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¡Es la sociedad civil, imbécil!

El Centro Democrático ni el presidente Duque dan pies con bola para enfrentar el momento tormentoso que vive Colombia. Un día acusan al ‘castrochavismo’, luego a Petro, y siempre terminan señalando a los ‘vándalos’.

Por Rafael Sarmiento Coley

 

El presidente de la República Iván Duque y el partido de gobierno, Centro Democrático, de propiedad del senador y dos veces expresidente Álvaro Uribe Vélez, un día acusan al castrochavismo, al día siguiente a Nicolás Maduro, una semana después se la enfilan a Gustavo Petro, siempre buscando al -o los- culpables de una movilización ciudadana histórica en Colombia.

¿Será que Petro tiene tanta fuerza de convicción para movilizar a tanta gente sin ‘mochileros’, transporte, ni agua? Nadie lo cree. Solo Duque y Uribe, que no atinan a salirse en forma por lo menos decorosa del embrollo en que tienen a Colombia.

Y todo por culpa de la economía. Parodiando al dos veces presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, aquí de lo que se trata es de “¡la economía, idiota!” (Aunque algunos traductores de la famosa frase de Clinton a George Bush en un debate memorable la traducen como “es la economía, idiota”, o “es la economía imbécil”), de todas maneras, en este momento cae como anillo al dedo a la crispación que vive Colombia.

Porque Álvaro Uribe Vélez, desde cuando bebió su primer tetero de política, se hipotecó con los detentadores del poder económico en Colombia. Desde cuando fue Alcalde de Medellín con el millonario apoyo del llamado Grupo Antioqueño, que luego le financió ascender a la Gobernación de Antioquia y ‘lagarteó’ ante el entonces presidente de la República, Julio César Turbay Ayala, que aquel jovencito lampiño de apenas 29 añitos, fuera designado Director de la Aeronáutica Civil, cuyo antecesor inmediato, Fernando Uribe Senior, fue asesinado por negarse a extender licencias ilícitas para hangares privados en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín, licencias para mantener pistas aéreas en fincas de reconocidos narcos como Pablo Escobar, Gonzalo Rodríguez Gacha, los Ochoa y Carlos Lehder Riva, lo mismo que las licencias para que dichas aeronaves pudieran volar sin ninguna restricción por todos los cielos de Colombia, Centro y Suramérica, cargados de coca para introducir a Estados Unidos.

El salto al Congreso

Con el total respaldo del poderoso grupo del entonces llamado Sindicato Antioqueño, Uribe Vélez llegó al Congreso de la República, y de inmediato, empezó su compromiso de devolver favores a sus mentores económicos.

Una de sus célebres iniciativas fue la de la tan cuestionada Ley 100 que acabó con lo poquito que Colombia había avanzado en materia de solidaridad social, inclusión y respeto por la vida de personas de menores recursos económicos. Fue una ley hecha a la medida de las multinacionales de la medicina, que también se sumaron a la lista de aportantes para el ambicioso proyecto político de largo plazo que tenía Uribe Vélez en su cacumen.

En adelante todo fue color de rosa para el exalcalde, exgobernador de Antioquia y exdirector de Aerocivil generoso en expedir licencias para actividades no muy transparentes.

En esos momentos, con sus neuronas frescas, y su disciplina de monje tibetano que no bebe ninguna clase de licor, no fuma, ni mucho menos se sopla las narices con los polvos que enloquecieron de fortuna a sus primeros patrocinadores, Uribe Vélez le vende a Colombia la esperanza de que acabaría con las guerrillas. Que los colombianos retornarían a las carreteras de día o de noche sin el peligro de las fatídicas ‘pescas milagrosas’ o secuestros masivos. Y con ese discurso ganó la Presidencia de la República por primera vez, en forma franca, pero no tan limpia, porque fue recurriendo al terror de la guerrilla que indujo a cientos de colombianos a votar por él, un guerrerista de tiempo completo y horas extras.

