al cabo los muertos eran colombianos–, el Partido Conservador perdió la Presidencia en las elecciones de 1930. El ganador fue Olaya Herrera, reemplazado luego por Alfonso López Pumarejo, seguidamente por Eduardo Santos Montejos, y de nuevo López Pumarejo. Todo por la cobardía del conservador Abadía Méndez, uno de los principales responsables, junto con Carlos Cortes Vargas, de la peor masacre obrera en la historia violenta de Colombia.

Sobre el autor

Director general de Lachachara.co y del programa radial La Cháchara. Con dos libros publicados, uno en producción, cuatro décadas de periodismo escrito, radial y televisivo, varios reconocimientos y distinciones a nivel nacional, regresa Rafael Sarmiento Coley para contarnos cómo observa nuestra actualidad. Email: rafaelsarmientocoley@gmail.com Móvil: 3156360238 Twitter: @BuhoColey
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