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Ricardo “El Pisinga” Pérez : de los aplausos de los escenarios a cantar en las calles de Sincelejo

Por: Francisco Figueroa Turcios

Hay historias que parecen escritas por la música y otras que, con el paso de los años, terminan convertidas en silencios. La de Ricardo Pérez, conocido en el mundo musical como “El Pisinga”, pertenece a las dos.

“El Pisinga” nació en Tolú, allí comenzó a construir una historia que años después lo llevaría a los escenarios como uno de los excelentes coristas de La Revelación de Juan Piña, una agrupación que le permitió conocer los aplausos, las luces y ese extraño privilegio que tienen los artistas: conseguir que una multitud cante con ellos. Hubo un tiempo en que Ricardo Pérez no caminaba por las calles de Sincelejo como un hombre más. Caminaba como artista.

La voz de “El Pisinga” era reconocida. Su presencia era familiar para los amantes de la música. En el Teatro Municipal de Sincelejo, escenario por donde pasaron tantos artistas y tantas historias, recibió en numerosas ocasiones los aplausos del público cuando se presentaba con La Revelación.

Entonces la vida tenía otro compás. Pero también existen canciones que se interrumpen abruptamente. El alcohol terminó convirtiéndose en una sombra demasiado grande en la vida de Ricardo. Poco a poco fue perdiendo espacios, oportunidades y afectos.

Recorre diariamente las calles céntricas de Sincelejo. Camina por lugares que, de alguna manera, conocen su historia. Y uno de los sitios donde más suele permanecer es precisamente en los alrededores del Teatro Municipal. Qué paradoja. A pocos metros de aquel lugar donde alguna vez recibió aplausos, ahora transcurre buena parte de su vida. Pero la calle no ha conseguido quitarle aquello que verdaderamente le pertenece: la música. Y una escena ocurrida en la Plaza Santander de Sincelejo fue suficiente para demostrarlo.

Una banda papayera la mañana del martes 1 de septiembre 2026 interpretaba sus melodías para el festejo del 23 aniversario del almacén de Electrodoméstico El Gigante del Hogar. Era una estrategia comercial para llamar la atención de los transeúntes y atraer posibles compradores. Pero entre el ruido de la ciudad y el ir y venir de la gente, hubo alguien que escuchó algo diferente. Ricardo Pérez escuchó música.

Y el músico que todavía vive dentro de aquel hombre no pudo resistirse. “El Pisinga” siguió el sonido de la banda hasta encontrar el lugar donde estaba tocando. Se acercó. Primero quiso escuchar. Quizás los recuerdos comenzaron a regresar uno detrás de otro, como fotografías antiguas guardadas en una caja. Entonces los músicos comenzaron a interpretar “Bendito diciembre”. Y sucedió algo maravilloso. “El Pisinga” comenzó a cantar. Su voz volvió a encontrar el camino.

Los transeúntes dejaron por un momento sus afanes. Algunos se detuvieron sorprendidos. Otros miraron con curiosidad. Y quienes conocían su historia seguramente entendieron que aquello no era simplemente un hombre cantando en medio de la calle.

Era un artista reencontrándose con su pasado. Ricardo no solamente cantó. También comenzó a marcarle el paso a la banda. Con sus manos, con sus gestos, con la seguridad de quien alguna vez estuvo sobre un escenario, fue guiando la interpretación como si por unos minutos hubiera vuelto a ser aquel director musical que llevaba dentro.

La calle se convirtió en escenario. La banda, en su orquesta. Y los transeúntes, en su público. Por unos minutos desaparecieron el abandono, las dificultades y las heridas que le ha dejado la vida. Volvió a aparecer . Volvió a aparecer “El Pisinga”. Volvió a aparecer el artista. Aquella escena deja una pregunta que va mucho más allá de una canción decembrina. ¿Cuántos artistas se pierden cuando la sociedad deja de mirar?

Porque detrás de la persona que hoy recorre las calles de Sincelejo existe una historia de talento. Existe una voz que fue escuchada. Existe un hombre que compartió escenario con músicos reconocidos y que alguna vez recibió los aplausos de quienes disfrutaban su arte.

Tal vez Ricardo necesita mucho más que una mirada de compasión. Necesita una oportunidad. Por eso sería hermoso que el alcalde de Sincelejo, Jair Acuña, o la gobernadora de Sucre, Lucy García, conocieran de cerca esta historia y buscaran la manera de rescatar a este valioso artista toludeño.

No se trata solamente de darle una ayuda económica. Se trata de recuperar a un ser humano y, de paso, rescatar una parte de la memoria musical de Sucre. Quizás todavía haya una canción pendiente. Quizás todavía exista un escenario donde “El Pisinga” pueda volver a cantar. Quizás aquel hombre que hoy camina por las calles de Sincelejo pueda volver a sentir los aplausos que alguna vez fueron parte de su vida. Porque el alcohol pudo llevarse muchas cosas.

Pero aquella tarde, cuando sonaron los primeros compases de “Bendito diciembre”, quedó demostrado que la música nunca abandonó a Ricardo Pérez. La voz seguía allí. Esperando que alguien volviera a escucharla.

Sobre el autor

Comunicador y Periodista. Editor deportivo de Lachachara.co, tiene experiencia en radio, prensa y televisión. Se ha desempeñado en medios como Diario del Caribe, Satel TV (Telecaribe), RCN, Caracol radio, Emisora Atlántico, Revista Junior. Fue Director deportivo de la Escuela de fútbol Pibe Valderrama y dirigió la estrategia de mercadeo y deportes de Coolechera. Para contactarlo: Email: figueroaturcios@yahoo.es
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