Eran esos tiempos de trabajo frenético de un presidente que poco calentaba la Casa de Nariño porque se dedicaba a recorrer todo el país de cabo a rabo, vendiendo su discurso culebrero de que Colombia sería la Suiza de Suramérica. Los niveles de crecimiento de la economía eran optimistas. Las cifras de desempleo que él y sus ministros repetían como loros por todos los medios a su servicio, convencieron al más escéptico de que se contaba con un presidente brillante, audaz, tan comprometido con su tarea de rescatar al país, que vivía de día y de noche a punta de unas goticas florales para que no lo doblegara el cansancio ni el sueño y sus neuronas se mantuvieran activas y actuantes.

Primer error, la reelección

Estaba tan convencido de su poder mesiánico, que, contra viento y marea, con chanchullos y violando principios éticos y morales, compró voluntades para modificar la Constitución Nacional de 1991—que prohibía de manera tajante la reelección presidencial—y ganó sin mayores esfuerzos su reelección.

Y ese episodio fue el comienzo de sus desgracias. Más de medio gabinete fue a parar a la cárcel; un jefe del DAS (acusado del vil asesinato del profesor Alfredo Correa de Andrés), aun está en la cárcel, lo mismo que su pechichón ministro de Agricultura Andrés Felipe Arias, Sabas Pretel, Diego Palacio, en fin, toda su estantería encarcelada, procesada o prófuga, y él, forrado en teflón, nada le sucedía. El colmo del cinismo es que en estos días el Centro Democrático presentó ante la Comisión Primera del Senado (que se encarga de los temas constitucionales), un proyecto para darle una segunda oportunidad a todos sus calanchines para que salgan de la cárcel como si nada en la vida hubiera pasado.

Segundo error, Santos Calderón

Tal vez pensando de manera ingenua que el arrojo, la valentía, la entrega total en combatir la guerrilla de las Farc en forma directa y personal, designó a dedo a su exministro de Defensa, Juan Manuel Santos Calderón, como su sucesor, cuando vio que un tercer período suyo ya era demasiado insulto para la paciencia de los colombianos.

Su sanedrín, no tan taimado como eunuco, recibió aquella designación como un baldado de agua fría. Más tuvo que tragarse el sapo y la culebra en ayunas y aceptar la orden del ‘patrón’. Santos era el hombre para terminar la tarea de pacificación y salvar la patria.

Lo que nunca pasó por la mente de Uribe es que Santos provenía de la rancia estirpe de la oligarquía colombiana que durante años había manejado los hilos del poder político, social, mediático y económico de Colombia. Era sobrino nieto de un expresidente de la República, Eduardo Santos Montejo, que fue uno de los más respetables caudillos liberales después de la hegemonía conservadora de casi medio siglo; nieto de una de las plumas más brillantes del periodismo colombiano –Enrique Santos Montejo, con su célebre columna ‘Calibán’—y hermano de Enrique Santos Calderón, perteneciente al grupo de los denominados ‘guerrilleros del Chicó’, fundador con Gabriel García Márquez de la revista política Alternativa, y uno de los columnistas más leídos en Colombia durante casi medio siglo. ‘Contraescape’ todavía es recordada por miles de lectores fieles.

Con esa heredad y ese legado genético, imposible que Juan Manuel se fuera a ‘torcer’ para cumplir al pie de la letra la vocación mesiánica rayana en lo dictatorial. Moral y políticamente era un imposible. No podía pisotear toda una larga memoria democrática. Por eso, a los pocos días de ganar la Presidencia, Santos abrió a Uribe como el paraguas. Chao, pescao.

Tercer error

Sin consultar con su sanedrín eunuco, otra vez a dedo, designó como candidato presidencial, después de tragarse la bilis durante los 8 años de Santos Calderón en la Presidencia, a Iván Duque Márquez, con la seguridad que, con él sí, gobernaría en cuerpo ajeno.

