OpiniónSalud

Sima suprema de la salud

Por Jorge Guebely

¿Cuál es el último nivel de la podredumbre? ¿Su estadio más podrido? El momento en que, siendo muerte, se convierte en vida. En que el cadáver se desintegra y renace de su putrefacción.

¿Cuál es la sima suprema de la podredumbre colombiana para sentir el renacimiento de una Colombia nueva, una democracia auténticamente democrática? Para creer de nuevo en reformas institucionales. Creer que la salud no se bamboleará más de Guatepeor a Guatemala, de corrupto a muy corrupto.

Que no descenderá más de garras en garras, del sector privado al público, del antiguo ISS a las actuales EPS, de las EPS nuevamente al sector público según posible reforma de la salud. Que se liberará de políticos corruptos y de empresarios podridos, de mafias oficiales y mafias particulares. Libre de Alibabaes con sus cuarenta ladrones.

Mientras tanto, toca sufrir su descenso en la corrupción. Tan corrupta la salud antes de la ley 100 como la iniciada con la ley 100, tanto el ISS como las EPS. Toca leer permanentemente noticias infames como: “Se inician 51 juicios fiscales contra funcionarios del ISS para tratar de recuperar, por ahora, recursos por 4.000 millones de pesos que están embolatados” o “Muchos hospitales en crisis porque las EPS no les pagan. Toca convivir con un Palavecino público y muchos palavecinos agazapados. Genios invisibles de la corrupción, creadores de formas insólitas para saquear la salud.

Sin embargo, la ceguera nacional no amaina. No vemos, no queremos ver, que no son las instituciones las que se pudren, sino los seres humanos. Políticos y empresarios que las administran, que las esquilman. Personajes que se pudren por codicia, se prostituyen por dinero, por avaros. Células podridas que excretan podredumbre por donde transitan. Verdadero capitalismo mezquino e inhumano.

Igual Sarmiento Angulo que Uribe Vélez, el exitoso clan Char de Barranquilla que el opaco clan González Villa de Neiva, el expresidente César Gaviria que el empresario Jaime Gilinsky, el alcalde que el gerente, el guerrillero que el paramilitar, la dirigencia política que la económica. Cualquier salteador de callejones oscuros es un decente en comparación con estos gérmenes.

Ni siquiera la justicia nos salvará: está mutilada, corrompida, politizada, podrida. Ningún poder humano o divino los hará aplicar justicia según Bertolt Brecht. Con ellos, sigue el ascenso de nuestra podredumbre, nuestro descenso social y humano.

Sólo queda luchar hasta encontrar la sima suprema de la corrupción, el nivel de máxima podredumbre. Y desear que Octave Mirbeau tenga razón cuando dice: “La podredumbre es la eterna resurrección de la vida”.

jguebelyo@gmail.com

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