Ha ocurrido lo peor. Duque, un muchacho inteligente, audaz, prometedor para ser un buen presidente dentro de 10 años, no era el hombre para estos momentos en una Colombia que ha despertado como una tromba, no por las arengas de Gustavo Petro, ni por el castrochavismo, ni por las locuras de Nicolás Maduro, sino por el pésimo manejo económico de la era uribista, un ultraderechista pura sangre, un neoliberal a ultranza, un hombre  que desdeña a las clases sociales y defiende a muerte a los que de manera generosa le sueltan montañas de dineros para sus locuras políticas con ínfulas de todopoderoso.

No hay que desconocer que Duque ha intentado de buena fe apaciguar el descontento social generalizado. Su única metida de pata es repetir el discurso de su jefe político y de los tontos y tontas congresistas del Centro Democrático, sin dejar por fuera a la vicepresidenta, que cada vez que hablan es como si se tratara de una legión neonazi. ¿En estos tiempos? ¡Por Dios!

Tampoco hay que ningunear a Duque. Es un buen muchacho. Sabe bailar, cantar, toca muy bien el tambor, la guitarra, la dulzaina, la marimba, el arpa y para animar una fiesta es de lo mejor. Lo malo es que Colombia en estos momentos no está de rumba, sino de empute.

Las marchas de París son una fiesta

 

Y cuarto error

Con unas neuronas ya desgastadas, que ya ni las goticas mágicas le sirven, con ese empecinamiento en encontrar culpables de una situación histórica, masiva, contundente de un pueblo cansado de tantos atropellos, irrespetos y burlas, como ha quedado demostrado en estos días en el Congreso.

Tener el descaro de presentar una reforma tributaria que le rebaja $50 billones en impuestos al 10 por ciento de la población colombiana que es dueña del 90% de la riqueza del país. Dejar para el fomento de la agricultura del país, en el presupuesto nacional, apenas el 0.71%, siendo que ese sector representa el 99% del campesinado pobre a quienes los Ardila Lülle, Sarmiento Angulo, los Murgas, Grupo Argos, han desplazado de sus tierras. Y, lo más humillante, dejar un 0,14% en ese mentado presupuesto cuatrienal para ciencia, tecnología e investigación; lo mismo que apenas un 0,26% para impulsar programas de desarrollo sostenible con el fin de evitar que se acaben los bosques primarios, la parte de la Amazonia que le corresponde a Colombia, los bosques secos tropicales, los cuerpos de agua, es decir, el más absoluto desprecio por el medio ambiente y sin el menor temor por el cambio climático ni el cuidado de la ecología y de la agricultura amigable.

Lo triste es que todo parece indicar que Uribe ha perdido el brío por tantas penas, y ya no alcanza a ver lo que pasa más allá de su ombligo. Lo demuestra el hecho de que, en Francia, la cuna de las revoluciones en el mundo, la madre de las libertades sociales y los derechos del hombre y la mujer, hay multitudinarias marchas por lo más mínimo que afecte a un sector de la sociedad. Cómo será de firme esa sociedad civil que es capaz de tumbar a un Presidente por un polvo extramatrimonial, así se trate de un mal chiste como el de la ‘moza’ de Duque dizque para desviar la atención de las protestas sociales. Claro que Duque es un muchacho tan sano, que es, como se dice en la Costa Caribe, ‘cangrejo de un solo hueco’.

 

 

 

Sobre el autor

Director general de Lachachara.co y del programa radial La Cháchara. Con dos libros publicados, uno en producción, cuatro décadas de periodismo escrito, radial y televisivo, varios reconocimientos y distinciones a nivel nacional, regresa Rafael Sarmiento Coley para contarnos cómo observa nuestra actualidad. Email: rafaelsarmientocoley@gmail.com Móvil: 3156360238 Twitter: @BuhoColey
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